POLITICA ARGENTINA Y LOS PACTOS DE LA MONCLOA

ANTECEDENTES

Con cierta frecuencia muchos políticos argentinos en la creencia de querer demostrar una amplitud universal de conocimientos o presumiendo de creativos estadistas hablan sobre la necesidad de que en la Argentina se lleguen a conformar pactos como los llamados “de la Moncloa” que fueron celebrados en España hace exactamente treinta años.

En primer lugar cabe hacer notar que los procesos políticos si bien pueden asimilarse en general no son pasibles de ser copiados así como así en términos lineales.

Tienen distintos antecedentes, épocas determinadas, factores inconvenientes o favorecedores, apuntan a objetivos muy propios y, fundamentalmente, deben contar con la suma de actitudes manifiestas y proclives para alcanzar los fines propuestos.

Así ocurrió para con esos pactos que llevan el nombre del palacio que es sede del gobierno español y que tenían, en síntesis, el enorme propósito de favorecer la gobernabilidad en un período tan delicado como lo fue el de la transición entre el largo “franquismo” y la nueva democracia.

Después de una feroz guerra entre hermanos como pocas veces se ha dado en la historia mundial, de una prolongada dictadura bajo la mano férrea del caudillo Francisco Franco el período de transición ha sido un ejemplo de virtuosismo político.

A pesar de algunas críticas por el estilo minucioso esos pactos fueron el producto de un tejido paciente y detallado que, haciendo conjugar intereses de distinto orden, llegó a construir una fuerte urdimbre sobre la que se apoyó el afianzamiento de la monarquía establecida y la constitucionalización.

Firmado por los líderes de todos los partidos políticos con representación parlamentaria.

Un fervor por la democracia se había instalado en el sentimiento social y era la medida para ajustar toda la vida del país. Existía una convicción en lo que se quería hacer y un claro apoyo para que saliera bien a través de las líneas fundamentales, dejando de lado las pequeñeces obstaculizantes.

Podría sintetizarlo en que había un alto sentido patriótico basado en la idea de que ya no era cuestión de sentarse a lamentar los años pasados sino lograr los acuerdos necesarios para construir un futuro.

No era el momento de hacer clasificaciones en distintos grados de responsabilidad por lo ya sucedido sino pensar en lo que debía suceder a favor de lograr la consolidación nacional.
Se pusieron los acuerdos por delante y se postergaron para mejor momento aquellas cosas en la que hubiera divergencias. Se valoró todo lo que unía despejando lo que podía crear fisuras en el camino que se estaba trazando. Y todo esto ocurría en la realidad de un país con una clara tensión en regionalismos con deseos de reivindicación y con sectores sociales deseosos de plantear sus respectivas pujas.

Pero en general hubo conciencia de que se estaba en un momento fundacional, aunque nada de esto fue fácil.

Después de haber estudiado el proceso, de tratar a muchos y de consultar a tantos me gusta decir, comparativamente con otras situaciones, que pensaban en el país, verdaderamente.

ANÁLISIS COMPARATIVO

Quisiera ver entonces si en la Argentina se dan las condiciones como para lograr acuerdos similares.

Conviene comenzar por la institucionalidad como base de la estructura jurídica del estado. No lo creo posible cuando se ha desdibujado la división de poderes a través de la castración del Congreso que ya no puede prohijar nada y menos si no está en sintonía con los deseos y preferencias del poder ejecutivo. Cuando se lo sustituye mediante los decretos de necesidad y urgencia o cuando además de castrado se ha suicidado otorgando superpoderes que le han llevado a votar un presupuesto que es un cheque en blanco y que será modificado según las necesidades políticas más mezquinas y para alimentar los deseos de hegemonía.

Se podría continuar con el régimen de justicia y para cualquier acuerdo poco ayudarían las intenciones oficiales manifestadas a través de la reforma al Consejo de la Magistratura convertido en un instrumento diabólico para domesticar la voluntad de los jueces.

Debería hacerse referencia al régimen político y en ello resultaría muy curioso lograr un pacto por el mantenimiento de las listas sábanas, por la oscuridad en el financiamiento de los partidos, por el reconocimiento de las fuerzas del clientelismo alimentadas con prebendas de diverso orden y por tantas otras calamidades que hacen a la repugnancia con que se visualiza el quehacer de la actividad.

También deberían abordarse las líneas de una política económica que impulsara la mayor inversión externa y una orientación productiva del ahorro nacional haciéndose cargo de industrias y servicios de carácter estratégico. Se chocaría con el inconveniente de tener que revisar las adjudicaciones de los servicios en manos de los empresarios nacionales que se han quedado con las ganancias y han socializado las pérdidas, que no han invertido ni han pagado los cánones, que viven reclamando subsidios que les son generosamente otorgados por quienes hacen algunas retenciones personales, como es lógico de suponer.

