OCHENTA Y UNO

Mi octogésimo cumpleaños fue todo un evento. Lo estábamos esperando. Muchos viejos amigos, además de mi familia, se reunieron para celebrarlo y para todos nosotros fue una excusa para celebrar los años de nuestra amistad. El resplandor de ese fin de semana todavía perdura. Aunque últimamente ya no es el hito que era, fue como una especie de logro llegar a esa edad. Ahora todos vivimos más tiempo. Sin embargo, los indicadores saltaron en marzo del año pasado. Me sorprendió haber llegado a 80, pero al mismo tiempo estaba contento. Agradecido, sobre todo.

Mi ochenta y un cumpleaños el mes pasado careció de la excitación de los 80. Tuvo cierta sensación lloriqueo al respecto. Había una nota de triunfo en llegar a los 80, pero ahora, a los 81, la dura realidad parecía ineludible. Ha calado en mi el hecho de que soy un hombre viejo. No todo es el resultado de mi cumpleaños ochenta y uno, pero ahora cuando se habla del futuro, me encuentro pensando: “si vivo tanto tiempo…”; y, diciéndoselo, de hecho, al dentista, al médico y al consultor del hospital. Tengo que parar; debe ser muy aburrido para los oyentes que tienen otras cosas en su mente. Pero a los 81 años, reconozco que la mortalidad ahora me da su mirada vacía de un modo nuevo e ineludible.

Físicamente no estoy muy mal, pero lo que peor llevo es la mente adormilada. No se trata sólo de ser incapaz de recordar cosas, lo cual es molesto. Con muchos años y experiencias para mirar hacia atrás, no ser capaz de recordar los acontecimientos y a las personas es una verdadera pérdida, pero la transferencia del pensamiento en habla a veces también es un problema, como a medio camino de decir algo sobre lo que puedo tener un bloqueo mental. Es considerado por parte de la gente rellenar el silencio ofreciendo la palabra perdida, pero también desconcertante.

La conversación y la discusión sobre temas importantes, escuchando a la gente hablar de sí mismos, siempre ha sido importante para mí. Ahora soy consciente de estar en peligro de perder la parcela, al ir tras la corriente. Mi concentración aumenta cada vez más y me encuentro retirándome de un medio social del que normalmente formaría parte. La mala audición es un factor contribuyente, pero también una falibilidad mental, porque no estoy seguro de si voy a ser capaz de encontrar las palabras que quiero decir. Me encuentro con grandes ensamblajes, si no intimidantes, con los que es difícil sentirse a gusto. Estuvimos en el teatro la otra noche y la presión de la gente y el ruido parecía casi amenazador.

Hay un profundo nivel de satisfacción en mi vida al que estas realidades del envejecimiento no le afectan, pero son reales. Tal vez la aceptación de estas realidades forma parte del modo hacerles frente.

Bryan

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