¿La privacidad bien entendida? Nos jugamos el desarrollo digital

Una señora en el supermercado y su privacidad vs comercio electrónico

Cerca de casa, una mujer ha entrado a comprar en un supermercado (*). A la salida llevaba dos paquetes de agua. La cajera pasa sólo uno de los paquetes por el descodificador en la caja. Al pasar por la puerta de salida salta una alarma con estruendo. Todos los ojos de alrededor se vuelven inquisitivos y la afectada se enrojece. Sabe que está bajo sospecha: a los ojos de la gente que está alrededor es una ladrona
potencial.

El guarda del supermercado confirma la humillación pública. Le “invita” (¿o le obliga?) a abrir su bolso. El guarda -un hombre- escudriña todo su contenido. El guarda hace con celo su trabajo e invade sin restricciones la intimidad de la mujer. Se permite hacerle preguntas sobre objetos que lleva en el bolso. Al final nada. Resulta que la mujer no ha robado nada, claro. Disculpas no muy explícitas.

A poco que imaginemos el contenido del bolso, coincidiremos en que su examen por un tercero no sólo es una invasión en su privacidad e intimidad sino además, es una humillación.
 En la legislación actual -que yo sepa- no hay norma que nos proteja de un atropello de este tipo, eso en un país como España donde hay tantos desvelos por la “privacidad” (digital). Por supuesto, no mencionamos que la señora ha sido grabada mediante cámaras.

Cualquier comercio tradicional tiene patente de corso. Se mirará dentro del bolso de los
clientes y no se incurrirá en ningún delito incluso cuando la alarma salte por errores atribuibles al propio comercio. A un joven emprendedor que impulse comercio electrónico y que mande una newsletter o capte un correo electrónico sin el consentimiento del  cliente se le puede caer el pelo.

Nos precipitamos con una regulación que fagocita el desarrollo digital

He sostenido que este país tiene tan (y tantos) brillantes juristas que son capaces de proponer las más sofisticadas y perspicaces regulaciones y desarrollar normativas sobre cualquier cosa que se mueva en el espacio cibernético. Confieso que no soy experto en el tema y únicamente hablo desde la perspectiva que me da mi pretensión de aprendiz de emprendedor. Sinceramente creo que nos equivocamos.

Tanto que se está creando una discriminación absurda.
Un elitismo legal sofisticado, protector del “usuario digital”,  y una carencia de sincronía con los que ocurre en mundo presencial, donde pueden darse abusos flagrantes y nos quedamos tan tranquilos.

No es un tema baladí. Estados Unidos o Asia generalmente no se vuelcan en una cruzada regulatoria digital redentora como la europea. Por contra, apoyan prioritariamente -y preservan inteligentemente- el desarrollo digital. Europa parece ajena a acometer con ambición un desarrollo digital y sus prioridades son las de proteger al usuario de peligros sobredimensionados.

El derecho al olvido, las obsesiones por la privacidad con órganos especializados -Agencia de Protección de Datos- y en general los desvelos y desgarro mediático de vestiduras sobre la privacidad digital conforman parte de estas “gloriosas manifestaciones”. Por contra a la vuelta de la esquina persisten las desregulaciones de la vieja economía que suponen un atropello continuo de la “sagrada privacidad” o varas de medir muy diferentes para aplicar la libertad de expresión.

 

Privacidad digital vs presencial

Los usuarios de Internet publican fotos y mucha información irrelevante con amigos y menos amigos. Estos “tesoros” han generado respuestas jurídicas impresionantes. Su exposición me parece, salvo casos de personas que no tengan suficiente educación digital, menos relevante que registros del propio sector público o listados en papel.

Pongamos un ejemplo. Si un emprendedor en su sitio web requiere un correo electrónico para enviarle a los usuarios una sencilla newsletter o boletín de noticias, debe informar que ese fichero existe a Agencia de Protección de Datos y “velar por su protección”. De no hacerlo la multa puede dar al traste con las aspiraciones de cualquier Larry Page o Steve Jobs “a la española”.  El tema tiene entidad. Un correo electrónico es la base para los denominados “leads” una de las vías de monetizar una web.

