El Burgo de Osma

El Burgo era un arrabal de la ciudad de Osma hasta que a principios del siglo XII a Pedro de Bourges, llamado posteriormente Pedro de Osma, se le ocurrió construir allí una catedral románica. Cien años después empezó a construirse, sobre los restos románicos, la actual catedral gótica ampliada posteriormente con una capilla neoclásica y con una grandiosa torre barroca. Desde aquel entonces El Burgo empezó a prosperar dejando en un segundo plano a la ciudad de Osma.
Dejando el coche en cualquier zona de aparcamiento de la carretera que cruza la ciudad, puedes entrar a ésta caminando por una calle peatonal que lleva a la Plaza Mayor, donde se encuentra a la izquierda el Ayuntamiento y a la derecha el antiguo Hospital de San Agustín, donde ahora se ubica la Oficina de Turismo. Siguiendo la calle, que pasa a llamarse Calle Mayor y está porticada en gran parte de su acera izquierda, se llega a la plaza de la catedral. Una plaza despejada y solitaria, con tan solo una pequeña fuente en su centro que hace resaltar la magnífica torre de la catedral que domina toda la ciudad. Si entras a la catedral, es aconsejable realizar la visita guiada pues es la única forma de contemplar el bellísimo sepulcro románico policromado de San Pedro de Osma que está en lo que queda del primitivo claustro románico. Además te explicaran la historia de la capilla neoclásica del beato Juan de Palafox, obispo de Puebla y de Osma, que también, aunque interinamente, fue Virrey de Nueva España. De todas formas, lo que más me llamó la atención en mi visita fue el museo, que se puede visitar libremente y está en unas dependencias que dan al claustro gótico. Hay en él una gran cantidad de retablos e imágenes de gran calidad procedentes de iglesias de pueblos de la provincia de Soria abandonados por sus habitantes.”Algunas de las imágenes las devolvemos en verano, cuando van al pueblo algunos de sus habitantes y entonces pueden estar seguras en sus sitios de origen”. Esto me lo decía José María, el amable guía que me acompañó en todo el recorrido.
Antes de la visita a la catedral estuve comiendo en el restaurante Virrey Palafox. Está situado en la calle Universidad, que es el nombre que tiene la carretera de Soria cuando atraviesa el pueblo, y justo al lado de la antigua Universidad de Santa Catalina. Pedí unas chuletillas de cordero lechal y media botella de Ribera del Duero, Matarromera, que me ofreció el camarero que parecía ser el dueño del negocio. Cuando solicité la carta de postres me sorprendió ver que junto a los postres más o menos convencionales ofrecían unas cuarenta ginebras de distintas marcas y países y un número similar de vinos digestivos. Le hice el comentario a la señora que me ofrecía la carta y ella, después de decirme que su marido era un entusiasta de los vinos, me trajo una carta de vinos, que por cierto no me habían mostrado al principio junto con la carta de platos. La carta resultó ser un libro de más de ochenta páginas que contenía una oferta de vinos de todo tipo y países del mundo. Vinos de Australia, de Chile, de California, de Argentina y los españoles y europeos, por supuesto. Tenía hasta una página al principio de la carta-libro titulada “Nuevas incorporaciones”. Impresionante. Cuando ya me iba le pregunté al dueño refiriéndome a los vinos: ¿De verdad los tiene usted todos? “Alguno fallará…”, me contestó socarronamente.

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  1. Becky 8 años ago

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