Horizontes

Hasta donde puedo recordar, cuando yo era joven, ‘el futuro’ era verdaderamente una perspectiva, por lo que nunca pensé demasiado en ello. El siguiente paso era lo que captaba mi atención: el trabajo, las necesidades de mi familia, alguna campaña en la que estuve involucrado, pensar en cómo pasaríamos las vacaciones, si era el momento de pensar en cambiar de coche, cuánto tiempo debería quedarme en la reunión en la que estaba y cuál debería ser la siguiente. Mis horizontes se definían solos y, salvo por el miedo ocasional a una enfermedad o muerte repentinas o a una crisis familiar a la espera de ser resuelta, estaban suficientemente seguros y lo suficientemente lejos como para dejarlos a su aire. Lo que más importaba era el presente. Al menos eso es lo que recuerdo de los años centrales de mi vida.

Es muy diferente ahora que soy mayor (corrección: ahora que soy viejo). El futuro consiste en lo que queda por hacer y en cuánto tiempo pasará antes de que muera. No es un pensamiento morboso, sino sólo un punto de vista diferente; uno realista. Cuando miro los obituarios en el periódico de la mañana, lo primero que veo es cuántos años vivió el fallecido. ¿Fue más o menos de lo que viviré yo? Vivir los años de mi propia vejez es una experiencia muy diferente y con la que que poco a poco estoy llegando a un acuerdo. No es probable que haya más vacaciones salvajes en el extranjero, ni tampoco tantas experiencias nuevas de cualquier tipo, pero sí muchas antiguas y queridas que apreciar.

Es poco probable que las enfermedades persistentes y el deterioro mental mejoren, el reto está en hacerles frente del modo más positivo posible, sin anticipar que van a desaparecer, ni que serán el total de mis problemas de salud; puede haber otros acechando en segundo plano.

Estas son cosas de las que la gente no habla y quizá sólo las personas de inclinaciones pesimistas como yo pensamos en ellas y contemplamos este futuro específicamente limitado. Cuando la gente dice ‘¿cómo está?’, lo hacen por genuina amabilidad, pero no con la expectativa de escuchar la verdad. Solo quieren estar seguros de que, a pesar de cualquier prueba que podamos proferirles, básicamente, estamos ‘bien’. Detener el tráfico de buena voluntad parando y contándole al amable interlocutor nuestras diversas historias de aflicción no es divertido para nadie. Y hablar de horizontes limitados, menos aún. Así, ante la perspectiva de crear un silencio embarazoso, mayoritariamente no lo hacemos, apreciando lo que tenemos y sin molestar a uno mismo ni a nadie con lo que podría venir.

Pero a medida que el futuro se acorta (¡no queda mucho!), el pasado se vuelve cada vez más rico. Tengo estos flashbacks de memoria, incidentes, momentos, personas, eventos, a menudo desencadenados por algún recuerdo relacionado con lo que está sucediendo ahora. Pienso en mis comienzos, mis padres y la clase de personas que eran, la cultura que me enseñaron, cómo encontré el camino desde la escuela al trabajo, el Servicio Nacional, los amigos y colegas, las experiencias particulares, las amistades forjadas y en ocasiones perdidas, mi sentido de la vocación que era tan importante para mí que definía quién era yo para mí mismo y cómo me relacionaba con los demás; y mi querida familia, tan valiosa: su futuro es mucho más importante para mí que el mío propio.

No tengo ninguna intención de ser el viejo que está en un rincón rumiando sobre el pasado, sino por la amplitud de la vida. De acuerdo, parte de ella se perdió o no se tomó lo suficientemente en serio y ha habido muchos errores; se contemporaliza al reflexionar sobre los años y estoy agradecido por ellos.

Bryan