Como no podría ser de otro modo debería pensarse en una política laboral que permitiera el desarrollo de una estructura sindical para actuar como factor de equilibrio entre el capital y el trabajo como así también como custodio de los avances necesarios para una justa distribución de la riqueza.

Habría algunos inconvenientes, entre ellos el de desmontar toda esa estructura burocrática que bajo el disfraz de gremialismo ha generado una mecanismo de extorsión política y de corrupción solamente al servicio de los jerarcas y su buen pasar. Difícilmente se podría acordar sobre el modo de lograr que la caja negra de las obras sociales esté verdaderamente al servicio de los afiliados en su totalidad financiera y no mediante la quita que las tablas por contratos ya se encuentran casi consagradas por la costumbre y con el destino inexorable hacia el bolsillo de los administradores. Ocurriría lo mismo con el destino de los subsidios estatales destinados a conjugar algunos déficits en esas obras pero fundamentalmente como compensación por las adhesiones políticas de los dirigentes o para calmarles sus simulados fervores de reivindicación.

Dentro de un esquema animado por el deseo de justicia sería prioritario pensar en una política de asistencia social que permita ir mitigando necesidades en el camino hacia una economía sana y próspera que posibilite la realización de todos los ciudadanos a través de trabajo y el esfuerzo.

Aquí tampoco será fácil poder contar para un acuerdo con la suscripción de quienes han hecho de la pobreza y la indigencia un buen recurso de acción política y de beneficio personal. Sería difícil plantear la conveniencia de contar con planes asistenciales genuinos frente a esa lacra de delincuentes sociales que disfrazados de sensibles populistas medran cotidianamente con la ignorancia y las carencias mediante la concesión condicionada de planes sociales de cualquier nombre. Los que a su vez les han sido entregados por el poder para seguir manteniendo una red de compromisos electorales o para la concurrencia a manifestarse por cualquier causa.

Toda esta maquinaria criminal se pretendería seguir manteniendo bajo variados argumentos que serán aplaudidos por las propias víctimas a las cuales les han hecho perder la creencia y el sentido de que el trabajo es el verdadero motor del desarrollo personal.

Se podrían enumerar muchos otros problemas sectoriales que dificultarían poder llegar a pactos como los que se enuncian cada tanto por esos políticos negados a la cultura pero propensos a colgarse en cuanta cosa les pueda parecer novedosa o les permita conseguir una línea en un diario o algunos segundos por televisión.

Podría hablarse sobre el diseño de un país hacia el futuro y no de esta administración “almacenera” que vive de los datos de la caja cotidiana, sin coraje ni talento como para auscultar las líneas de la dinámica planetaria y las posibilidades de inserción en ella. En paralelo debería delinearse una política exterior que definiera al país como interlocutor global, instalado en el gran escenario del mundo, haciendo valer sus potencialidades; pero para ello habría que revisar ese “encerramiento” actual que no se compensa con los discursos que pronuncia la cónyuge gobernante en sus viajes de compras por el mundo.

En ese caso habría que redefinir si la línea estratégica sobre la materia pasa por el socialismo parlanchín de Chávez, los propósitos ininteligibles de Evo Morales, los amagues del presidente de Ecuador o si todo eso recala en la eternamente inconclusa revolución cubana. Con el riesgo de que estas ideologizaciones vuelvan a hacer caer en ingenuidades como la de la famosa y multimillonaria inversión china. Cuento chino al fin.

Tantas otras cosas deberían ser motivo de acuerdo que su enumeración sería inagotable, al menos para las finalidades de este comentario. Habría que rescatar los valores de la cultura hoy en manos de una inocua gestión; el sentido de patria menoscabado por los anti-gestos oficiales; impulsar la unión y el encuentro entre los argentinos estigmatizados por las incitaciones oficiales hacia la división entre categorías que se establecen desde el poder; tomar la educación como una política realista y no artificialmente adornada con leyes que surgen de consultas de Perogrullo y con el aval de las organizaciones defensoras del status quo; correspondería restablecer el sentido de gobierno federal determinado constitucionalmente y hoy alterado por la concentración financiera en el poder central con la sola finalidad de disciplinar a los gobiernos provinciales y lograr sus adhesiones y tantas otras cosas más que muchos conocen y que no se siguen explicitando por razones hasta de buen gusto; también habría dificultades para hacer conocer todo esto dada la restricciones existentes a la libertad de prensa – o el desprecio por ésta – mediante la presión extorsiva o la manipulación de la publicidad oficial, por el contrario el gobierno podría contrarrestar fácilmente porque en estos casos también están los que encantados se domestican y se ponen al servicio de los altos ideales de oficialismo.

Pero como corolario no se puede dejar de lado una referencia a la recuperación moral del país, aquejado por una anomia manifiesta, por una reinante corrupción que se anida en todos los órdenes de la vida nacional y por una necesidad de recuperar la seguridad que se ha perdido y que la tolerancia oficial hace que la vida de los ciudadanos poco valga.

