Un día en Logroño

Amaneció muy nublado, pero enseguida se abrieron algunos claros y el día quedó entre soleado y lluvioso. Desde la habitación del hotel podía contemplar, casi a mis pies, el barrio viejo y sobresaliendo de entre sus tejados las torres gemelas de la Concatedral de Santa María de la Redonda, La Aguja de Santa María de Palacio y el campanario de la iglesia de Santiago.
Bajé a la calle, calle Bretón de los Herreros, y comencé mi recorrido por la ciudad. Me dirigí hacia la Puerta del Revellín para pasar por delante del edificio del Parlamento de La Rioja y a partir de ahí visitar las iglesias del barrio viejo. La iglesia de Santiago, en la plaza de su mismo nombre, aparece de pronto con su majestuosa torre y detrás, la explanada orientada hacia el rio Ebro.

Lo más llamativo de esta iglesia es la gran imagen barroca de Santiago Matamoros presidiendo su fachada y la llamada fuente de los peregrinos situada, bajo un edificio moderno, en una placita casi al lado de la puerta de entrada. Más adelante, siguiendo la Calle Vieja, llegué a la iglesia de Santa María de Palacio, románica y con una bonita torre piramidal del siglo XIII, a la que llaman la Aguja, pero que apenas se ve desde la calle. Cerca, ya casi saliendo del barrio viejo, se encuentra la iglesia de San Bartolomé, con una preciosa fachada gótica que vale la pena admirar durante un buen rato. Con la visita a la Concatedral cerré mi periplo eclesiástico, lamentando no poder ver un pequeño cuadro atribuido a Miguel Ángel que está en una oscura hornacina en el deambulatorio, detrás del retablo del altar mayor.

Para verlo, hay que activar el encendido de las luces con una moneda de 50 céntimos, que en ese momento yo no disponía.
A la salida de la Concatedral, un paseo por la Plaza del Mercado y la calle Portales, centro neurálgico del barrio viejo, y enseguida al Espolón, a tomar una cerveza sentado en la terraza de una de las cafeterías de la acera del Muro. En un lugar preferente de los jardines del Espolón se encuentra la estatua ecuestre del general Espartero, regente del reino de España en los años 1841-1843, que paso parte de su vida en Logroño donde murió en el año 1879. Dicen que la estatua tiene fama no por la figura del prestigioso general sino por el tamaño de los testículos de su caballo, pero creo que deben referirse al caballo de otra estatua de Espartero, la que se encuentra en Madrid en la calle de Alcalá. De todas formas exageran un poco pues me parece que el caballo de la estatua ecuestre de Jaume I en el Parterre de la ciudad de Valencia gana en “atributos” a los caballos de Espartero.


Para almorzar elegí el restaurante Carabanchel, en la calle San Agustín. Poca gente y buena comida. Tomé el menú del día, menestra de verduras y cordero al horno, delicioso postre, buen vino y café por no más de 20€. El camarero me decía que estaban intentando capear la crisis económica para poder llegar el año próximo a los 100 años de apertura del local. Si siguen así, seguro que lo consiguen.
Por la tarde, después de un fuerte chaparrón, de compras. La Gran Vía, la calle San Antón y en general todo el centro de Logroño está plagado de buenos comercios en los que se ve actividad y calidad. Quería comprar una botella de buen vino de Rioja y me dirigí a una tienda del barrio viejo, en la calle San Agustín, justo al lado del restaurante donde había comido. Cuando pagué el importe, una simpática señorita me indicó que por deferencia del Ayuntamiento y por comprar en los comercios de Logroño, me habían correspondido 50€ que debía gastar en ese momento y en esa tienda. Me llevé una botella de 200 Monges, reserva del 2004 con el que pienso brindar por esa buena iniciativa de apoyo a los comercios y a los consumidores en la ciudad de Logroño. Por la noche, como buen remate del día, salí de vinos por la calle del Laurel y sus alrededores. Bares y tascas casi puerta con puerta, muchos especializados en un sólo tipo de tapas. Así, en El Abuelo, setas cultivadas; en el Universidad, pulpo a la gallega y a la vinagreta; en la taberna del Tío Blas, pimientos en todas sus tapas y montaditos; en La Fontana, ibéricos con foie. Después de un buen repaso de vinos y tapas me retiré a dormir pues al día siguiente el tren de regreso a Madrid salía muy tempranero, a las 7,50h.

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  1. Blanca 7 años ago

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