La campana de Huesca

Un poco más arriba de la plaza de la Catedral, en la parte alta de la ciudad, está la plaza de la Universidad. Allí se encuentra el Museo Provincial ocupando un edificio con fachada barroca bastante sobria cuyo interior, de planta octogonal, está remodelado para albergar las salas del museo que abarcan desde la prehistoria, salas de arqueología, hasta las salas dedicadas a épocas más reciente en una de las cuales se muestra una colección de grabados de Goya muy interesante. El edificio fue Palacio Real o residencia de los reyes de Aragón en Huesca y posteriormente sede de la Universidad Sertoriana fundada por Pedro IV en 1354 y que existió hasta 1845, año en que fue clausurada. De la época románica tan sólo quedan dos naves de los siglos XII y XIII unidas entre sí. Una tan sólo conserva el exterior románico y la otra tiene dos plantas, la superior en la que se ubica la llamada sala de Doña Petronila y la inferior en la que se localiza la sala donde se dice acontecieron los hechos de la leyenda de la Campana de Huesca.
La leyenda tiene su origen en el monasterio de San Juan de la Peña. Parece ser que muerto sin descendencia el rey Alfonso I el batallador, es llamado a sustituirle su hermano Ramiro, que a la sazón era obispo y había sido monje en un monasterio francés. Pasado un tiempo, algunos nobles se rebelan y Ramiro manda a un emisario a pedir consejo al prior de su antiguo monasterio. El prior, sin decir palabra, lleva al emisario a un huerto y corta de un tajo las coles que más sobresalían. Recibido el recado, Ramiro, con el cuento de que va a construir una campana tan grande cuyo tañido se va a oír en todo el reino, convoca a los rebeldes y conforme van llegando les corta la cabeza. Esto se supone que ocurrió en 1136. En el Ayuntamiento de la ciudad está el cuadro de Jorge Casado de Alisal en el que representa los hechos: El rey mostrando a sus nobles afines doce cabezas de los rebeldes puestas en el suelo en forma de circunferencia y otra cabeza, que dicen era la del obispo de Huesca, colgada de una cuerda a modo de badajo. ¡Y eso que Ramiro había sido obispo!
Los sepulcros de los dos hermanos, Alfonso y Ramiro, se encuentran en Huesca, en la Iglesia de San Pedro el Viejo y como ya he contado, desafortunadamente, no los pude contemplar.
La hora de comer
Hay algún restaurante de reconocida fama en la ciudad de Huesca, el Restaurante Las Torres, en la parte norte, o el restaurante Lillias Pastia, situado en los bajos del casino y que según creo en algún momento tuvo una estrella Michelín. Sin embargo, quizás todavía empachado por el codillo que tomé la noche anterior, elegí para comer un restaurante modesto pero moderno, de menú diario y muy frecuentado por las gentes de Huesca. Se llama La Flor de Huesca y está situado bajo los soportales de Galicia, al lado del edificio de la Diputación. La comida era muy apetitosa y el factor calidad-precio muy aceptable. Otros sitios interesantes para ir en plan tapas se encuentran en una zona situada entre el Coso Bajo y los soportales de Galicia. Por la noche visité alguno de ellos y el más interesante resultó ser el bar Da Vinci. Ofrecen unos pinchos riquísimos casi a la altura de los mejores que se puedan tomar en el País Vasco.
No quería marcharme de la ciudad sin llevar conmigo una trenza, dulce típico del que había oído hablar reiteradamente y que en realidad su origen está en Almudévar, aunque la llamen trenza de Huesca. Pregunté en una pastelería del centro y me remitieron a la pastelería La Tolosana, que por lo visto está especializada en la elaboración de estos dulces. Me costó bastante encontrar el establecimiento, ya que está un tanto alejado. Al final del Coso Alto, a la izquierda y cerca de unos minicines. Cuando llegué, era tarde, ya no quedaban trenzas. Afortunadamente, recordé que había visto por la mañana en el escaparate de “La Confianza”, el establecimiento de ultramarinos más antiguo de España, unos envases de trenzas y me dirigí allí con premura. Pude comprar una trenza, pero también me ofrecieron castañas de mazapán como producto típico de la ciudad y un chocolate artesano puro, “elaborado a brazo” por Francisco Brescó en el pueblo de Benabarre, que fue lo que estaba más delicioso de todo. Así es que al día siguiente tempranito, con mi trenza, mis castañas de mazapán y mi chocolate bajo el brazo tomé el AVE de regreso a Madrid.