JESUCRISTO ¿POR DÓNDE ANDAS?
Es día 1 de enero, Año Nuevo. Mientras desayuno pongo la tele por si hay novedades. Cojo el mando y muevo canales. Buscaba algún concierto, algo que me pusiera a bien con el universo mundo que dejé la noche pasada hecho un alarido. Pero he aquí que me tropiezo con el Santo Padre en su misa cantada cuyo derredor, por cierto, me recuerda el Renacimiento. Cruces de oro, elegantes columnas de mármol, sagrario de materiales nobles con joyas incrustadas, candelabros barrocos ricamente labrados parece que en plata y oro, cálices-joya, casullas primorosamente cosidas y bordadas, espectacular catedral, espléndido coro, boato, riqueza, bienestar… Y en cuanto a la esperada retórica, repetidas alusiones a los fieles cristianos, a la familia ortodoxa y tradicional, a la obediencia… Poder…
No lo puedo remediar, algo me cruje. Cierro los ojos para que descansen de tanto esplendor y se me dibuja en la mente la imagen de esa niña negrita encorvada en tierra, muriendo de hambre y acosada por un buitre que espera su pronta rendición para atacarla. Una foto universalmente conocida, tomada en 1994 por el fotógrafo sudanés Kevin Carter. El hambre… casi un bebé muriendo solo… Abro los ojos y en la pantalla el Santo Padre, arropado por una pléyade de obispos pulcramente revestidos, eleva un cáliz que, he de confesar, es una maravilla de orfebrería. Una obra de arte… “El principal problema en el que debe volcarse la iglesia católica de hoy, es la salvaguarda del matrimonio”. Eso proclamaban los obispos en la manifestación de ayer. ¿Incluirán estos santos hombres dentro de su preocupación prioritaria a la familia de la niña hambrienta? Kevin Carter, el fotógrafo, se suicidó cuatro meses después acosado por recuerdos de tal laya.
En la primera cadena están dando el clásico Concierto de Año Nuevo retransmitido desde Viena. Otro escenario extraordinario con el esplendor que proporcionan el dinero y el lujo del primer mundo, aunque ni comparación con el entorno del Santo Padre. Un auditorio profusamente engalanado con flores, cortinajes y columnatas impresionantes, todo un alarde. En este caso me atrapa la música que me hace olvidar de momento a la negrita que sigue muriendo en la foto. No sé por qué no me duele tanto esta riqueza, no llega a crujirme por dentro de esa manera; no sé si será porque tengo la mente llena de suaves corcheas, fusas y semifusas que me llevan por los aires y consiguen aliviar mis sentimientos doloridos a causa de mi impotencia ante semejante estado de cosas. Comparo el lenguaje melífluo del Papa con el torrente del vals que nos invade, y a pesar de la riqueza excesiva que también observo en el teatro vienés, no me sale de dentro tan airada censura. Claro que la música, que yo entienda, no nació para ser rentable, (aunque tampoco Jesucristo para sacarle el jugo) y nunca el campo de la melodía se declaró en posesión de ninguna dogmática verdad. Cuando puede, vuela, permite que la escuchen todos y se deja interpretar por cada mente, no hay un censor que unifique criterios que facilite el dominio de la grey… No hay una música ortodoxa y otra heterodoxa en el sentido amplio de la palabra.
Si viniera, si le diera por venir, ¿qué pensaría Jesucristo de todo esto sobre lo que elucubro, mientras se va acabando el concierto de Viena? Con sus sencillos sayales y su filosofía de la caridad, la igualdad, la misericordia y el amor, ¿sería bien recibido en el Vaticano? Tal vez recogiera en sus brazos el cuerpecito de la niña hambrienta y se diera una vuelta por Viena para serenar su espíritu, evitando cuidadosamente todos esos caminos que llevan a Roma.
Suena la Marcha Radetsky. Eso quiere decir que se acabó el concierto. Supongo que el Papa estará dando también su bendición desde la ventana de sus aposentos privados. El año bisiesto emprende su marcha.
En fin… Pues como dijo el poeta, y yo muchas veces, Dios dirá, que siempre está callado.
No lo puedo remediar, algo me cruje. Cierro los ojos para que descansen de tanto esplendor y se me dibuja en la mente la imagen de esa niña negrita encorvada en tierra, muriendo de hambre y acosada por un buitre que espera su pronta rendición para atacarla. Una foto universalmente conocida, tomada en 1994 por el fotógrafo sudanés Kevin Carter. El hambre… casi un bebé muriendo solo… Abro los ojos y en la pantalla el Santo Padre, arropado por una pléyade de obispos pulcramente revestidos, eleva un cáliz que, he de confesar, es una maravilla de orfebrería. Una obra de arte… “El principal problema en el que debe volcarse la iglesia católica de hoy, es la salvaguarda del matrimonio”. Eso proclamaban los obispos en la manifestación de ayer. ¿Incluirán estos santos hombres dentro de su preocupación prioritaria a la familia de la niña hambrienta? Kevin Carter, el fotógrafo, se suicidó cuatro meses después acosado por recuerdos de tal laya.
En la primera cadena están dando el clásico Concierto de Año Nuevo retransmitido desde Viena. Otro escenario extraordinario con el esplendor que proporcionan el dinero y el lujo del primer mundo, aunque ni comparación con el entorno del Santo Padre. Un auditorio profusamente engalanado con flores, cortinajes y columnatas impresionantes, todo un alarde. En este caso me atrapa la música que me hace olvidar de momento a la negrita que sigue muriendo en la foto. No sé por qué no me duele tanto esta riqueza, no llega a crujirme por dentro de esa manera; no sé si será porque tengo la mente llena de suaves corcheas, fusas y semifusas que me llevan por los aires y consiguen aliviar mis sentimientos doloridos a causa de mi impotencia ante semejante estado de cosas. Comparo el lenguaje melífluo del Papa con el torrente del vals que nos invade, y a pesar de la riqueza excesiva que también observo en el teatro vienés, no me sale de dentro tan airada censura. Claro que la música, que yo entienda, no nació para ser rentable, (aunque tampoco Jesucristo para sacarle el jugo) y nunca el campo de la melodía se declaró en posesión de ninguna dogmática verdad. Cuando puede, vuela, permite que la escuchen todos y se deja interpretar por cada mente, no hay un censor que unifique criterios que facilite el dominio de la grey… No hay una música ortodoxa y otra heterodoxa en el sentido amplio de la palabra.
Si viniera, si le diera por venir, ¿qué pensaría Jesucristo de todo esto sobre lo que elucubro, mientras se va acabando el concierto de Viena? Con sus sencillos sayales y su filosofía de la caridad, la igualdad, la misericordia y el amor, ¿sería bien recibido en el Vaticano? Tal vez recogiera en sus brazos el cuerpecito de la niña hambrienta y se diera una vuelta por Viena para serenar su espíritu, evitando cuidadosamente todos esos caminos que llevan a Roma.
Suena la Marcha Radetsky. Eso quiere decir que se acabó el concierto. Supongo que el Papa estará dando también su bendición desde la ventana de sus aposentos privados. El año bisiesto emprende su marcha.
En fin… Pues como dijo el poeta, y yo muchas veces, Dios dirá, que siempre está callado.

