EL ARBOL QUE NACIÓ CON EL BISABUELO
Muchachos, soy Lola, y aquí estoy en vuestro espacio precioso. Tendréis muchos botones que tocar para conocer cosas y temas diferentes estupendos pero, fijaos, para mí la mejor opción que os brinda este espacio es la posibilidad de hacer nuevos amigos con quienes charlar, ¿estáis de acuerdo?
Y lo que, parece ser, que esperáis, según anuncian por ahí, es que yo sea quien os cuente, dicen, cuentos; aunque yo creo que más que inventar historias fantásticas, yo apostaría por contar “sucedidos”, es decir, cosas que nos han pasado en realidad, tanto extrañas como maravillosas, o sorprendentes, o emocionantes, o simplemente sencillas . Pues allá voy con una historia muy, muy emocionante que nos contó una vez un joven malayo que se nos había unido en una expedición que hicimos hacia los Alpes, expedición que algún día os contaré, porque allí también pasaron cosas difíciles de creer.
"En mi país ─ comenzó a relatar aquel chico moreno de grandes ojos negros, procedente de un lugar lejano, donde casi todos tienen una mirada enigmática─ las familias son muy grandes y viven, muy unidas, en una gran casona que casi siempre ha construido uno de sus antepasados. En mi tierra ─decía el malayo─ somos muy hospitalarios y acogemos a todos los que nos visitan con una sonrisa.
Pues bien, el padre de mi abuelo, es decir, mi bisabuelo, había plantado un árbol junto a la casa cuando su hijo nació. Esa es una bonita costumbre que aún se sigue cumpliendo. Nos recuerda continuamente que el tiempo pasa y que el árbol acompaña a su “hermano” en su crecimiento.
Con el tiempo, aquella planta pequeñita, como también era chiquito el bebé, se fue transformando en un árbol alto, con un tronco fuerte y resistente que daba una buena sombra a todos los muchos habitantes de la casa durante los calurosos días de verano. Mi bisabuelo también crecía fuerte, se casó y tuvo hijos, que también tuvieron su árbol al nacer. Uno de esos hijos fue mi abuelo y, más tarde mi padre.
Pero el árbol primitivo se hacía viejo, como í su “hermano”el ya llamado Patriarca de la casa. Venían los vientos huracanados, los monzones, y las grandes lluvias, y allí estaba el árbol extendiendo sus ramas sobre la casa, pero de tal manera crecía que se estaba ladeando, con el peso de sus fuertes ramas, hacia los tejados del caserón, con peligro ya de caer sobre el edificio y destruirlo.
─ Padre ─dijo uno de sus hijos, toda vez que había venido el arquitecto a advertirles del peligro que corrían─ habría que cortar el Árbol Mayor para que no dañe nuestro hogar y a nuestras familias en un día de malas tormentas.
Pero el Patriarca movía la cabeza diciendo:
─ El Árbol Mayor, mi hermano nunca nos haría daño. Dejad que acabe sus días con nosotros como yo también haré en mi momento.
─ Padre, sólo es un árbol…
─ Hijo, yo también soy sólo un hombre…
Y vinieron las grandes lluvias que avisaban ya de la venida de los grandes vientos monzones. Y todos los habitantes de la zona se prepararon para resistir el temporal. En casa del Viejo Patriarca había miedo porque el Árbol Mayor se mecía peligrosamente sobre el gran tejado de la casona familiar. Esa noche de tormenta le pusieron velas de todos los colores pidiendo también a los dioses suyos que ayudaran en la protección. Sólo el Patriarca estaba tranquilo, y durmió hasta que un gran estruendo, un trueno terrible, le despertó sobresaltado. Tuvo un temor: el Árbol tendría que estar herido, algo en su corazón le decía que la calma se había roto. Se asomó a la ventana, ya todos los de la casa salían aterrados y se paraban frente a una masa de ramas caídas. El Árbol yacía en el suelo como un gigante herido, sí, pero en vez de caer sobre la casa, como era de esperar, se había vencido hacia el otro lado sin causar daño a nadie. Todos estaban asombrados.
─ El viento ha soplado a la contra y el rayo le ha entrado del costado derecho. Qué gran esfuerzo para derribarle en esa dirección ─dijo uno de los parientes.
En aquel momento los vientos amainaron y todos se fueron a dormir, excepto el Patriarca, que se quedó sentado sobre el enorme tronco caído, haciendo compañía y velando a su gran amigo del alma, el Árbol protector. Y el Patriarca no tardó, también, en morir. Seguramente, en algún lugar hermoso, se volvieron a ver".
Esta historia nos dejó, a todos los de la expedición, muy pensativos y desde el fondo de nuestros corazones nos brotó un recuerdo para el Árbol, como una plegaria. Y es que, amigos que habéis leído la historia, todo lo que crece en la naturaleza está vivo y, como nosotros, son seres vivos. No les oiréis llorar, pero sufren si se les maltrata.
