Sentirse escuchado

Es una coincidencia, pero recientemente
dos personas me han enviado los libros que han escrito y, antes de su
publicación, han pedido mi opinión sobre ellos. Uno de ellos es
autobiográfico, el otro está escrito en la primera persona del
singular y ambos, a su manera, requieren una lectura como cristianos.
Supongo que, en cierto modo, yo hago un tercero. Algunos de mis
sermones están ahora en la web (buscando en google ‘About Belief’ se
puede llegar a ellos). Mis dos amigos quieren comunicar sus creencias
de tal manera que, con suerte, otros las compartan, sean desafiados
o, incluso, cambiados por ellas.

Una de las consecuencias más
duras de envejecer es que podemos sentir que ya nadie nos escucha o
-un pensamiento terrible – que ya no tenemos nada valioso que decir.
Al poner en orden nuestros pensamientos como parte de una
conversación, cuando por fin sentimos que tenemos algo que aportar
al tema en discusión, puede ser demasiado tarde para dar nuestra
opinión.

Existe la tradición en algunas culturas de dar a
las personas mayores sagaces respeto merecido o inmerecido, dado que
pronuncian palabras sabias, nacidas de la experiencia y la reflexión
de muchos años. Rodeados de jóvenes admiradores que se aferran a
cada perla de consejo o comentario con una atención que raya el
sobrecogimiento, los ancianos desempeñan su función de compartir la
moderada, pero segura, divulgación confiada de su verdad. ¡Ay! Si
eso fuese cierto en nuestra batalla de las generaciones… Pero por
supuesto no lo es.

Ban Ki-moon, Secretario General de la ONU,
puede pertenecer a una cultura diferente. En la presentación del Día
Internacional de las Personas Mayores, que celebra los logros de los
ancianos el 1 de octubre, escribió: “Debemos comprometernos a
garantizar el bienestar de las personas mayores y lograr su valiosa
participación en la sociedad para que todos podamos beneficiarnos de
sus conocimientos y habilidad”. Es una gran frase: “valiosa
participación”.

En el Reino Unido hay una especie de
aceptación poco entusiasta de que hay muchas personas mayores y
afecto por algunas de ellas, pero a medida que tropiezan, retrasan la
cola del autobús mientras buscan su pase o, en una conversación,
buscan las palabras que quieren decir, tienen que ocupar su lugar en
la decadencia de la vida humana en lugar de esperar recibir algún
tipo de precedencia. Lo cual está bien y no debería ser de otra
manera. Para las personas mayores, sin embargo, el problema continúa.
“¿Cómo puedo expresar mi opinión y realmente vale la pena
expresarla?”.

Bryan