El
cuento navideño del Ama Loreto
de
Hector H.
Veo que hay un
lugar por aquí para relatos que tengan que ver con la Navidad, y no me
resisto a narrar un recuerdo que me sorprende de vez en cuando y que me trae todo
un mudo que pertenece a mi infancia. El relato al que me refiero fue una constante
durante los años de mi niñez, hasta que pasamos a los sueños
románticos preadolescentes. Durante aquel tiempo ya tan lejano, fue el
ama Loreto quien nos acogía a toda la tribu que recalábamos en casa
del abuelo por Navidad, y en su cocina, porque el espacio de los fogones pertenecía
sola y exclusivamente al ama, era donde se daba la magia de las historias más
fantásticas. Un lugar no demasiado grande, pero que era capaz de encerrar
universos. Allí nadie mandaba más que ella, excepto en la bodega,
cuyas llaves estaban en manos de Faustino, e incluso el abuelo le pedía
audiencia para bajar los escalones que daban al "Sancta Sanctorum",
en donde el vino, en botellas o barricas, dormía el sueño dulce
y reparador de los años. Pero bueno, esta es otra batalla. Lo que me trae
hoy aquí es el cuento que ama Loreto nos contaba cada año, sentados
todos los niños alrededor de la gran mesa, y tomando una estupenda taza
de chocolate muy caliente. Mientras, en el salón, los mayores se divertían
a su modo sin el incordio de los niños, que el ama entretenía con
sus relatos. Nunca conocí a nadie que narrase tan bien, que modulara la
voz según demandaba el acontecimiento, ni ojos que se movieran con más
viveza. No creo que yo sea capaz de acercarme a su maestría, pero el tema
con que ella nos maravillaba cada año era el siguiente:
"En un pueblo de la serranía del Puntarrón, allá donde
los lobos aúllan por la noche y el viento hace crujir los quicios de todas
las ventanas - ahí, todos empezábamos a entrar en materia y sentíamos
al viento, a los lobos
- había una iglesia en donde se veneraba una
imagen del Niño Dios en las pajas. Todos le tenían mucha fe. Pero
al mismo tiempo, vivía en una cueva cercana al pueblo una vieja de aspecto
terrible que tenía la habilidad de echar mal de ojo a las gentes que pasaban
por allí mirando con curiosidad - aquí el ama hacía una larga
pausa y nosotros ya no podíamos quitar los ojos de su cara - En las cercanías
de su cueva, siempre había enjambres de abejas que atacaban a los viandantes,
era como si la bruja las tuviera amaestradas. Pero sucedió que, cercano
a la Navidad, el cirio pascual de la iglesia, que siempre permanecía encendido
porque estaba hecho para proteger a los fieles, empezó a arder decantándose
sobre un lado, o sea que se iba consumiendo sólo la mitad de él
y formando una figura extraña muy quebrada. Los habitantes del pueblo enseguida
vieron en ello una señal de malefiiiciiiooo - era el momento en que nosotros,
los niños, empezábamos a levitar por la acción del miedo
- y empezaron a enfermar sobre todo, ancianos y niños
El cura, muy
preocupado, se dirigió al Niño Jesús de las pajas para ponerle
en antecedentes de lo que estaba pasando y, de repente, se quedó dormido
soñando que la solución estaba en las abejas y el amor. Al despertar
el cura de su sueño, y no dando con el significado del mensaje, llamó
por medio de la campana a todos sus feligreses que, congregados, se pusieron a
pensar. Las abejas
el amor
Un niño que por allí corría,
exclamo: ¡Sí, que vengan las abejas! Pero no vendrán si no
invitamos a la vieja bruja a la misa del Gallo.
El cura se pasó la
noche en vela reflexionando sobre lo que había dicho el niño que
correteaba, y tomando una decisión, se acercó a la cueva de la vieja
bruja para hacer un pacto con ella. Y el sacerdote supo que la mujer de la cueva
no era tal bruja, sino una mujer triste que se sintió relegada de sus vecinos
durante años. En aquel momento, un gran enjambre de abejas entró
en la iglesia y, formando una serie de equipos, empezaron a elaborar cera que
restañaba el hueco del cirio que el odio había ocasionado"
Este
era el asunto del cuento que recuerdo, contado magistralmente por el ama Loreto,
aunque la cuestión que me trae hoy aquí, tal vez ya la hayan vislumbrado
algunos de ustedes. Pero yo, personalmente, quedé muy sorprendido cuando,
en mi periodo de estudios universitarios, identifiqué el relato de la cera
y las abejas con una Cantiga de Alfonso XII el Sabio
¿De dónde
había sacado ama Loreto, que apenas sabía leer ni tiempo tenía
para ello, aquel argumento medieval? ¿La tradición oral? No cabía
otra explicación. Muchas veces he pensado en ello y me ha sobrecogido que
existiera tanto poder en manos de nuestros antepasados. Salvo las variantes adheridas
durante su paso por los siglos - la bruja, y demás detalles ambientales
- la Cantiga de Alfonso X ha seguido su curso humano, sin menosprecio de los códigos
guardados en El Escorial, Florencia, la Biblioteca Nacional y, qué duda
cabe, el gran espacio imaginativo del ama Loreto.