martes, abril 13, 2010

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miércoles, septiembre 03, 2008

LA VUELTA

Cuando me enfrento al teclado después de varios meses de ausencia, me siento deudor. No me importa si mis escritos llegan a muchos o pocos, si entretienen o aburren; tampoco sé si alguien me echa de menos o si se me ignora. La verdad es que nadie me reclama nada, pero no puedo evitar ese sentimiento de obligación incumplida; la desazón de quien, pudiendo, no ha hecho lo que debía. Lo lamento ante el juez de mi propia intimidad y ante el jurado de quien crea que no digo sandeces cuando pretendo sacarle punta a mi vida

Hace ya dos años que, ante mí mismo, me comprometí a escribir sobre lo que llamara mi atención sin más ánimo que el de traducir a letras lo que pudiese interesar a otros desde mis experiencias personales. Me prometí a mí mismo no traicionar mi libertad y sentarme a escribir cuando me viniese en gana. Pero la gana es mala consejera. Lo puedo asegurar, “mea culpa” .

martes, febrero 05, 2008

EL VIEJO CIPRES

Mi jardinero, joven y emigrante, me cuida como al padre que nunca pudo disfrutar. Durante el invierno procura que mi ya antigua casa permanezca cálida y que a mi chimenea no le falte la leña para que mi tensión arterial no se dispare con los fríos.
Cuando hace treinta años heredé de mi madre la casa donde habito era, como las casas de campo de la época, casi inhabitable; sin electricidad y sin confort alguno, sólo veníamos los niños con los abuelos en Julio a la trilla y en Septiembre a la cosecha de las almendras. Recuerdo la pelea entre los hermanos por montarnos en el trillo o por obtener los diez céntimos con que la abuela nos premiaba por descascarillar cada espuerta de almendras. También acude a mi memoria la estampa de mi abuela, muy corvada y pequeña, prensando los panes de higo sazonados de hinojo, cuyo perfume se confundía con el miedo a las picudas sombras que el candil provocaba en aquellas inacabables noches de otoño. En la reforma de la casa conservé sus techos altos y sus puertas por las que aún se cuela el frío, puntual e incómodo invitado de mis inviernos.
Hoy, Nílton, me ha traído entre la leña, los restos de aquel viejo ciprés que plantó mi abuelo y que se tronchó cuando un rayo partió la palmera que aplastó, en su caída, al pobre espectador de la tormenta. Allá en un rincón de la finca ha debido estar hasta hoy. Yo lo tenía olvidado.

Vivir la vejez en el campo estimula los sentimientos y con ellos la plenitud de sentirse vivo entre tanta vida. Se restañan solas las heridas de la vorágine pasada y se aprende a convivir con la serena quietud de las plantas; vives las estaciones, notas que tu sangre se acompasa, reconoces los árboles con sus hojas caídas, y te ilusionan los abultamientos de las ramas embarazadas de hojas y flores a la espera del parto en primavera.. Al alargar el día, identificas cada flor por su nombre y, con los calores, adivinas los senderos, al respirar esencias de mirtos, lavandas, jazmines y mentas.
Con las canas humanizas tus cosas; tu sillón, tu mesa, tu cama, tu jardín, tus plantas... ya no pueden ser otros porque no habrá tiempo para el cambio. Son los amigos que acompañan a mi irremediable vejez. Algunos, como yo mismo, irán de la hoguera al olvido pero otros- mis arboles, mis palmeras y los cipreses que yo planté y que sustituyeron al del abuelo- seguirán creciendo y creciendo como siguen creciendo los olivos, las encinas y los pinos que debió plantar ...ni se sabe. Me ilusiona que mi gente me recuerde por mis plantas. Sé que es la trampa que me tiende la ilusión por sobrevivir, pero me gusta caer de lleno en ese engaño.
Por eso me ha entristecido tanto ver los despojos del viejo ciprés tantos años ajeno a mi memoria..
Al arder, su leña ha dejado en mi cerebro el perfume de mi larga biografía.

