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A modo de breves líneas biográficas
y con el fin de situar a Juan Rulfo en su lugar y
tiempo concretos, diremos que nace en el año
1917 en Apulco, pequeña localidad del estado
de Jalisco (México). Muy joven queda huérfano
de padre y madre, situación que le lleva a
un internado en Guadalajara donde la casualidad le
pone en contacto con la biblioteca de un clérigo,
lo que le supuso un primer encuentro con la literatura
en edad temprana, hecho que, tras los años,
él reconocerá como acontecimiento importante
en el inicio de su vocación literaria. Asiste
como oyente a los cursos de Historia del Arte en la
Facultad de Letras y se casa en 1948 con Clara Aparicio,
receptora de una hermosa colección de cartas,
publicadas póstumamente. Y un ir y venir de
empleos diversos rellenarán su lucha diaria,
hasta que el reconocimiento como gran escritor le
llega con los muchos premios recibidos.
La producción de Rulfo es muy breve: en 1953
publica una colección de relatos con el título
de “El llano en llamas” y en 1955 sale a la luz sin
duda la mejor obra de Rulfo, y con la que se consolidó
su grande y merecida fama: se trata de la novela “Pedro
Páramo” que, con apenas unas ciento
cincuenta páginas, ha sido capaz de subyugar
a gran número de lectores de todo el mundo
a lo largo de los años.
Con frecuencia se ha incluido a Rulfo en el movimiento
literario llamado “realismo mágico” que comparte
con escritores de la talla de Carlos Fuentes, Julio
Cortázar, Borges, Asturias y el mismo A. Carpentier
a quien se le adjudica la acuñación
del término. Pero, ¿en qué consiste
ese “realismo
mágico” que se consolida en Hispanoamérica
durante la segunda mitad del siglo XX e influencia
a muchos escritores de todo el mundo? Se ha dicho
que es un movimiento ecléctico en su esencia,
que funde la realidad narrativa con elementos fantásticos,
mágicos, maravillosos, propios de una
civilización primitiva y, en cierto modo, supersticiosa,
que se contrapone, de alguna manera, al mundo emergente
de las nuevas tecnologías.
Lo cotidiano se ve quebrado por elementos fantásticos
que se entremezclan llegando a ser parte de la realidad,
e incluso los personajes aceptan ese otro mundo distorsionado
como un acontecimiento normal. Y así nace el
alucinante mundo de Comala en donde se van a desarrollar
los acontecimientos
que nos mantendrán con los ojos abiertos y
la mente alerta en la obra de Rulfo, “Pedro Páramo”

Juan Preciado, con el fin de cumplir una promesa
hecha a su madre en el lecho de muerte, se encamina
hacia Comala en busca de su padre, Pedro Páramo,
a quien no conoce, pero con el que ha de arreglar
cuentas, según el mandato de su madre muerta.
Atravesando unos terribles parajes yermos e hirvientes
por el calor del verano, se encuentra con un hombre
que viaja con un burro. La sorpresa y perplejidad
del lector empieza cuando, a penas mediadas un par
de frases, Juan Preciado se entera de que aquél
hombre, única figura humana dentro del paisaje,
es también hijo de Pedro Páramo, y que
Comala, el hermoso pueblo que su madre le describió
(“Traigo los ojos con que ella miró estas cosas,
porque me dio sus ojos para ver”) no responde al lugar
yermo y polvoriento que él está viendo.
Y tampoco Comala es, según el viajero que le
acompaña, el lugar vivo que él lleva
en la imaginación: Comala está muerto,
destruido…A partir de aquí, el lector se verá
envuelto en un mundo de murmullos y figuras extrañas,
mundo al que no reconocerá si no consigue descodificar
las claves con que el autor lo concibió, sin
ellas no le será posible penetrar en el devenir
fantástico y alucinante que se le viene encima.
La acción, en aquel pueblo fantasma, parece
moverse en un plano diferente al real, es como si
viésemos pasar ante nuestros ojos los acontecimientos
del pasado, en los que no cabe el tiempo, y que permanecen,
sin embargo, sucediendo en un estrato en donde personajes
y acontecimientos han de encontrar su lugar lógico
si han de ser comprendidos; y es labor del lector
reordenar todo aquel trozo de historia construida
con imágenes que borran los límites
entre la realidad y la alucinación, entre el
presente y el pasado, la vida y la muerte, porque
descubrimos que en ese espacio en el que hemos entrado
en busca del cacique Pedro Páramo, no hay vida,
todo y todos han muerto, aunque los muertos aparezcan
con la misma sustancia que los vivos sin distinguir
ni el antes ni el después. El tiempo se solapa
sin ofrecer la dimensión cronológica
a la que estamos acostumbrados los que vivimos en
un presente real que se mueve hacia un futuro. En
esta atmósfera descoyuntada no hay orden de
prioridades, no tiene sentido preguntarse si un acontecimiento
sucedió ahora o luego, o si la conversación
se da entre vivos o muertos; sin embargo se consiguen
con sorpresa realidades totales en cada capítulo,
en cada página.
El lector, no obstante, conseguirá reorganizar
todo ese mundo, de la mano de un lenguaje potente,
lleno de sugerencias que nos hacen oír la voz
del pueblo, pero con el acierto de no imitar la pronunciación
popular o recoger modismos o decires que nos recuerden
los relatos localistas; ni siquiera hay encuadre nacional:
todo trasciende y se universaliza. Es una novela para
todos, no importa en absoluto la cultura a la que
pertenezcamos. Esa es otra de sus grandezas.
Nos parece oportuno no entrar en la descripción
de personajes y hechos, es preferible que el lector
los vaya descubriendo, y mejor aún en una segunda
lectura, que se hace necesaria dada la complejidad
de la trama. Es muy probable que para el lector atrapado,
haya multitud de lecturas. Y en verdad que valdrían
la pena, aunque este relato no tuviera más
que ese encanto que posee el lenguaje con el que nos
describe cosas así: “Llanuras verdes. Ver subir
y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas,
el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos.
El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del
pan. Un pueblo que huele a miel derramada…”, “…No
sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos
en la tibieza del tiempo.” “Ruidos. Voces. Rumores.
Canciones lejanas:
Mi novia me dio un pañuelo
Con orillas de llorar…”
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Lola
Peiró
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