Cuando la muerte se convierte en un amigo

Me reuní con mi amigo D. ayer para
tomar un café en el Museo Holbourn. Pero casi no lo hago. Esperé
por él fuera sin darme cuenta de que él ya había entrado en el
museo y se había sentado en una mesa de la cafetería. Confundido al
no encontrarme, dijo cuando finalmente nos encontramos: “Ya
estaba pensando en preguntar a la camarera que me dijese que es el
día correcto; que es miércoles y no jueves. Coincidimos en que en
el futuro haríamos lo que había hecho él y mentalmente reservamos
la mesa de la esquina para la próxima vez.

Compartimos
pensamientos y recuerdos, como solemos hacer (alzando la voz; ninguno
de los dos tiene muy buen oído y el café estaba bastante lleno y
había otras personas hablando en voz alta). Después de una pausa,
D. dijo: “Estaba en el baño, el otro día por la mañana y
pensé que no hay razón para vivir más”. Ha tenido una vida
interesante, viajando por Europa como parte de su trabajo, tuvo un
matrimonio feliz y, todavía de duelo por la pérdida de su esposa
hace unos años, reconoce que el futuro promete poco.

Un
vecino murió a principios de este mes y fui al funeral hace una
semana. T. se había sometido a una operación de cirugía mayor,
recientemente se le diagnosticó un cáncer galopante y aunque por
carácter y oficio era un hombre práctico, en los últimos meses
perdió las ganas de luchar. Lo llamé un par de veces, pero luego su
esposa me dijo que le resultaba difícil recibir visitas y nos
mantuvimos al tanto de cómo estaba a través de ella. “Ha
abandonado”, dijo un día.

Sé que la eutanasia es
controvertida. Si algún día llegara a ser legal, tendría que haber
muchas advertencias para evitar que personas sin escrúpulos
utilizasen el permiso por razones equivocadas. No hubiera sido
apropiada para D. ni para T., pero he conocido muchos casos en los
que una vida prolongada se ha convertido en un castigo para la
persona, y si bien los médicos pueden y rompen las reglas para
ayudar a personas muy enfermas a aproximarse suavemente al final de
la vida, lo hacen de forma predeterminada.

La religión es
una de las razones por las que este tema está rodeado de tabúes.
Existe la idea común de que al igual que la vida es un don de Dios,
la muerte es también providencia suya. La gente dice que “todavía
no ha llegado su hora” o, más específicamente, que “Dios”
no ha fijado su hora. La implicación es que no hay que interferir
con los propósitos divinos. Yo soy en cierto modo cristiano, pero
creo que es más importante acabar con el sufrimiento individual o la
incapacidad incurable, que satisfacer la creencia en una deidad
inescrutable.

Bryan

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