Visita a Palencia

Al salir de la Estación del tren uno no sabe en qué lado de la vía se encuentra, pues la ciudad ha debido crecer de tal manera que la vía del ferrocarril, en lugar de bordearla, parece como si intentara atravesarla. Afortunadamente los Jardincillos de la Estación, con los que te encuentras de inmediato, te indican que estás en el lado más interesante de la ciudad, es decir en el de los comercios, las iglesias y los bares. Yo tuve que dar media vuelta y encaminarme a través de un túnel peatonal, por debajo de la vía del tren, hacia mi hotel que estaba en el otro lado.
La ciudad tiene una arteria principal en torno a la cual se desarrollan la mayoría de las actividades sociales y comerciales, la Calle Mayor. Comienza muy próxima a los Jardincillos antes mencionados y con el lateral derecho, según nos alejamos de la estación, porticado casi en su totalidad.

Termina, después de casi un kilometro de calle peatonal plagada de comercios y prácticamente recta, en una avenida ajardinada que da acceso a la parte más nueva de la ciudad. A mitad de calle, más o menos, se abre a la izquierda una plaza porticada, la Plaza Mayor, donde se encuentra el Ayuntamiento y en sus aledaños los edificios civiles y religiosos más emblemáticos, la Diputación Provincial, el Casino, el Convento de San Francisco, el monasterio de Las Claras y otros. Sin embargo, la Catedral está un poco apartada de este bullicioso centro, casi a orillas del rio Carrión, lo que le confiere a ella y a su entorno, Palacio Episcopal, Iglesia de San Miguel, un aire de soledad muy acusado.
La catedral, llamada la Bella Desconocida, desde luego es bella de verdad. El exterior no descubre, aún con lo monumental que es su única torre situada entre las dos puertas consideradas como las principales, la de los Novios y la del Obispo, lo grandioso que es su interior. De estilo gótico, la catedral está construida en torno a una cripta románica, cripta de San Antolín, en la que se conservan los restos de la iglesia visigótica primitiva que dio origen al actual templo religioso.

Posee un trascoro renacentista bellísimo, desde el cual se puede acceder a la cripta. También merece la pena visitar la Capilla del Sagrario que se encuentra detrás del altar mayor y que posee su propio ábside dando la apariencia de ser una catedral en el interior de otra catedral. Desconocida también lo debe ser, pues el día que fui a visitarla tan sólo había otras dos personas haciendo la visita turística, de tal manera que fue imposible realizar una visita guiada ya que las normas indicaban que las visitas guiadas se realizaban tan solo para grupos y para ser considerado un grupo hacía falta cuatro personas. Así es que tuve que disfrutar de la visita en soledad, lo que me permitió pasar un largo rato sentado en un banco contemplando el ábside, las bóvedas de crucero y el papa moscas que esta catedral, como la de Burgos, también tiene.
Terminada la visita a la catedral y después de dar un breve paseo por la ribera del rio Carrión me encaminé a “La Traserilla”, restaurante recomendado, entre otros, por las guías de turismo, pero que me pareció más atractivo por aquello de que lo anunciaban como una combinación de cocina de vanguardia o de autor y cocina tradicional.

Como era el mes de las setas, me ofrecieron platos a base de setas, incluido el postre. Opté por pedir unas alcachofas con boletus, recomendadas por la chef de cocina. Después pedí algo más tradicional, lechazo guisado con níscalos. En el postre no me atreví con las setas y tomé moras con helado. No me defraudó la comida, aunque el comedor en el que me acomodaron era un tanto claustrofóbico por ser bastante pequeño y no disponer de ventanas.
Por la noche los bares y tascas de vinos del centro estaban muy concurridos. En todos daban con la caña o el vino de rigor una tapa. Las dos cosas por un euro con cincuenta a no ser que el vino fuera un crianza y entonces podría costar hasta un euro con setenta. Yo creo que los clientes eligen el bar por el tipo de tapa que ofrecen. Ningún bar tenía terraza exterior, aún teniendo posibilidades, ni siquiera durante el día aunque este fuera soleado e hiciera una temperatura agradable. Parecía que la gente hacía vida interior de verdad, es decir en el interior de sus casas y de los bares, pues el bullicio callejero era aparente y estaba provocado por los comercios abiertos, desapareciendo totalmente más o menos a las ocho de la tarde cuando estos echaban el cierre. Por la tarde me entretuve observando a unos hombres que en una pista de tierra de unos veinticinco por cinco metros jugaban a algo parecido a la petanca. Tiraban unos discos metálicos planos hacia un pivote de madera de un palmo de alto que soportaba una en su base superior una arandela suelta y estaba colocado a unos veinte metros de distancia. Le pregunté a uno de los jugadores como se llamaba el juego y en qué consistía. Se llama “tanga”, como la petanca, pero sin la pe y con g me dijo, y consiste en derribar el pivote y después el jugador que más ha arrimado su disco a la arandela caída es el que gana. Es como el caliche. Yo le pregunté entonces: ¿y por qué el jugador que parece ser que es el que ha ganado ha tirado desde más cerca que los otros? y él me contestó “es que es el más mayor de todos nosotros, tiene ochenta años y le dejamos tirar desde más cerca sin que nadie proteste”. Los jugadores, como era de esperar, dejaron el juego antes de las ocho de la tarde y se despidieron no sin antes quedar para el día siguiente.
Era el mes de Noviembre

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