Hay
personas que no deberían
jubilarse nunca. Es
el caso de Don Victorio
Oliver, obispo de
la diócesis
Orihuela -Alicante.
La Iglesia se ha equivocado
muchas veces en sus
2.000 años
de historia, errores
que a veces dan al
traste con tantos
esfuerzos de personas
que realizan una labor
social ejemplar.
Esta
no es una crónica
religiosa. Es la de
una modesta admiración
y una añoranza.
La admiración
va ligada hacia la
persona cuyo signo
en la vida es hacer
el bien. Estos escasos
hombres y mujeres
de bien son los que
en buena parte explican
las raíces
del progreso de la
humanidad, la cohesión
social imprescindible,
los pilares de una
convivencia pacífica
y fructífera.
Don Victorio, por
estas cosas, sencillamente
gracias.
La añoranza
es institucional.
La Iglesia es una
institución
que ha estado 2.000
años y que
estará muchos
más... Por
muchas razones, deberíamos
desear una Iglesia
fuerte, abierta, dispuesta
a fomentar y defender
valores universales,
con prestigio en todas
las capas sociales,
más allá
de creencias y coyunturas.
Generacionalmente
se recuerda con admiración
y respeto el compromiso
de la Iglesia con
las exigencias democratizadoras
que concurrieron en
la sociedad española
durante la denominada
transición
política española.
El espíritu
de Tarancón.
La independencia política,
el énfasis
en lo social, fortalece
y legitima, incluso
entre los "enemigos".
Corren
tiempos en los que
se echa de menos el
espíritu de
Tarancón. Don
Victorio Oliver en
estas tierras levantinas,
ejerció ese
talante con la universidad,
los inmigrantes, los
proscritos políticamente.
De ahí que,
efectivamente, hay
personas que no deberían
jubilarse nunca.