Mi pregunta es: ¿tan grave es la infracción? ¿qué entidad real tiene? ¿no saben (o debieran saber) los usuarios que su información cibernética es vulnerable y está expuesta a que sea “extraída” por hackers de cualquier nacionalidad? La clave aquí es la educación del usuario.

¿De qué perjuicio real estamos hablando? ¿Quizás spam? El “spam” postal lleva años campeando a sus anchas entre las oficinas postales de correos y los buzones de nuestras casas. Además sin posibilidad de que Google u otros proveedores diseñen filtros o papeleras virtuales. Al fin y el cabo mi nombre y la dirección física de mi casa son datos importantes a preservar y no deberían estar expuestos públicamente en el rellano de mi comunidad a través de las cartas que asoman en el buzón de mi casa y en muchas manos. Mucho más expuestos que mi e-mail.

Lógicamente, cualquier información sensible es mejor educar a la población que “protegerla”, sea el que sea su ámbito de exposición.  La protección digital se ha elevado a los altares fuera de toda lógica y situando a las empresas digitales españolas (y europeas) en desventaja con respecto a las de otros países.

Nos jugamos el desarrollo de la economía digital

En cambio todo celo y  esfuerzo es poco para defender un correo electrónico, sacrosanto de la esencias de la privacidad. Un emprendedor con el que comentaba esto me dijo si en este país éramos “tontosdelculo“. La verdad es que no supe que contestarle.

La privacidad no es el único “objeto oscuro del deseo”. Un concepto de propiedad intelectual hecho a medida de los intereses de la vieja economía coarta todo el potencial de desarrollo de la economía del futuro, pero ese tema posee la suficiente entidad para ser tratado en otra ocasión.

Únicamente resaltaré que deberíamos repensar el celo regulatorio que afecta a Internet y a la economía digital en toda Europa y muy particularmente en España.

Mientras en este país los ciudadanos estén encantados con Gran Hermano, Sálvame y otros programas televisivos al uso sin que salte ninguna alarma social, o los guardas de seguridad puedan revisar nuestras maletas en los aeropuertos y estaciones de ferrocarriles, o los bolsos a las salidas de las tiendas, etc. de verdad que no sufro por mi correo electrónico, ni mi Facebook, o porque Google almacene mi historial de navegación.

Entiéndase que no defiendo ninguna posición anti-regulatoria. Simplemente hacerlo sin sobredimensionar nada o demonizar el ámbito de Internet. Hace poco Manuel Pomares nos comentaba que mientras que los drones todavía no se habían regulado en un país como los Estados Unidos, en España ya nos habíamos adelantando prohibiendo su circulación. Cada día aparece una noticia relacionada con el uso potencial de estos dispositivos en un campo diferente.

 

¿Nos acordamos cuando hacíamos el ridículo regulando el uso del dominio .es?

Hace unos pocos años, nuestro país -junto con Bolivia- era el único que mantenía una normativa restrictiva arcaica sobre sus propios dominios (.es). Afortunadamente su uso se liberalizó hace unos años. De no haber tenido alternativas como de acceder a dominios tipo (.com, .net, .org…) el retraso del desarrollo de Internet en España hubiera sido pasmoso. Me sonroja sólo pensarlo.

Debemos hacer un enorme esfuerzo por comprender la naturaleza global y conceptual de Internet y el ámbito digital en general. De lo contrario seremos los campeones de la regulación y ostentaremos un ostensible subdesarrollo digital.

Vamos por un camino equivocado. Más educación digital, menos regulación preventiva.

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(*) Es un caso real que ocurre a diario en todos los establecimientos comerciales. Sábado 10 de enero 2015, Supercor,  Alicante, 12,30 horas aproximadamente.


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