Un domingo en Daroca

Daroca es fundamentalmente una calle larga, la Calle Mayor, que ocupa un angosto barranco con dos puertas de entrada muy grandiosas, la Puerta Alta y la Puerta Baja. A la derecha de la Calle Mayor, entrando procedente de Calatayud, se desarrolla la ciudad en calles y plazas encostadas sobre la colina que la rodea y en la que todavía se aprecian los restos de la muralla que la circundaba. A la izquierda, discurre en lo alto del barranco la carretera que conduce a la autopista que va a Sagunto. La ciudad mantiene un cierto aire medieval debido, quizás, a este encajonamiento que además te hace sentir aislado del mundo exterior.
Me alojé en La Posada del Almudí, un establecimiento que ocupa dos casas muy distintas. Una, es un edificio restaurado del siglo XVI y la otra es una casa de nueva construcción situada justo enfrente de la anterior.

En “intramuros” hay otro establecimiento hotelero, Hotel Cien Balcones, en el que parece hay un buen restaurante, aunque no tuve la oportunidad de probarlo. Muy cerca, en Cariñena, está el Restaurante La Rebotica en el que se come un lechazo impresionante regado con buen vino de Cariñena, que por cierto es el único que ofrecen en su carta de vinos.
La ciudad tiene varias iglesias de origen románico como San Miguel, San Juan o Santo Domingo, pero la más famosa es la Colegiata de Santa María de los Corporales, también de origen románico pero cuyo interior es gótico. En una hermosa capilla gótica se guardan en una hornacina los Corporales que dan nombre a la iglesia. Dice la leyenda que allá por el siglo XIII, estando las tropas cristianas oyendo misa antes de la batalla, en Luchente, Valencia, fueron atacadas por los sarracenos y el capellán, que era de Daroca y había consagrado seis formas para la comunión de los seis capitanes, las envolvió en el corporal o paño que cubre el cáliz y las enterró para evitar que fueran profanadas.

Pasado el envite y ganada la batalla por los cristianos, las desenterró y las encontró ensangrentadas y grabadas en el paño. ¡Milagro!. Cada capitán quería llevarse la reliquia a su pueblo por lo que se decidió, para evitar disputas, meter el paño en una urna de plata a lomos de una mula y dejar que esta fuera libremente por donde quisiera. La mula llegó hasta Daroca y cayó muerta a las puertas de la ciudad.
Intenté ver la reliquia pero fue imposible. Era domingo por la tarde y entré en la Colegiata. En todo el templo no había más que un joven meditando frente a la capilla en cuestión. Siguiendo las indicaciones que me había dado la dueña de la posada, esperé sentado en silencio a que apareciera alguna monja para solicitarle que me abriera la hornacina. Al cabo de un buen rato oí ruido de cerrojos y salió de la sacristía una monja menuda. Me acerqué a ella y le pregunté por la posibilidad de ver los Corporales a lo que me respondió que la capilla sólo se abría después de la misa mayor o cuando había una visita programada.

Me debió ver tan compungido por la negativa que me hizo entrar en la sacristía y me ofreció una tarjeta postal con una fotografía de los Corporales y un texto explicando el milagro. Por cierto, a la mañana siguiente le pregunté a la posadera “¿por qué le llaman los Corporales si sólo es un paño? “Pues no lo sé”, contestó. “Quizás para darle más importancia, o porque suena mejor en plural…”.
Pero lo que más me llamó la atención en Daroca es el “Museo de La Pastelería Manuel Segura”, propiedad de la familia Segura, pasteleros de la zona desde el año 1874.Tan solo se puede visitar los sábados o los domingos por la tarde, de 18 a 19h., habiendo concertado previamente la visita. Está en un edificio de tres plantas, construido al efecto, situado detrás de la pastelería Segura. Es un museo familiar, personalizado hasta el punto de que es un miembro de la familia quien te lo enseña. De ahí el horario tan restringido. Yo tuve la suerte de que esa tarde el mismo Manuel Segura lo estaba enseñando a un periodista de la zona y me permitió seguir la visita con ellos y escuchar las explicaciones de todo lo allí expuesto. Me enteré de cómo elaboraban el chocolate a partir del cacao, de cómo estiraban manualmente la masa de caramelo hasta conseguir la transparencia adecuada, de cómo sabían cuando el horno moruno estaba a la temperatura apropiada para cocer las madalenas o los bizcochos o los pasteles. Lo que más despertó mi curiosidad fue la técnica que empleaban antaño para conservar los huevos. En un cuenco de barro se hacía una lechada de cal viva. Se dejaba enfriar y al cabo de un día se ponían los huevos después de una revisión previa que consistía en agitarlos y mirarlos al trasluz de una vela. Si el sonido producido no era el adecuado o la visión no era correcta, se desechaban. Después, el cuenco se rellenaba con agua con cal y al día siguiente ya se había producido una película protectora que era la que ayudaba a conservarlos.
Y así, con el buen recuerdo que me dejó Manuel Segura y su bonito Museo de La Pastelería, me despedí de Daroca el lunes por la mañana.

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