Hasta prontooooo.
LOLA
Y lo que, parece ser, que esperáis, según anuncian por ahí, es que yo sea quien os cuente, dicen, cuentos; aunque yo creo que más que inventar historias fantásticas, yo apostaría por contar “sucedidos”, es decir, cosas que nos han pasado en realidad, tanto extrañas como maravillosas, o sorprendentes, o emocionantes, o simplemente sencillas . Pues allá voy con una historia muy, muy emocionante que nos contó una vez un joven malayo que se nos había unido en una expedición que hicimos hacia los Alpes, expedición que algún día os contaré, porque allí también pasaron cosas difíciles de creer.
"En mi país ─ comenzó a relatar aquel chico moreno de grandes ojos negros, procedente de un lugar lejano, donde casi todos tienen una mirada enigmática─ las familias son muy grandes y viven, muy unidas, en una gran casona que casi siempre ha construido uno de sus antepasados. En mi tierra ─decía el malayo─ somos muy hospitalarios y acogemos a todos los que nos visitan con una sonrisa.
Pues bien, el padre de mi abuelo, es decir, mi bisabuelo, había plantado un árbol junto a la casa cuando su hijo nació. Esa es una bonita costumbre que aún se sigue cumpliendo. Nos recuerda continuamente que el tiempo pasa y que el árbol acompaña a su “hermano” en su crecimiento.
Con el tiempo, aquella planta pequeñita, como también era chiquito el bebé, se fue transformando en un árbol alto, con un tronco fuerte y resistente que daba una buena sombra a todos los muchos habitantes de la casa durante los calurosos días de verano. Mi bisabuelo también crecía fuerte, se casó y tuvo hijos, que también tuvieron su árbol al nacer. Uno de esos hijos fue mi abuelo y, más tarde mi padre.
Pero el árbol primitivo se hacía viejo, como í su “hermano”el ya llamado Patriarca de la casa. Venían los vientos huracanados, los monzones, y las grandes lluvias, y allí estaba el árbol extendiendo sus ramas sobre la casa, pero de tal manera crecía que se estaba ladeando, con el peso de sus fuertes ramas, hacia los tejados del caserón, con peligro ya de caer sobre el edificio y destruirlo.
─ Padre ─dijo uno de sus hijos, toda vez que había venido el arquitecto a advertirles del peligro que corrían─ habría que cortar el Árbol Mayor para que no dañe nuestro hogar y a nuestras familias en un día de malas tormentas.
Pero el Patriarca movía la cabeza diciendo:
─ El Árbol Mayor, mi hermano nunca nos haría daño. Dejad que acabe sus días con nosotros como yo también haré en mi momento.
─ Padre, sólo es un árbol…
─ Hijo, yo también soy sólo un hombre…
Y vinieron las grandes lluvias que avisaban ya de la venida de los grandes vientos monzones. Y todos los habitantes de la zona se prepararon para resistir el temporal. En casa del Viejo Patriarca había miedo porque el Árbol Mayor se mecía peligrosamente sobre el gran tejado de la casona familiar. Esa noche de tormenta le pusieron velas de todos los colores pidiendo también a los dioses suyos que ayudaran en la protección. Sólo el Patriarca estaba tranquilo, y durmió hasta que un gran estruendo, un trueno terrible, le despertó sobresaltado. Tuvo un temor: el Árbol tendría que estar herido, algo en su corazón le decía que la calma se había roto. Se asomó a la ventana, ya todos los de la casa salían aterrados y se paraban frente a una masa de ramas caídas. El Árbol yacía en el suelo como un gigante herido, sí, pero en vez de caer sobre la casa, como era de esperar, se había vencido hacia el otro lado sin causar daño a nadie. Todos estaban asombrados.
─ El viento ha soplado a la contra y el rayo le ha entrado del costado derecho. Qué gran esfuerzo para derribarle en esa dirección ─dijo uno de los parientes.
En aquel momento los vientos amainaron y todos se fueron a dormir, excepto el Patriarca, que se quedó sentado sobre el enorme tronco caído, haciendo compañía y velando a su gran amigo del alma, el Árbol protector. Y el Patriarca no tardó, también, en morir. Seguramente, en algún lugar hermoso, se volvieron a ver".
Esta historia nos dejó, a todos los de la expedición, muy pensativos y desde el fondo de nuestros corazones nos brotó un recuerdo para el Árbol, como una plegaria. Y es que, amigos que habéis leído la historia, todo lo que crece en la naturaleza está vivo y, como nosotros, son seres vivos. No les oiréis llorar, pero sufren si se les maltrata.
Hasta prontooooo.
LOLA


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