Pamplona. Un día de Agosto

Llegamos a Pamplona a eso de las diez de la mañana. Nos costó un poco encontrar el centro de la ciudad pues la señalización no es muy buena y nos equivocamos bastantes veces. Íbamos buscando un parking cerca de la plaza de toros pero acabamos dejando el coche en uno situado en el centro histórico, en la Plaza del Castillo, al lado de la calle Estafeta. Ya por la mañana hacía bastante calor que fue aumentando conforme transcurría el día hasta llegar a hacerse insoportable a la hora de comer. Después de realizar el recorrido típico por donde transcurren los encierros de San Fermín, cuesta de Santo Domingo, Mercaderes, Estafeta…, intentamos buscar el frescor de los sitios a cubierto. Primero en una cafetería de la Plaza del Castillo y después en un restaurante bastante modesto pero con aire acondicionado que se llama San Fermín y está situado en un entresuelo de la peatonal calle de San Nicolás. Allí nos dieron de comer unas alcachofas fresquísimas cocinadas con jamón, aunque también podía haber sido con almejas, que estaban exquisitas.
Cuando por la mañana estábamos paseando por la calle Mercaderes vimos al final de la calle Curia, que es continuación de Mercaderes, la portada de una iglesia neoclásica, bastante fea y poco atractiva que resultó ser la portada de la catedral de Santa María. En 1783 el cabildo encargó su construcción a Ventura Rodríguez, padre del neoclasicismo español, en sustitución de la portada románica original que por lo visto estaba bastante deteriorada.
Visitamos la catedral por la tarde, después de comer, buscando el frescor que intuíamos podría hacer en su interior. Para nuestra sorpresa detrás de la fachada había un conjunto gótico impresionante, sobre todo el claustro y la portada de acceso a la iglesia desde el propio claustro. Me llamaron la atención las lápidas, pertenecientes a monjes y obispos, que había a modo de pavimento en el suelo de las naves del claustro. Ya en el interior de la Iglesia nos contaron la historia de la Virgen con el niño adoptado, debido a que el niño que la Virgen lleva en sus brazos no es el original puesto que se rompió y posteriormente lo repusieron por uno nuevo. Vimos el impresionante Mausoleo de Carlos III de Navarra y su esposa Leonor de Castilla. Me enteré también, pues yo no lo sabía, de que San Fermín no es el patrón de Pamplona, sino el de Navarra. Vimos la profusamente decorada sacristía. Pero lo que más me llamó la atención durante la visita fue un retablo del siglo XV (1440-1450), Retablo de las Navas, que está en el refectorio junto con otros tesoros artísticos y en el que aparecen los doce apóstoles, estando representado uno de ellos con unas gafas puestas de las denominadas “quevedos” leyendo un libro.
Terminamos el día refugiándonos del calor en el café Iruña, el más famoso de Pamplona y uno de los sitios donde solía ir el escritor Ernest Hemingway. Incluso tiene allí un rincón con su nombre como en la Bodeguita de En Medio de La Habana. Lo cierto es que en la ciudad hay bastantes alegorías a este escritor que estuvo tan ligado a Pamplona y los Sanfermines.
Dejamos Pamplona a las ocho de la tarde y los termómetros marcaban 35ºC.