martes, octubre 23, 2007

LA TATA CARMEN

Carmen había nacido en el corazón de la huerta oriolana como las cebollas, las patatas o los tomates. La primera vez que la vi, a mis quince años, estaba en la cocina recién llegada; con aspecto de pajarillo asustado, sin atreverse a mirar, vestida de negro descolorido, flaca , pequeña, arrugada y seca, como las ñoras bajo el inclemente sol huertano. Aparentaba treinta años y sólo contaba 18 con una historia cargada de sufrimientos, de desamor, de abandono e incomprensión a sus espaldas. Huía de un pasado reciente que la marcaba en su villorrio.
Había venido con la esperanza de ser la leche adecuada para amamantar a mi hermana, recién nacida, que sobrevivía de prestado gracias a una amiga de la casa a la que le sobraba leche después de amamantar a su hijo .
Eran los años 50 y, en aquella época, cuando la madre no podía criar al recién nacido, había que buscar, a toda prisa, una sustituta porque las leches maternizadas no existían y eran pocas las criaturas que podían digerir la leche ,excesivamente grasa, de las vacas. Se hacía correr la voz de la búsqueda y los padres respiraban su desasosiego cuando se encontraba la leche adecuada. Fue una fiesta encontrar a Carmen.
Carmen , como todas las amas de cría, pasó a ser la mimada de la casa. Los mejores alimentos,
la mejor vigilancia médica eran para Carmen. y, también, las noches de insomnio, la inquietud de la maternidad, las fiebres, los flatos y las indigestiones del mamoncillo.
Creció así un cariño tan íntimo y tan prieto que, al crecer el tiempo, la madre alquilada se convertía en el nido, el amor más entrañable y el refugio de mi hermana; y, mi madre, pasó a desempeñar el ingrato papel de correctora implacable del excesivo mimo que Carmen repartía sin mesura a diestro y siniestro.
Pasaron los años, acabó la crianza, y Carmen, a fuerza de terneza y de bondad, fue ablandando la rigidez de mis padres y la distancia obligada,- intransigencias de la época- de mis cuatro hermanos, hasta convertirse en un miembro más de la numerosa familia.

-" Carmen, que venga Carmen", "Carmen, el café", "Carmen sabe donde está", "Carmen te lo soluciona"-...siempre Carmen. Sirviendo a unos y otros se hizo vieja en nuestra casa y, no teniendo bastante con sus paredes, derramó su bondad por todo el barrio A todos atendía, a todos mimaba y entre todos repartió su amor construido de sacrificios, desvelos, y de toda la ternura de que es capaz un ser humano. .
Cuantas veces la muerte hizo presa en la casa ayudó al transito como nadie y, sólo después, tiñó sus brillantes ojos azul-cielo con el rojo, hinchado de dolor infinito e inconsolable, que sólo lucen la s gentes de pueblo.

Cuando llegaron nuevas criaturas, ya, para ella, nietos, revivió con entusiasmo su oficio magistral “de ama seca” sacando lo que le quedaba aún de bien querer para que nadie creciera sin el testimonio de su cariño.
Apenas sabía leer y nadie se ocupó de que aprendiera más que a servir... y eso ya lo hacía ella desde que, entre tormos, la parió su madre. Es cierto que tampoco le interesaba saber más porque en la escuela de su vida había aprendido que lo único importante son los otros.
Con sólo su cariño llegó a ser la amiga de nuestros amigos y la confianza de todos.

Ella no fue nunca ni la hermana mayor, ni la tía soltera.,ni la sustituta de nadie; fue siempre la parte fiable, noble y leal de nosotros mismos.
El domingo pasado se le rompió el corazón , como no podía ser de otro modo, en el regazo de su hija con la que , muerta mi madre, rehizo una nueva vida. . Ese día llenó la iglesia con deudores de tanto amor.
Con la tata Carmen desaparece una generación de inigualables y sacrificadas mujeres que, no solo con sus pechos hicieron posible la vida de muchos, sino que, además, cumplieron con creces la difícil tarea de repartir amor y bondad en un mundo repleto de egoísmos y desencuentros.

Soy consciente de que corro el riesgo de que esta carta se interprete como un adiós sentimental y obligado.
Si esto llega a los jóvenes apenas entenderán nada. Se hace difícil comprender que hubo un tiempo en que la gente alquilase la leche de las personas; los modelos actuales son diferentes.
Si me leen los mayores pensarán que muchos conocieron a otras CARMEN . Desde aquí mi homenaje para todas las que, como ella, humanizaron nuestras vidas.
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viernes, agosto 17, 2007

AGOSTO 2007

Definitivamente no me gusta el verano. Tal vez porque ya me pasó la época de la liberación del trabajo o quizás sea porque, donde vivo, las altas temperaturas, húmedas y viscosas, afectan a mi carácter y a mi humor; también debe influirme que el país se soporiza; la gente huye y cambia la fauna callejera, como cambiamos el cocido por el gazpacho y el vino por la sangría. No, no me gusta el calor del verano.

