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Para un lector que se
inicie en la lectura de la obra de Lessing, galardonada
con el Premio Nobel recientemente, el comienzo de
su novela "El quinto hijo" puede parecerle
un tanto "simplista". Pero no se equivoque.
Aunque una pareja que se enamore al primer golpe de
vista, actúen ambos como encajados desde el
mismo cielo, emprendan su andadura como un convencional
matrimonio inglés, y que pese a vivir en los
años setenta del siglo XX muestren unas actitudes,
podríamos decir muy convencionales y fuera
de contexto, no deje de sorprendernos. Compran una
vieja casa enorme en un pueblecito de las afueras
de Londres, casa que sus parientes tacharán
de hotel, y comienzan a tener hijos hasta un número
de cuatro casi sin pausas. Sus abundantes familiares
les califican de locos e irresponsables, pero ellos
son felices, felices, abriendo habitación tras
habitación, también para los muchos
parientes que disfrutan allí de las vacaciones
navideñas e incluso las de verano. Todos encuentran
una suerte de dicha en el lugar de los esposos contentos.
Pero se anuncia la llegada
del quinto hijo y desde el comienzo, Harriet, la esposa
y prolífera madre, advierte que su embarazo
no está siendo como los demás. Una fuerza
excepcional que le viene del niño que crece
en su vientre, la hace correr sin descanso, la agobia,
vive asustada y está deseando "desprenderse
de él". Parece que todo alrededor de ella
está cambiando; incluso su actitud cariñosa
con respecto a David, el marido, se vuelve intolerante.
Hasta que al fin nace el bebé, un mes antes
de lo previsto, pero con un volumen y fuerza excepcionales.
Ese niño, que
tendrá unas pautas de desarrollo muy singulares,
se llamará Ben y ya se prevé que va
a ser la causa de la rotura del matrimonio modélico
y feliz. A causa de su fuerza y de sus malas intenciones,
sus hermanos le temen, le huyen y los parientes que
frecuentaban la casa, han dejado de venir. David,
el padre, le rechaza como hijo. El caso es que no
se le diagnostica retraso mental y asiste a la escuela,
pero la manera bronca que tiene de hablar y actuar,
hace que se le margine y sólo dentro de los
grupos marginales, que lo aceptan pero también
le insultan, tiene cabida. ¿Es Ben una mutación,
una regresión genética que lo sitúa
entre grupos surgidos de no se sabe bien dónde?
Así lo percibe la madre, única que sufre
en todo su cuerpo y alma la presencia del hijo, y
esa amenaza de rotura tan total, tan sin esperanza,
persigue al lector hasta después de haber cerrado
la novela.
Es desazonador el retrato
que Lessing hace de la adolescencia, de la familia
en plena decadencia, de la descarnada sociedad y del
trato a la singularidad. Porque Ben, si bien se mira,
no es especialmente deforme, ni comete actos graves…
Pero lo terrible es que Ben podría ser el hijo
de cualquiera…
Harriet, la madre, termina
la narración de esta historia pensando en dónde
estará ese hijo, al que por otra parte no desea
ver. Sentada a la gran mesa de madera veteada de la
cocina, y viendo en los reflejos de su bruñida
superficie los acontecimientos de aquella vida inicial,
feliz, percibe cómo se ha ido desvaneciendo
todo aquel paraíso con la entrada de "un
Ben conciso, centrado, una criatura atormentada que
parece emerger de la ciénaga de nuestra imaginación
secreta"
Lessing, con su fuerza
visionaria y escéptica, ha examinado de una
manera profunda y a través de toda su obra,
una civilización dividida, fragmentaria, que
nos suele dejar muy inquietos. Comprar
el Quinto Hijo. Ver
información biográfica sobre Doris
Lessing.
Lola
Peiró
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