El poder de la cultura

Ayer acudí al hospital local para
hacerme una radiografía. Entregué la carta que me habían enviado.
La recepcionista lo agarró sin un saludo ni un comentario, mientras
discutía con dos colegas. Dije: “buenos días”; ella
asintió con la cabeza. “Siéntese a la izquierda”,
respondió. Me uní a un grupo de unas ocho personas que esperaban
como yo y ví a un grupo de mujeres de edad avanzada con batas de
hospital, sentadas en fila a la derecha. Empezaron a llamar por el
nombre y pronto dijeron el mío. Un joven me llevó a una de las
salas de rayos X. Me pregunté si llevaría poco tiempo en ese
trabajo -tuvo uno o dos intentos fallidos- pero de nuevo me sentí
como una persona anónima: el funcionario fue amable en el modo de
decirme qué hacer, pero con poca conexión humana o habilidades
sociales.

Ya he escrito antes sobre esto: una cultura
hospitalaria que parece existir para el bien del sistema y no del
paciente. ¿Es poco razonable esperar más? ¿Es así como se
comportan todas las organizaciones que tienen el conocimiento y la
autoridad? ¿Es esta la corrupción que acompaña al poder? El
hábito, sin pensar. En este caso las personas que visitan los
departamentos de pacientes externos se ponen en manos de los expertos
y, en ocasiones, tienen miedo del proceso y de lo que el resultado
podría revelar. Mi radiografía era rutinaria, pero pensé en
aquellas mujeres de edad avanzada con sus ropas prestadas y en lo que
podrían estar esperando averiguar sobre ellas. Probablemente estoy
esperando demasiado de gente que está ocupada, pero me pregunto si
la cultura del hospital puede, en realidad, militar contra la
curación.

Escuché a una mujer de edad avanzada hace unos
días que no lograba decidir si someterse o no a un examen médico
con anestesia. La perspectiva le daba miedo, pero tenía aún más
miedo de que se confirmara la sospecha de una posible válvula
defectuosa en el corazón, en cuyo caso dudaba si podría hacer
frente a una operación. Por la noche, cuando se fue a la cama, tomó
la decisión de seguir adelante, pero luego, por la mañana, el miedo
se volvió a apoderar de ella y cambió de opinión. Ser viejo no es
ninguna diversión; vivir solo y tener miedo de lo que le está
sucediendo a nuestro cuerpo es peor. Y en ese estado, muchas personas
buscan conexión y bondad cuando acuden a la atención
hospitalaria.

¿Es esto lo que sucede en todas las culturas?
¿Un mundo cerrado, que vive de su propia grasa? Puede que sea cierto
en la cultura a la que una vez pertenecí: “la Iglesia que todo
lo sabe”. Es ciertamente el caso del sector bancario, ahora bajo
la mirada del escrutinio público después de los recientes
escándalos. Es cierto también del sistema parlamentario. He estado
viendo el debate de la Cámara de los Comunes sobre cómo debe ser
examinado el escándalo: por un comité de miembros del Parlamento o
mediante una investigación judicial. La desastrosa actuación de los
miembros en el debate sugiere que ellos son los menos adecuados para
examinar el sistema bancario de manera justa, pero esa es la opción
que se ha aprobado, la que deseaba el gobierno.

La capacidad
de ver la cultura a la que pertenecemos como la ven los demás: un
problema, pero sería una oportunidad de oro si pudiéramos
hacerlo.

Bryan

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