Y es que en el dichoso AGOSTO se junta todo lo que amarga; ahogados en las playas, incendios, apagones; la puntualidad se toma vacaciones en trenes y aeropuertos; inundaciones espeluznantes en la India; terremotos asoladores en Perú y hasta la Bolsa se lanza a la deriva por los rápidos de los ríos hipotecarios; hay más muertos de tráfico, y... hasta en mi propia casa, a las 9 de la noche del día 15, Fiesta Mayor, se me quema el cuadro eléctrico sin posible reparación. Oscuridad total hasta el día siguiente. Las ventanas, abiertas a la luna de agosto y al campo libre, me sorprenden de madrugada con los efluvios de la ciudad que me envía la depuradora instalada a dos kilómetros. ¡No puedo con agosto!.
Mis nietos me acusan de cabreo constante: “En mi niñez, les reprocho, cabreo era palabra castigada con el pimiento picante que nos aplicaba mi madre, como lo hacía tambien con las de cabron, pijo o puta”.. Se me ríen en las barbas porque no entienden que les recrimine lo que ya es normal en sus lenguas, cada día más sucias.

Como soy un optimista irrecuperable, espero la noticia que alegre mi talante veraniego y, de pronto, en plenas vacaciones, aparece Fraga sacándose la capucha de fraile arrepentido, para mostrarnos la “cabeza mejor amueblada “ en toda su plenitud franquista.
Yo entiendo que a ciertas edades la gente se destape y hable claro; ya no se juega uno nada; son privilegios de la edad. Perdón, sí se juega y...mucho: porque poner al descubierto las vergüenzas antes del definitivo examen, debe restar años de Purgatorio. Y, eso sí, en el otro mundo hay que asegurarse que se está con los de siempre, con los buenos. Esto me devuelve el buen humor...

Lo dicho viene a cuento, porque parece que este síndrome estival afecta a mucha gente y a muchos colectivos intocables. Que se lo digan, si no, a la Rosa Regás.
Como todos los años los periódicos se aburren a sí mismos y, en su muermo, tratan de manchar páginas, otorgando titulares a lo que el resto del año pasaría a un rincón casi inadvertido, como en mayo pasó de puntillas la noticia de que hay operaciones de alto alcance para que la derecha más mostrenca se apodere más, si cabe, de los medios de comunicación. Murdoch prepara la emboscada y Aznar le teje la trampa. Y es que ese franquismo absolutista y antidemocrático, que creíamos extirpado, vuelve con furia a ser el gran mago de la oculta manipulación. Los que dirigen hacen bien lo que funciona en su provecho y, conociendo a sus parroquianos, saben que seducir a cualquier precio es la astucia más rentable. Y en eso están.
Una amiga me contaba, hace muchos años, refiriéndose a los embaucadores, que “ si un tío te encandila y te maneja, cuando te descuidas la tienes dentro”
Si viviese Goebbels me daría la razón y añadiría que “de todo lo que ocurre en este odioso agosto tiene la culpa Zapatero”.

miércoles, junio 27, 2007

LA SOPA BOBA

Resulta muy difícil que los padres examinemos nuestra propia actitud ante los problemas de los hijos. Admitimos todo tipo de justificación, buscamos y rebuscamos los más variados argumentos y, muy excepcionalmente, caemos en la cuenta de revisar nuestro propio papel en los dramas que afligen a nuestros vástagos. Así vemos que los fracasos escolares se atribuyen al sistema, a los maestros o a la mismísima calle; que los matrimonios son insostenibles por culpa de la nuera o el yerno; que los puestos de trabajo necesitan padrino y que los " pobres chicos" no abandonan el hogar porque los pisos están por las nubes y apenas ganan para mantener parte de su independencia.

Vaya hoy la reflexión de mi memoria para estos últimos que, con edad suficiente, deberían haber abandonado el nido. Tiempo habrá para mirar las otras perspectivas.


