Maltrato en el hogar

Recientemente, ha captado cierta atención en los medios de comunicación la violencia doméstica, pero no entre jóvenes, como cabría suponer, sino entre mayores, siendo el hombre el agresor y la mujer la víctima. Mary Mason, directora de Solace Women’s Aid en Londres afirma que las mujeres mayores, a menudo, dicen que no piensan que las vayan a creer cuando van a las agencias en busca de ayuda. Del mismo modo, Deborah McIlveen, de Women’s Aid señala: “según nuestra experiencia las mujeres mayores deben hacer frente a barreras adicionales para acceder a los servicios. La gente no espera que los mayores de 60 años estén experimentando violencia doméstica”. La encargada de violencia doméstica de la policía, Carmel Napier, confirma las reticencias de la gente a hacer pública su situación.

En 2010/11 en Inglaterra, se denunciaron a los servicios de protección del adulto un total de 96.000 casos en los que se consideró que los adultos estaban en situación de riesgo. Sólo 80 de ellos dieron lugar a exámenes de casos graves y en la mitad había implicadas personas mayores. Un artículo publicado en The Guardian (24/12/2011) cuenta la historia de una de estas mujeres, de 81 años de edad, quien llamó a la policía ocho veces durante un período de nueve meses, antes de morir, finalmente, a causa de las lesiones. Se había producido un largo periodo de abuso y las agencias estaban al corriente pero, salvo una ocasión en la que el marido fue detenido, no se tomó ninguna otra medida.

Me pregunto hasta qué punto esto es común y por qué es así. Habrá un montón de causas, algunas de ellas del entorno de un matrimonio y que poco tienen que ver con el envejecimiento. En mi opinión, el problema podría estar en que la vida puede llegar a ser muy árida en la etapa final; quizás, especialmente para los hombres. Es una generalización, pero las mujeres establecen y mantienen relaciones fuera del matrimonio con mayor facilidad que los hombres, muchos de los cuales tenían amigos en el trabajo. La jubilación puede dejar un enorme vacío social que es difícil de llenar. Conozco a una mujer de unos ochenta años que compra todos los días en la Cooperativa local. “Lo he hecho durante años”, señala. Y refiriéndose a los dependientes, añade: “todos me conocen”. Ir de compras es una parte importante de su vida cotidiana.

Viajo en el mismo autobús durante la semana y hay varios ancianos que se dirigen a la ciudad, si no para ir de compras, seguro que para salir de casa y mezclarse entre la multitud. Con la enfermedad y los dolores y molestias habituales que se dan en la vejez, la movilidad se hace más difícil. Y el hogar -tal vez- se convierte en una prisión, no en un lugar creativo. Entonces, el aburrimiento alimenta la frustración y una sensación de encarcelamiento; y puede que no haya un paso tan grande de ahí a empezar a pagarlo con la pareja, por medio, primero, de abuso verbal (al parecer es así como suele empezar), que luego se convierte en violencia física. Las personas mayores que viven solas y cuyos hijos ya no viven cerca, necesitan unos cuidados y atenciones especiales.

Sobre todo, necesitan amigos.

Bryan