|
James Joyce: uno de
los escritores más influyentes del S. XX. Esa
es la frase ya retórica que se repite con insistencia
en cuanto se habla de este discutido autor. Pero…
¿por qué, uno de los más influyentes?
Es, precisamente, lo que voy a tratar de averiguar.
Nace en Rathgar, un suburbio del Dublín
de 1882. Curiosamente, en una barriada burguesa de
Londres y en ese mismo año, nacía Virginia
Woolf. Se vuelve a dar la misma rara coincidencia
en 1941: mueren los dos.
Andando el tiempo, James será
el mayor de diez hermanos. Por ser el primero, la
familia aún puede permitirse el darle educación
en un colegio de jesuitas, al que él hará
multitud de referencias y críticas, pero que
es también de donde le proviene ese su espíritu
riguroso y metódico que se entrevé en
sus composiciones literarias. Si embargo, la situación
económica de la familia empeora, y el joven
James ha de trasladarse al colegio público
y gratuito Belvedere, en donde ya verá nacer
su vocación de escritor. En 1898, se matricula
en el University Collage de Dublín para estudiar
lenguas, especialmente gramática comparada,
tema por el que se sintió especialmente atraído.
En 1900 ya colabora en la Forthnighly Review en donde
publica un trabajo sobre Ibsen, su ídolo de
juventud, y ya en 1902, tras su graduación,
se instala en París para continuar su educación;
pero la ruina en la que cae la familia hace que desista
y busque trabajo como profesor y periodista, actividad
que le alcanza sólo para llevar una vida precaria,
así que decide regresar a Dublín; por
estas cuestiones y también porque su madre
está muy delicada debido a un cáncer
terminal. Antes de morir, le hace prometer a su hijo
que no renegará de su religión, como
ha venido haciendo desde la universidad, y también
se hará cargo de su padre, ya alcohólico
y hundido por tanto revés y tanta miseria.
Se sospecha que no accedió a ninguna de estas
súplicas, ni se arrodilló ante ella
en su lecho de muerte, acción que no le fue
fácilmente perdonada.
Pero muerta la madre, se sume en una
desesperación que le lleva a frecuentar los
barrios más bajos de Dublín, los infiernos,
y cuando logra salir de tal paisaje (aspecto de la
ciudad que guardará en el recuerdo), encuentra
una salida en el arte. Pero son días difíciles,
de economía también muy pobre que superará
por medio de diversos oficios, escribiendo y aceptando
préstamos de los amigos.
Parece ser que la fecha en que transcurre
el "Ulises" -16 de junio de 1904- fue también
la primera cita con la camarera Nora Barnacle, con
la que compartió toda su vida, sin contraer
matrimonio hasta 1931 tras largos años de convivencia
y a ruegos de su hija Lucía.
Ambos se trasladan a Zurich y luego
a Trieste para cubrir una plaza como profesor de inglés
que la Berlitz le ha ofertado. Trieste, entonces,
era un puerto pequeño y pobre, pero en contra
de lo que se pudiera pensar, nada provinciano, sino
un crisol de lenguas, culturas, razas y tradiciones
que se amalgamaron quedando convertido en una especie
de metrópoli marginal donde se conjugaban los
legados especialmente mediterráneos y orientales,
influencia que trascenderá a sus libros. Allí
se sintió fértil y creador, allí
escribió "Dublineses" y parte del
"Retrato del artista adolescente" donde
el protagonista, su "alter ego" Stephen
Dedalus, recrea su juventud y su vida familiar. Más
maduro veremos ya a Dedalus en el "Ulises".
Para entonces ya había empezado a resentirse
de la enfermedad ocular que unos años después
le dejaría casi ciego.
En 1912 vuelve a Irlanda, allí quería
publicar sus 15 relatos que componen el libro dedicado
a las "Gentes de Dublín", que era
como se llamó "Dublineses" en un
principio. Sin embargo, se lió con un proyecto
de cinematógrafo, el cine Volta, prometedor
en aquel momento pero que, por contra, le deja arruinado,
así que ha de volver a Trieste y a sus clases
de inglés. Allí nacen sus dos hijos
Giorgio y Lucía.
La 1ª Guerra Mundial les obliga
a trasladarse a Locarno, en donde volvieron a rozar
la pobreza, pero gracias al reconocimiento que empieza
a tener su obra, recibe mecenazgos, especialmente
de los Rockefeller, lo que le permite editar sus obras,
algunas en revistas, (por ejemplo, el "Retrato
del artista adolescente") que recoge una editorial
de Nueva York y le da una amplia difusión.
Pero ya en 1922 se publica el "Ulises",
la gran cumbre literaria, novela inusual en donde
hay parodias de catecismos, formas periodísticas,
experimentos con el lenguaje, abundancia de símbolos,
y también tremendos ataques a las instituciones,
especialmente a la Iglesia Católica, con la
que había roto, como hemos dicho, y al Estado.
Algunos de sus capítulos fueron tachados de
"obscenos" y muy censurados.
Esta novela es, entre otras muchas
cosas, una inversión irónica de la Odisea,
la "aventura homérica" aquí
dura tan sólo 24 horas -el día 16 de
junio de 1904- en la que se ve el minucioso transcurrir,
como un torrente sinuoso y subterráneo, de
unos jóvenes dublineses de la clase media baja,
Leopold Bloom, su mujer Molly, Stephen Dedalus, ya
en "El retrato del artista adolescente",
y como un personaje más, el panorama de la
ciudad y el de nuestro tiempo, que emerge de todo
este burbujear extraño y trasgresor.
Por los años 20 se instala
en París, donde la iritis que padece le martiriza;
sus viajes a Dublín han dejado de ser frecuentes.
En 1922 visita Inglaterra y su breve estancia le sugiere
el tema de una nueva obra: "Finnegans wake"
que es un intento de resolver por medio de la ficción,
una teoría cíclica de la historia. Sueños,
juegos con el lenguaje, los idiomas, experimentos…Se
editará ya en 1939, dos años antes de
su muerte, tras padecer una úlcera de duodeno
y una peritonitis. A estos padecimientos ayudó
el fracaso de este su último libro, que lleva
ese peculiar estilo suyo hasta sus últimas
consecuencias: en él se entremezclan elementos
hasta de 60 idiomas, vocablos insólitos e incluso
formas sintácticas nuevas. Y no olvidemos el
empujón hacia la tumba que le propinaron las
guerras. La mayoría de los escritores de este
siglo XX están marcados por el mismo hierro.
Un siglo corto, como alguien dijo, que comienza en
1914 con la primera guerra mundial, y termina en 1989
con la caída del muro de Berlín y del
comunismo europeo. Estos intelectuales -artistas en
general- usarán un lenguaje nuevo que nosotros
ahora, desde la atalaya de nuestro tiempo, asociaremos
a las vanguardias en plena expansión, pero
que también corresponden al nuevo espíritu
crítico del mundo contemporáneo, espíritu
crítico que surge del destrozo y de las cenizas,
especialmente de la segunda guerra mundial. Los libros
de todas estas generaciones transgresoras, nos recuerdan
que somos los supervivientes de una terrible tragedia,
que nos hemos destrozado con brutalidad, y que a partir
de ahora, el tiempo, el arte, la historia e incluso
la propia vida significarán ya otra cosa. Sus
libros, por suerte, nos abren otras puertas.
Leer comentarios de Lola
Peiró sobre la obra de Joyce, Dublineses.
|