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"…me internaba en el mundo
de Heródoto… Así, mis viajes cobraron
una segunda dimensión: viajé simultáneamente
en el tiempo (a la Grecia antigua, a Persia, a la
tierra de los escitas) y en el espacio (mi labor cotidiana
en África, en Asia y en América Latina)
El pasado se incorporaba al presente, confluyendo
los dos tiempos en el ininterrumpido flujo de la historia"
R.K.
Resulta difícil catalogar este
libro que Kapuscinski escribió es su periodo
de madurez, después de haberse trasegado una
vida tan trabajosa. Para justificar algunas de las
reflexiones que desea dejar como testimonio de su
paso por la tierra, se remonta a las clases de historia
recibidas en la Universidad e impartidas por su profesora
Biezunska-Malowist sobre la antigüedad. Ahora
recuerda a Heródoto, y no por su "Historia"
tomada en sentido literal, sino por las similitudes
que encuentra con las situaciones de una actualidad
insertada en el siglo XX, y que comprende con más
conocimiento de causa. Valora a Heródoto por
sus sugerencias, por lo que dice entre líneas,
por la intención del autor de dejar testimonio
-tan valioso para nosotros el de aquellos principios-
y por la honestidad con que plantea los hechos: a
ser posible, el griego narrará aquello de lo
que es testigo y si no, advertirá "que
se lo dijeron en estas circunstancias". Esto
es algo de lo que Kapuscinski aprende de sus lecturas:
hay que verificar los hechos e interpretarlos, también
si es posible, según sus circunstancias.
Tras haber optado por el periodismo,
allá por los años 50, la agencia para
la que trabajaba decide enviarle al extranjero, y
esto va a colmar el obsesivo deseo de "cruzar
las fronteras" y enfrentarse por primera vez
al ancho mundo que hay detrás.
Y lleno de entusiasmo, acepta el proyecto
que, aún no lo sabe, va a ser un bautismo estremecedor
que le llenará de desasosiego: ha de viajar
a la India, y él casi no sabe por dónde
cae aquel mítico país. ¿Y la
lengua?, ¿y las costumbres? ¿y los viajes
en avión…? Pero hace su maleta y emprende el
camino, no sin antes abrir el regalo que la directora
de la agencia le ha ofrecido: un ejemplar de la "Historia"
de Heródoto. He ahí el motivo de su
reencuentro cuya lectura, al tiempo que vive los acontecimientos
de ese convulso mundo por donde va a caminar, supone
el cuerpo del libro que ahora tienen delante. Pero
no crean que van a leer una crónica de guerras,
pactos y traiciones al uso; Kapuscinski, al introducirse
-cuando las pausas se lo permiten- en el mundo de
Heródoto, y afrontar su periodo por excelencia,
las Guerras Médicas, nos va a dar una interpretación
muy singular de las luchas entre persas y griegos,
y seguro que nos sorprenderá con las preguntas
que se hace a sí mismo y que nos muestran a
un hombre preocupado más por la gente que protagoniza
la historia, que por los acontecimientos históricos,
que generalmente poseen esa frialdad que encierran
fechas y datos. Se pregunta cómo serían
las batallas de entonces -el fragor de carros, las
ballestas y los gritos de dolor de los soldados; la
obligación de morir o regresar vencedor; la
sumisión de la esclavitud etc.- y al tiempo,
se preocupa por la situación de los taxistas
que le acompañan en sus viajes reales, o por
comprender la situación de las personas que
sufren calladamente viajes larguísimos en un
autobús abarrotado a 50ºC, o las que mueren
bajo las bombas y los atentados absurdos de hoy… Pero
también se entusiasmará cuando llega
a Persépolis en un sereno atardecer y desde
la cima de la colina, queda extasiado ante tanta belleza:
allí imagina la visión del orgulloso
rey que lo habitó, de la tremenda impresión
producida a los vasallos y plebe en general, para
luego regresar a su realidad actual en donde, disfrutando
de la soledad y belleza del paraje, no puede evitar
el decirse a sí mismo: "¡Cuánta
fatiga, cuanto trabajo meticuloso, agotador e ímprobo
metieron en ellas durante años miles y miles
de hombres! ¿Cuántos cayeron fulminados
mientras cargaban esas rocas gigantescas? ¿Cuántos
cayeron de extenuación y de sed?" Y mientras
regresa a Teherán, sigue preguntándose
si no habrá sido el gran arte del pasado, obra
de lo que el hombre tiene de malo y negativo.
Les aseguro que es tremendamente difícil
encerrar en espacio tan corto, tanto vuelo de ideas,
reflexiones, entusiasmos y desesperaciones. Tanta
vitalidad, tanto deseo de ser ecuánime, sobre
todo con los hombres.
En fin, nuestra suerte estriba en
tener la posibilidad de emprender ese camino no solamente
con Heródoto, sino también con Ryszard
Kapuscinski. Y háganlo, cuantas más
veces, mejor.
Buen viaje.
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Ver también:
Información
biográfica de Ryszard Kapuscinski
redactada también por nuestra compañera
Lola Peiró

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