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Esta es la historia de Martín
Zalacaín, nacido en la villa de Urbía,
pequeña comunidad que, además del los
grandes montañones cubiertos de pinos y cruzados
por ríos torrenciales, poseía un Ayuntamiento
"con sus balcones volados y su gran portón
coronado por el escudo de la villa", también
el inconfundible campanario de una iglesia en donde
los domingos se oficiaba la misa mayor y, al atardecer,
el Ángelus daba por rematado el día,
excepto para los hombres a los que les cabía
la última estación en la taberna de
Arcale. Esta taberna fue siempre como un reducto familiar
para los cansados labriegos, entre ellos el viejo
Tellagorri y su perro "Marqués",
un chucho "chiquito, feo, contagiado hasta tal
punto con las ideas, preocupaciones y mañas
de su amo, que era como él: ladrón,
astuto, vagabundo, viejo, cínico, insociable
e independiente". Éste fue el hombre en
quien recayó la educación de Martín
y su hermana Ignacia desde que quedaron huérfanos
aún chiquitos. "Cada cual que conserve
lo que tenga y robe lo que pueda", era la síntesis
y fundamento de su filosofía de la vida. Pero
en el pueblo también contaban y mucho los habitantes
de la casa grande, los Ohando, con los que se enfrentó
Martín, especialmente cuando le llegó
la edad de la adolescencia y se fue a enamorar de
Catalina Ohando, hermana de Carlos, su gran enemigo…
Esas circunstancias, más las guerras carlistas,
el contrabando a través de los Pirineos, los
enfrentamientos con la banda del Cura, y "De
cómo Zalacaín y Bautista Urbide tomaron,
los dos solos, la ciudad de Laguardia, ocupada por
los carlistas" (capítulo XIV), a más
del rapto de Catalina y una monja, que vivían
ambas en un convento -y otras muchas aventuras que
deben ser leídas y no narradas- constituyen
la historia de este pueblo y este personaje indomable
a quien sólo la muerte pudo rendir, sobre todo
a esa edad joven en la que suelen sucumbir los héroes.
En estas novelas en las que se acerca
a la patria chica de su infancia y juventud, Baroja
deja de usar el juicio pesimista que impregna el resto
de sus obras, y se acerca sin reservas y con simpatía,
al paisaje de su País Vasco, en donde nació
y creció: es el momento en el que se identifica
con él.
Pío Baroja le dio gran importancia
a la valentía y al vigor físico de los
hombres que viven en sintonía con la naturaleza,
con sus ritmos y sus peligrosas fuerzas; es la de
su País Vasco rural una sociedad violentamente
primitiva dedicada a la "labor" (de la cual
se obtienen bienes efímeros, los alimentos),
frente a la sociedad del "trabajo" destinado
a producir objetos hechos para durar, esa de los comerciantes
y, en alguna medida, los antihéroes. La tradicional
rivalidad entre el campo y la ciudad, es decir el
habitual desprecio con que los burgueses, oficinistas
etc. juzgan a los campesinos, está plasmada
en estas obras sinceras y salidas de lo más
profundo de su ser… Recordemos "El marino que
perdió la gracia del mar" de Y. Mishima,
marino inmolado por aquellos que vieron destruido
el espíritu de los samuráis, al ver
la homérica vida del viejo marinero convertida
en una aburrida sucesión de acontecimientos
burgueses sin ninguna gloria.
Baroja, que se tenía a sí
mismo en poca estima: "la infancia, poca cosa;
la juventud, mediocre; después, trabajando
sin éxito…", procuró crearse su
propio mundo heroico a través de estos personajes
que le eran familiares por pertener a su mismo mundo:
Zalacaín, Avinareta, el capitán Chimista…,
no eran más que la añoranza de los guerreros
griegos y troyanos, ya que percibía un eco
de ese mundo antiguo en los paisajes rurales que tan
apasionadamente había vivido durante su infancia
y adolescencia.
Para mí, ni el
Pío Baroja de sus epopeyas gloriosas -como
lo es Zalacaín- ni el de la filosofía
impregnada de profundo pesimismo -el Andrés
Hurtado de "El árbol de la ciencia",
o el Fernando Osorio de "Camino de perfección"-
tienen desperdicio. Cualquiera de ellos, creo yo,
permanecerá en nuestra memoria formando parte
del acervo cultural de nuestra vida.
Ver también
información biográfico de Pío
Baroja redactada también por nuestra compañera
Lola Peiró
y Comprar
Zalacaín El Aventurero

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