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En el año 1969, Yasunari Kawabata
da una conferencia en Hawai titulada "La existencia
y el descubrimiento de la belleza" y tras contemplar
los espléndidos destellos de unos vasos brillando
al sol, dice que "la literatura no hace sino
registrar tales encuentros con la belleza", y
que los más aptos para descubrirla son los
niños, las mujeres jóvenes y los hombres
moribundos. También es habitual en este interesante
escritor el reflejar, de un modo recurrente, su fascinación
por un tipo de "inmaculada mujer idealizada".
Así pues, la sutilidad del lenguaje dando formas
a su ideal de belleza, y un drama de tipo psicológico
que se sustenta sobre la legendaria ceremonia del
té con todo el simbolismo que encierran los
múltiples utensilios que se usan en esos eventos,
que son en realidad auténticos rituales, configuran
en "Mil grullas" la extraña historia
de un cuarteto de mujeres que intervienen en una serie
de situaciones, casi puntuales, resueltas por medio
de un rico diálogo muy lento, muy sutil, muy
moroso, que tal vez nos lleve a rememorar el tradicional
teatro noh, Este fluido diálogo es sólo
interrumpido para resaltar, en magnífica prosa,
un aspecto de la realidad circundante que escapa al
hombre meramente cotidiano, como el brillo de las
hojas con el rocío del amanecer, el sonido
de la lluvia o los gestos apenas perceptibles de los
personajes, apenas perceptibles pero que describen
el estado de sus almas en cada momento.
La figura del joven Kikuji, con unos
padres muertos hace cuatro y cinco años, se
debate entre la señora Ota, amante que fuera
primero de su padre; Fumiko, la hija de ésta;
la evanescente Yukiko -la joven Inamura portadora
de un pañuelo con mil grullas pintadas, signo
de buena suerte, así como de un perfume evocador-
y la venenosa Chikako, la señora de la mancha
oscura en el pecho, que será la que maneje
los hilos dramáticos de la acción, configuran
el escenario casi estático de este drama. Todo
esto hay en la novela, más el bagaje que conlleva
siglos de tradición casi intocada. Es ahí,
en ese nudo de intrigas que maneja Chikako, en donde
se va a encontrar el vértice de las sucesivas
combinaciones que componen esta extraña historia.
La pasión, como un karma que se reencarna a
través de dos generaciones, y que se expresa
metafóricamente por medio de este ritual del
té, va envolviendo a los protagonistas llevándolos
a un final trágico.
La casita del jardín es un
lugar muy singular en donde se realizan estas ancestrales
ceremonias; allí se guardan los familiares
tazones únicos, tazones que vienen de otros
siglos y que se conservan, también por su valor
artístico, como si se tratara del escudo heráldico
dentro de la nobleza; las teteras, los jarros de agua…
y todo ello se carga de una emotividad, una sensualidad
desafiadora del tiempo. Un "eros" que se
percibe en todos los casi imperceptibles gesto.
Si nos fijamos, ese fluir de la conciencia,
ese ignorar la línea argumental, no es más
que la técnica usada por los innovadores de
la novela del S XX Poust y Joyce, a los que Kawabata
admiraba profundamente, influencia, no obstante, impregnada
por la ineludible tradición japonesa. Así,
al recibir el Premio Nobel en 1968, Kawabata evocó
el Japón estético que tanto admiró
occidente en el S.XIX, un Japón tradicional
"que se ha ido" y que él encontraba
en los lugares en donde aún tenían lugar
los viejos ritos. Ese mundo japonés "que
ya no existe", cargado de otros rituales (el
sentido del honor y la patria), nos recuerdan a su
gran amigo y discípulo Yukio Mishima, otro
de los grandes de la literatura japonesa del que nos
ocuparemos en cualquier otro momento.
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Mil Grullas (Edición Emece)
Ver también:
Información
biográfica de Yasunari Kawabata
redactada también por nuestra compañera
Lola Peiró

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