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Dicen que Mendoza, cuando era niño,
deseó ser capitán de barco, torero…y
a saber cuantas cosas más. No parece que fuese
diferente a cualquier otro chaval de su edad. Pero
pasando el tiempo, y recordando esas anécdotas,
uno supone que aquellas aventuras que soñó
dejaron una especie de querencia hacia lo imaginativo
que se percibe hoy en sus estupendos relatos. De su
familia se sabe que era aficionada a la literatura
y que tal vez esta costumbre de ver libros por todas
partes le confirmó que aventuras, aventuras,
casi sólo las podría encontrar entre
esas páginas y en su cabeza. ¿Será
esa una de las vías llamada luego "vocación"?
Como casi todos los jóvenes
de su generación, estudió derecho, no
sé si por vocación o por alguna tendencia
que la sociedad de entonces había establecido,
pero pronto decidió echar un vistazo al mundo
de afuera y viajó, con becas o como traductor
en organizaciones oficiales (ONU), dejándose
inteligentemente huecos que fue empleando en el oficio
de escribir.
En el año 1975 aparece en España
su primera novela con el título: "Los
soldados de Cataluña", novela que le levantó
las cejas a la censura, por lo que acabó apareciendo
con el título cambiado: "La verdad sobre
el caso Savolta". Y como unos meses después
muere Franco, la novela en cuestión se convierte
en la publicación pionera de un cambio, la
transición democrática, democracia que
la sociedad española va a estrenar tras largos
años de ausencia. Unos meses después,
recibirá el Premio de la Crítica, al
que seguirán un buen número de ellos
más.
Mendoza sigue viajando, no sé
si sigue traduciendo, pero sigue escribiendo… Y durante
su trayectoria, nos hemos ido encontrando con "El
misterio de la cripta embrujada", "El laberinto
de las aceitunas", "La ciudad de los prodigios"…
en donde le reconocemos ya un humor explosivo enmarcado
en una mezcla de novela negra y relato gótico
muy peculiar. Aparece el detective Ceferino, cliente
de un manicomio. Así que no nos extrañará
encontrar a un extraterrestre, en "Sin noticias
de Gurb", que contempla la situación de
Cataluña con cierto asombro, o un extraño
viaje por el espacio en "El último trayecto
de Horacio Dos"…
A Mendoza hay que leerlo despacio,
saboreando su ironía y levantándole
un poco los renglones para leer entre líneas.
Pero se lea como se lea, es un auténtico gozo
subirse al carro de su magnífica prosa y dejarse
llevar.
Ver los comentarios de Lola
Peiró sobre una de las obras de Eduardo
Mendoza: El
asombroso viaje de Pomponio Flato
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