LOS HIJOS ATORNILLADOS
Hagan la prueba: cualquier tertulia ocasional, en la que salga el tema del retraso en la salida de los hijos del redil familiar, será ocasión más que suficiente para que la polémica esté servida.. Y es que el tema, que hoy se ha convertido en multifamiliar, se presta a las más variadas opiniones... al final se ofusca la razón de la objetividad y, detrás de cada argumento, aparece velado el manto de protección paternal o maternal que todo lo justifica y todo lo argumenta con tal de salvar la actitud de los hijos; eso sí, sin mirar, ni por asomo, la parte de responsabilidad que a los padres nos corresponde en el conflicto. Conclusión inevitable y recurrida: los hijos no se independizan porque no pueden: así de simple.. Argüimos que la sociedad no es justa, y, simplificando, la culpa, como siempre, la tienen las leyes, el Gobierno, los constructores o el demonio. Llegado ese momento de la discusión los hijos desaparecen del escenario, a pesar de ser la causa del problema, y se culpabiliza a cualquiera de un problema que es simplemente de los protagonistas directos: los padres y los hijos.

Buceando en mi frágil memoria recupero que en mi juventud el problema general de las familias era el más elemental sustento. Años de hambre y escasez, los jóvenes se prestaban a cualquier faena con tal de traer recursos a la casa o de evitar gastos imposibles para aventuras de estudios o trabajos vocacionales. La necesidad espoleaba con urgencia los esfuerzos más inauditos.
Rememoro aquellos ejemplares compañeros de colegio que con humildad y ánimo indestructibles servían a los demás, como si de criados se tratara, con tal de conservar la beca que en sí ya conllevaba, por añadidura, la condición de obtener las mejores calificaciones. Hacia ellos conservo en mi memoria la más cálida admiración y afecto.
No importaban los quehaceres ni las horas; no se regateaban sacrificios ni sobreesfuerzos para acudir a varios trabajos que apenas dejaban tiempo para el descanso por ello emprender el vuelo era la mejor solución para restar una boca a la escuálida economía familiar. Era la voluntad y el tesón de los hijos la que forzaba la decisión de la independencia obligada.
Pasados los años y ya con la responsabilidad empresarial a mis espaldas, recuerdo que los inmigrantes de los años 70, de Extremadura, de Andalucía..., venían al trabajo con la obsesión de hacer horas para comprarle un piso al hijo después de procurarse el propio con la venta de sus bienes raíces allá en sus tierras. Discutí en más de una ocasión ese comportamiento sacrificante, y sin justificación para mí, de acortar el camino al hijo cuando los padres apenas comenzaban a disfrutar, después de muchos esfuerzos, de una despensa abastecida. Era inútil decirles que yo con varios hijos vivía en piso de alquiler a la espera de mayores disponibilidades para acceder mi propia vivienda; y es que sobrepesaba sobre su conciencia la cultura paternalista de la España profunda.
La etapa posterior, la de la abundancia y el consumo, la conocen perfectamente quienes me premian leyéndome y espero compartan conmigo que, con demasiada frecuencia, se olvida que educar es transmitir, como valor sustancial, la rentabilidad humana del esfuerzo, del sacrificio, de la negación de los propios caprichos o incluso de las propias vocaciones y vacaciones. Comportamientos estos casi desterrados de nuestra sociedad, lo sé, pero al mismo tiempo tan vigentes en nuestra humanidad que renacen cada día a través del deporte, la dieta, la aventura, o la búsqueda de nuevas emociones o nuevos destinos, todos ellos imposibles sin una alta dosis de renuncia aceptada, eso sí, con gusto y estímulo envidiables.
Tal vez con nuestro consentimiento de padres acomodados, y aplicando mal el concepto de libertad, estemos favoreciendo el atornillamiento de los hijos al plácido hogar a la vez que, probablemente, enmascaramos un sentimiento injustificable de miedo al nido vacío o quizás, y más aún, del temor al hijo sobrepasado de esfuerzo: pobrecito mío.
No pueden liberarse de casa pero disponen de coche propio, de ordenador, de videoconsolas y viajan cada año a los destinos más exóticos. Y de vivir en piso alquilado ni hablar, no está bien visto. Algo tan normal en los países desarrollados como es vivir en pisos alquilados o compartir viviendas microscópicas resulta ser aquí, gracias a esa vieja cultura de algunos padres, y con la mirada conformista del hijo, “mal visto”. A mí me causa la impresión de vivir en un país de “nuevos ricos” en su peor acepción y aplaudiendo, ¡cómo no ¡, a aquellos que con dignidad, por su propio esfuerzo o por buena fortuna pasaron de las privaciones de la pobreza a la abundancia de la riqueza.
Afortunadamente conozco jóvenes estudiantes o simples empleados que durante las noches trabajan en el abastecimiento de los supermercados o sacrifican los domingos y las fiestas repartiendo folletos en la calle o haciendo de socorristas en las playas, en plena calina, donde otros compañeros se divierten. Como estos debe haberlos a miles que han adivinado la trampa que en sus vidas supone compartir la existencia con unos padres “sacrificados”. Es chocante que a estos currantes se les considere como auténticos héroes porque se niegan y no admiten vivir complacidos y desistimulados a la SOPA BOBA que diariamente recibirian, sin duda, a la sombra de sus mayores.






