Ordenador que no requiere electricidad

Inventan el ordenador microfluídico que funciona con burbujas

Según un artículo publicado el 8 de febrero de 2007 en NewScientist.com, un grupo de investigadores estadounidenses ha desarrollado un ordenador que realiza los cálculos con burbujas en lugar de utilizar electricidad.

El ordenador “microfluídico”, que realiza los cálculos haciendo pasar burbujas a través de diminutos canales impresos en un chip, puede llevar a cabo todas las operaciones lógicas necesarias para un ordenador de uso general.

En la práctica, un ordenador de este tipo sería mucho más grande que un PC y unas mil veces más lento. Sin embargo, según sus diseñadores, podría conducir a una tecnología microfluídica mejorada para el análisis químico.

Manu Prakash y Neil Gershenfeld, del Center for Bits and Atoms del MIT, crearon el dispositivo grabando canales de alrededor de 1 micrón de ancho en el silicio. A continuación, utilizaron burbujas de nitrógeno en agua para representar los bits de información fluyendo por los canales. Estos canales están diseñados para realizar funciones básicas de tipo booleano. Además, pueden almacenar información en forma de burbujas atrapadas en una de las dos cavidades conectadas.

Según los investigadores, el beneficio real de este trabajo es que las burbujas pueden transportar sustancias químicas, moléculas o células individuales. Esto podría conducir a tipos más sofisticados de “lab on a chip“, dispositivos que utilizan pequeñas cantidades de sustancias químicas para realizar diagnósticos o detectar patógenos. La misma burbuja que actúa como bit lógico podría transportar también estas sustancias químicas para su análisis.

La tecnología podría dar lugar también a una química combinatoria, en la que los fabricantes de fármacos entre otros crearían y almacenarían amplias librerías de nuevas moléculas. El ordenador microfluídico podría facilitar la fabricación de pequeños kits para realizar análisis químicos, análisis de muestras de sangre o incluso la prueba del sida.

Fuente: New Scientist