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El escenario por el
que el lector se introduce en la aventura de la novela
cuya lectura seguramente está a punto de iniciar,
es un edificio que los españoles situaríamos
sin duda en la posguerra: una Conservaduría
General del Registro Civil en donde cada día
entran gran número de papeles que justifican
el nacimiento, el matrimonio, la separación,
la muerte o cualquier otra circunstancia que altere
el estado civil de una persona. Papeles que contienen
datos aún escritos a plumilla, pero no emociones.
Los empleados están dirigidos por jefes, subjefes,
directores… en jerarquías tabuladas y rígidas.
Don José -único nombre que aparece en
la novela- es el ejemplo vivo de escribiente sumiso,
obediente y temeroso. Vive, por circunstancias especiales,
en una pequeña estancia aneja al gran edificio
de la Conservaduría y a la que tiene acceso
por una puerta privada que solamente él usa.
La vida para don José no es más que
una sucesión de días iguales sin que
ningún acontecimiento sea capaz de hacerlos
distintos. Certificados de nacimiento, defunción,
matrimonio, separación…, certificados que se
van apilando en sus respectivos archivos y que cada
día pasan a engrosar los estantes enormes,
altísimos, llenos de polvo que constituyen
lo que es la vida de los habitantes o, al final, lo
que quedó de ellos.
Pero don José,
tal vez por marcar un objetivo que dé sentido
a este quehacer, o tal vez al comienzo por entretenerse,
ha cultivado una afición en el que ha ocupado
los tiempos entre fin de trabajo y sueño: recopilar
las fichas de los famosos que han pasado por sus manos.
Luego, y por conocer mejor los acontecimiento de sus
vidas, han ido surgiendo recortes de periódicos
o revistas, fotos que han puesto cara a sus personajes,
y así lleva algunos álbumes engrosados
a través de los años. Tal vez intuya
don José en ese su trasiego aparentemente trivial,
que la vida es un contínuo buscar proyectos.
Pero un día, junto
a la ficha de unos famosos que coge de los ficheros
para copiarlos y restituirlos al día siguiente,
se traspapela el historial de una mujer anónima.
No es nadie conocido, nadie que tenga que ver con
la fama, pero sí alguien que existe o ha existido.
Esta "provocación" al espíritu
domeñado de don José supone el detonante
que nos va a arrastrar a través de la novela,
buscando a la desconocida, sin que nosotros, los lectores,
podamos dejar de ser la sombra de este hombre que
habla consigo mismo, con "el otro", con
el techo, con todo aquello sobre lo que suene el eco
de una respuesta. Pero a conocer al otro, como al
amor, no se llega nunca; eso es algo que supone una
lucha continua.
Y a partir de aquí,
la novela debe leerse sin intromisiones de nadie.
Ni críticos ni comentaristas. Uno debe acompañar
al protagonista y entenderle a su manera, no a la
manera de otro. Debe caminar por esas oraciones largas
con esa puntuación que un gramático
podría tildar de heterodoxa pero que, a pesar
de todo, al lector no le hace falta mayor ortodoxia
para entenderlo hasta la médula. Se perciben,
por ese camino, los distintos aspectos de la realidad,
el proceso de decadencia de la sociedad actual, nos
encontramos con personajes que parecen no valer la
pena, que andan contracorriente y a veces resultan
hasta patéticos, personajes-excepciones que
hacen, por el contrario, que el mundo resulte habitable.
Es este un mundo que
-no podemos evitar el paralelismo- nos lleva inevitablemente
a Kafka. Pero ya ven ustedes, si uno bien lo mira,
no tienen nada que ver. Solo que tal vez a ambos autores
les duelan aspectos parecidos de esta humanidad que
somos.
Reflexionen con esta
lectura. Y tal vez comprueben que novelas como ésta,
nunca se acaban dentro de nuestro cerebro. Comprar
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Lola
Peiró
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