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lunes, mayo 28, 2007

EL VOTO

Hace 24 horas ante la mesa electoral y, después de depositar mi voto, oí aquella parte del rito que a mí personalmente, quizás porque hasta maduro no pude votar, me sigue impresionando: “VOTÓ”: .
Hoy, como siempre, todos se proclaman vencedores; y en esta ocasión tal vez lo sean porque los resultados igualan; dan casi empate técnico.
Yo me pregunto: ¿todos son vencedores o, mas bién, todos perdedores hasta las cachas?
Desde anoche los datos y los comentarios de los protagonistas se me han acumulado en mi cerebro; los he agitado y revuelto, como si de culinaria se tratase, los he dejado reposar unas horas y he mirado la superficie como las brujas de los cuentos miran la olla cual si fuera un espejo clarificador de su oráculo.

Veo, y no me creo, que se ha premiado todo lo que como persona detesto: la mentira sistemática y desvergonzada, el insulto, el afán de destruir más que el de construir, la vociferación del peor estilo, el ataque al otro con bajeza y a puñalazo limpio, las posturas prepotentes, las promesas imposibles, la leña por la leña, la defensa del dirigente importando un pìto el interés del administrado, las payasadas injustificables, el sillón como oportunidad y no como servicio. y , el colmo, los votos en catarata a los acusados de corrupción que por vergüenza torera nunca se debieron presentar -¿acaso el pueblo entero piensa que algo le caerá si favorecen al corrupto?- No, no lo entiendo.
También es cierto que debajo de ese aparente telo-espejo, de esa sopa de incongruencias hay cosas buenas y respetables; que se premian muchos esfuerzos y buenas voluntades, gente capaz y honrada: pero lo que se aparece al votante, lo que destaca, lo que vemos los ciudadanos, es negativo. Es más, entre lineas alguien puede leer que siendo sinvergüenza se obtiene el bingo.

Se anuncian hoy reuniones de los grandes dirigentes para analizar el alto grado de abstención. ¿Ahora se extrañan de la decepción hacia los políticos y el "pasar" de la política?
Da la impresión de que cada votante tiene su agujero como lo tienen las hormigas, y en él sólo existe la oscuridad y el servilismo a la reina. No se pueden mezclar porque su madre las parió aquí y este es su clan. Fieles a unas siglas hasta la muerte, y no a unas ideas, se consideran sólo eso: un clan.
No se prefiere mejorar el pueblo ni la vida de sus vecinos. Sólo se persigue que el sillón lo ocupe “el mío” y que a los otros, en ocasiones más capacitados, les den morcillas para que se consuelen.
Ni siquiera se desea una oposición fuerte que fiscalice y detenga al tanque avasallador de los absolutismos.
A los que no votan por decepción yo les aconsejaría el voto en blanco, suena más a reprimenda; y a los que no votan, y encima se vanaglorian, habrá que decirles, cuando se lamenten, que ellos tambien son culpables por omisión. Porque... seguro que serán los primeros en airear sus quejas.
Nada nuevo: la España de siempre. La de la picaresca y la grosería.
A los que contamos la edad por el poco tiempo que la lógica nos otorga y que hemos soportado tanto desmán histórico, esperando la llegada de la cordura, no nos queda otro sentimiento que la frustración..
Yo, que soy un ciudadano más, lo veo así. Claro que tal vez sean “chocheces” de la edad.