Un mundo en sí mismo

Ayer fui paciente de nuestro hospital local. Tengo la sensación de ir mucho por allí, a veces para consulta o tratamiento y a menudo a ver a personas que están enfermas. En esta ocasión fue por mí, para una cirugía menor. Tuve que presentarme a las 7:30, sin haber comido nada desde medianoche, con albornoz y zapatillas, además de una bolsa para dejar mi ropa cuando me desnudé para la acción. Cuando llegué a recepción me dijeron que ha habido una afluencia inusual de pacientes el fin de semana y, como consecuencia, podía tener que esperar para que me atendieran más de lo habitual.

En mi opinión, las salas de espera del hospital deben estar entre los lugares más tristes y desamparados de la tierra, algo agravado en esta ocasión por una televisión que emitía, de forma permanente, las sandeces de la televisión diurna. Ayer esperé y esperé. A las 9:30 pregunté si se habían olvidado de mí y descubrí que no, que estaban buscando una cama para mí. A las 12:00 pregunté a alguien más qué era lo que estaba causando el retraso y volvieron a repetirme la respuesta de que había escasez de camas y que no había nada que se pudiera hacer al respecto. A la 13:00, me llamaron para ver al cirujano que se iba a encargar de la operación, aunque no la llevaría a cabo él mismo. Marcó la parte de mí que iban a explorar, me explicó lo que podría salir mal y firmé el formulario de consentimiento. Me habían encontrado cama y me trasladarían allí para operarme a las 14:00.

A la 13:30, tres de nosotros fuimos escoltados a la habitación y metidos en cama. “Mejor no se desvista hasta las 14:00 o se podría enfriar”, consejo que seguí. Finalmente, a las 16:15, escaso de calor, me llevaron al quirófano. Esperamos en la entrada durante quince minutos, mientras acababa una operación y “tenían que limpiar”. El equipo que hizo la operación era muy alegre y con sólo un anestésico local pude, en ocasiones, participar en las bromas. Cincuenta minutos más tarde el trabajo estaba hecho y después de que me llevaran de regreso a la habitación tras pasar por la unidad de recuperación, me dieron algunos consejos para las seis semanas siguientes y me pusieron en las manos seguras de mi esposa.

Una experiencia bastante típica, aburrida hasta lo indecible, pero con un resultado exitoso. Entonces, ¿por qué publicarle en un blog, especialmente en este, en el que se reflexiona sobre el tema del envejecimiento? Sólo porque es un ejemplo típico de cómo los hospitales tratan a los pacientes. Yo estaba entre un grupo variable de una docena de personas de todas las edades, algunas de ellas claramente estresadas, pero ninguno de nosotros cuestionó los procesos de los cuales nos estábamos volviendo víctimas. Nadie se responsabilizó de comunicarse con nosotros. Éramos extraños en la cultura de otro. El personal del hospital tiende a vivir en su propio mundo y para él. Aunque sucede en todas las culturas, es especialmente lamentable en este caso.

Bryan

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