La nueva revolución biológica

Uno de mis blogs de referencia es el de Xavier Ferrás Hernández, experto en innovación de reconocido prestigio, catalán de nacimiento y con una levísima ascendencia murciana que incrementa mi simpatía hacia su persona. Ese remoto origen murciano, difundido por él mismo en su último post: “Un viaje genético al pasado”,  ha inspirado esta entrada.

En cada célula humana existen 23 pares de cromosomas que contienen nuestra información genética,  nuestro ADN, el 50% de ella aportada por cada progenitor.  Un cromosoma se puede considerar como un paquete de genes, el genoma, que determina las características físicas, las condiciones de desarrollo y la predisposición a padecer ciertas enfermedades de cada individuo, como el glaucoma, la hemofilia o el síndrome de Down.

Como curiosidad, diremos que la mosca de la fruta tiene sólo 4 pares de cromosomas, los perros poseen 39 pares, los gatos 19, los caballos 33, las palomas, 40 y los ratones, las ratas, los hamsters y los conejos tienen un número similar de cromosomas, entre 20 y 22 pares, cantidad muy próxima a los de la raza humana.

Los seres humanos heredamos el genoma de nuestros antepasados recombinado con el material genético de nuestros padres, a partes iguales,  con dos  excepciones: el cromosoma Y que se transfiere de padre a hijo, y el ADN mitocondrial que lo reciben los niños directamente de la madre.  El genoma humano tiene unos 30.000 genes, más o menos como un ratón. Sin embargo, un solo gen puede generar hasta 98.000 proteínas.

radar.oreilly.com

La capacidad de almacenamiento existente, la potencia de cálculo de los ordenadores actuales y las técnicas de Big Data permiten procesar y analizar ingentes cantidades de información genética de todos los confines de la Tierra e identificar patrones que nos ayudan a conocer nuestros orígenes en base a las mutaciones características de cada etnia o región geográfica. Este es uno de los objetivos del proyecto Genographic.

Las pruebas de paternidad, las predisposiciones a ciertas enfermedades y la genealogía familiar se pueden determinar estudiando el ADN de un individuo, a partir de una muestra de saliva, por ejemplo, y a precios razonables.

Xavier Ferrás, pagando 99 dólares ha utilizado los servicios de una empresa especializada, 23andMe, que toma el nombre de los 23 pares de cromosomas de las células humanas. Esta compañía fue fundada en 2006 en Sillicon Valley, y contó con la participación inicial de Google.


Su objetivo era descubrir mutaciones genéticas que podrían desencadenar enfermedades graves. Sergey Brin, cofundador de Google, impulsó el proyecto de esta empresa biotecnológica tras saber que podría padecer Parkinson como portador de un gen transmitido por su madre.  Es conocido el caso de la doble mastectomía de Angelina Jolie tras detectarle un gen de cáncer de mamá que podía ser fatal para ella.

Desde su creación, 23andMe ha movilizado más de 120 millones de dólares. Su gran objetivo es vender los datos, anonimizados, de sus más de 800.000 clientes a la industria farmacéutica con objeto de que puedan conocer mejor las enfermedades y fabricar fármacos personalizados.

Uno de los últimos inversores ha sido Martin Varsavsky, fundador de Jazztel,  que hace 5 años se decidió a publicar datos sobre su propia salud con la idea de recibir consejos de médicos y de personas con el mismo riesgo de padecer enfermedades que él.

En 2013, la FDA prohibió, provisionalmente,  el suministro de la información de las posibles enfermedades que podrían contraer los clientes de 23andMee ante la ausencia de regulación al respecto, en evitación de posibles alarmas o discriminaciones personales si se hacían públicos estos datos.

Aunque la genética puede determinar nuestra salud en gran manera por lo que respecta a algunas enfermedades específicas, la interacción con el entorno, nuestros hábitos de vida pueden desactivar los genes responsables de la aparición de ciertas dolencias, como la diabetes. Este es el campo de actuación de la la epigenética, la nueva revolución biológica.

En definitiva, de la misma manera que heredamos material genético que condiciona nuestra salud, también lo transmitimos a nuestros descendientes, con los que contraemos una responsabilidad generacional, doble motivo para cuidarnos.