CONCLUSIONES

Sería difícil lograr un acuerdo, como se ve. Más cuando no hay intenciones de lograr una suma de voluntades argentinas sino por el contrario, se está por el dividir y enfrentar mientras se trata de reescribir antojadizamente la historia reciente para saciar a quienes lo que les quedó pendiente a través de la violencia lo puedan concretar ahora mediante el manejo arbitrario de los resortes del poder.

Nada es suficiente para calificar el horror de las acciones militares pero tampoco justifica que ahora las lecciones de derechos humanos estén en manos de resentidos, revanchistas y hasta de quienes tienen agendas escritas con sangre de muchos inocentes y tan humanos como las víctimas de la dictadura.

Sería interminable la cantidad de inconvenientes que se han generado como para querer tan fácilmente emular los pactos españoles pero, insisto, había en estos un compromiso con la historia y con el futuro como una claridad de propósitos para lograr los cuales cada uno sabía lo que tenía que dar o resignar.

OTRAVEZ

Ahora ocurre que la cónyuge gobernante en su viaje de estos días por España para demostrar a
los argentinos con el nivel con el que se codea, monarcas y gobernantes europeos, también ha incurrido en un ataque de creatividad e imaginación y habló sobre la necesidad de que en la Argentina haya pactos como los de la Moncloa.

Seguramente no advierte que muchos de los inconvenientes señalados la tienen por protagonista, autora o partícipe y por ello es uno de los fundamentales obstáculos.

HACEDORES

Para concretarlos España necesitó del temple y la habilidad de un gran estadista que era un casi desconocido hasta que se le nombró Presidente y se le dio la responsabilidad de formar gobierno. Con gran paciencia, capacidad infinita de diálogo y claridad en las metas fue armando esa serie de acuerdos que posibilitaron la concreción constitucional y viabilizaron para la instalación de una democracia eficaz.

Adolfo Suárez fue el conductor de esa obra maestra de la política contemporánea que se dio en llamar período de transición. Ya se le han reconocido los méritos por todos, sin egoísmos ni mezquindades, lo que también es un rasgo de madurez y más lo será cuando el final inexorable de su vida acabe con los terribles problemas de salud que hoy le aquejan.

Tuve la inmensa fortuna de charlar en privado con él más de una hora y le pude expresar mi admiración por su talento político y hasta me permití preguntarle, tal vez impulsado por su proverbial amabilidad y simpatía, si reconocía cual había sido el día más difícil de su gobierno. Con su particular sentido del humor me dijo que fueron tantos que le resultaba dificultoso comparar. Arriesgué proponiéndole que tal vez fuera en el que tuvo que legalizar al partido comunista, pero rápidamente lo relativizó ya que, me dijo textualmente “hay que reconocer los méritos de Santiago Carrillo que facilitó las cosas”.

Carrillo estaba aún exiliado en Portugal, como lo estuvo durante todo el período franquista, y desde allí como líder comunista se comprometió a favorecer la gobernabilidad mirando para adelante y así poder construir la nueva España.

Hay un hecho demostrativo de esa voluntad. Al regresar a su país pidió a los sindicatos más radicalizados que regularan o postergaran las demandas pendientes para no afectar la gobernabilidad.

Suárez representaba la derecha y Carrillo a la extrema izquierda, pero pensaban en el país y por eso pudieron firmar esos pactos.

Hace poco, y ante la cruel enfermedad de Suárez, Carrillo escribió un exquisito artículo en el diario “El País” de Madrid destacando su figura y expresándole un profundo reconocimiento por lo que hizo en la transición. Agregó que lo hacía ahora cuando Suárez tal vez ni pudiera leerlo dado su estado pero que era cuando más se lo merecía.

Sería posible esto en nuestra Argentina de hoy?.

Recuerdo que Suárez me contó que ahora no participaba más en política pero como eso se lleva muy adentro se dedicaba a hacer fichas sobre los grandes problemas y me mostró algo al respecto. Luego de estudiarlas le enviaba sugerencias a los gobernantes, en privado.
En ese momento gobernaba el PSOE que había sido su antagonista electoral.
Hay algunas diferencias, no?

Al despedirme le agradecí el encuentro diciéndole que era un placer haber estado con quien demostró que no era cierto aquello que se le atribuía a Franco de “no se os puede dejar solos”.
“Vio que era posible, me dijo, y venga un abrazo por ello”.

Ya me referí a las condiciones que favorecieron los acuerdos españoles, pero hombres como éste fueron los que los hicieron posibles.
Insisto, algunas diferencias, no?
Después de esta comparación, se puede hablar de pactos de la Moncloa en la Argentina?

Luis Antonio Barry
Buenos Aires, julio de 2007

One Response

  1. Fernando Ricápito 9 años ago

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