Empresa, productividad y e-government

Según las Naciones Unidas a través de su UN Public Administration Programme, Corea del Sur, Holanda, Reino Unido, EE.UU., Francia, Noruega, Finlandia y Singapour son los países que encabezan el ranking 2012 en el desarrollo del e-government. Para encontrar España hay que bajar hasta la 23ª posición, pero quizás lo más grave es que en este último año se pierden 14 posiciones y nuestro país es el que más puestos retrocede en la lista de los top 50 en gobierno administración electrónica.

En Holanda  presumen de que casi todo   menos el pasaporte – su huella dactilar – pueden gestionarlo on line.
Hay muchas ventajas para sus ciudadanos, pero para sus empresas  representa un avance de vital importancia. Gestiones con las administraciones transparentes, rápidas, eficientes… se traducen en menores costes, mayor productividad, mayor competitividad… alta y creación de una empresa, convocatorias públicas, ayudas impuestos, gestión de personal, etc.
No obstante, lo más importante son los beneficios que reciben los países líderes en e-government como consecuencia de los efectos relacionados con el incremento de la cultura digital de un país.  Un mayor desarrollo del e-government puede facilitar el desarrollo del e-commerce, progresos notables en la oferta de servicios de las empresas, expansión de las innovaciones relacionadas con la rápida asimilación de nuevos productos  digitales (hardware y software),  mayor productividad del factor trabajo, etc.
Da la impresión que en España los esfuerzos gubernamentales en los últimos años han ido por la senda de iniciativas jurídicas como Ley Sinde o la inusitada competencia en la protección de datos, en el que al parecer somos de los países más sobresalientes. Atrás quedó el  impulso del ambicioso proyecto de  Administración electrónica del Ministro Jordi Sevilla que bajo la plataforma legal pretendía introducir la modernización y simplificación de la gestión pública en España. Y es que a algunos de nuestros gobernantes les parecerá que España camina muy deprisa, pero no es así en relación con el resto del mundo con el que nos medimos en competitividad y progreso.