Donde recae el centro de atención

Descrito una vez como ‘profesional miserabilista’, el periodista Simon Jenkins escribe regularmente en The Guardian, de forma mordaz y polémica. En lo que respecta a los valores y la opinión de moda, es un disidente natural y en su respeto por el pasado, un tradicionalista. Su papel como presidente de la National Trust es prueba de ello. Yo siempre lo leo; generalmente con interés, a veces con placer y en ocasiones con enfado. Es realmente bueno a la hora de llevar un punto de vista a tal extremo que se encuentra en peligro de perder la discusión (yo tengo una tendencia similar).

Sin embargo, en el Guardian de hoy está en un estado de ánimo anormalmente suave, rapsodiando acerca de la importancia de las iglesias, la contribución que hacen a la vida pública y al bienestar personal, con gran éxito en la época navideña en la que mucha gente las revalúa, honrando su ministerio como tranquila conciencia de la nación y sus edificios con su hospitalidad de espacio espiritual.

La Navidad es su otro tema; la describe como una época en la que se silencia el ruido de la vida pública, se reconoce la vida familiar y desaparecen las peleas familiares. Luego, nos sale con esta cautivadora idea: “los niños y los ancianos pueden ser por un breve momento el centro de atención”. Eso pasa en la experiencia de nuestra familia. Todo el mundo es valorado por sí mismo y como es, pero los niños son especiales; sobre todo los más jóvenes, para quienes la Navidad es un misterio y una delicia. Pero, ¿qué hay de “los ancianos”?

Como uno de ellos, me pregunto si quiero ser el centro de atención, aunque sea por un breve instante. En parte sí quiero, aunque tendría que ser digno de ese momento, sin parpadear con la sorpresa, pero aceptando que todavía tengo un papel en nuestra creciente familia y que soy capaz de llevarlo a cabo razonablemente bien mientras el telón está levantado. La verdad, supongo, es que si bien mi vida laboral apenas estuvo bañada por la luz de los focos, sí tuvo su propia relevancia, el espectáculo estaba en el camino y yo sabía cómo formar parte de él. A veces lo echo de menos.

Otra parte de mí no lo quiere en absoluto, porque la luz inusual podría revelar las tensiones y fisuras en el maquillaje o el hecho de que me he olvidado de algunas de mis líneas. Ahora es más placentero ser un actor secundario y seguir y, tal vez, observar la vida de nuestra querida familia.

Pero si llegara, aceptaría el “breve” momento, entregando incluso eso a los niños, lo que significa que, salvo por mi esposa y yo, toda la familia son nuestros hijos. Para ellos -y para todos los que estén leyendo esto- “¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!’

Bryan

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