SMJ (Síndrome del Marido Jubilado)
EL S.M.J,
(Tarakawa y sus amigas)
(o la Trampa de la Madre Naturaleza)
(o simplemente El día de San Valentín)
Hace un par de años, recorté un divertido artículo supuestamente enviado desde Japón. Iba ilustrado con una foto que mostraba tres encantadoras viejecitas cogidas del bracete, mientras paseaban por el Parque de la Paz en Hiroshima ─que también, mencionar la Paz en esa escaldada población…─ y he de confesar que no les cabía más candor y dulzura. Bolsitos pasados de moda, que ellas sujetaban con sumo cuidado, como si quemaran, o desearan evitarles cualquier roce; buenos zapatos holgados y cómodos, y unos sombreros tan confortablemente deliciosos como un “tea cosy” (en inglés, funda hecha primorosamente a mano con materiales suaves y esponjosos para que la tetera y su té conserven el calor, por si no lo saben, o no recuerdan la palabra). “La comunicación con mi esposo –comentaba una de las damas a la periodista─ al principio consistía en cartas de amor y palabras seductoras bajo cerezos en flor, pero con el tiempo, todo derivó en exigencias sobre la cena y críticas a mi labor de ama de casa. De modo que cuando él llegó sonriendo y anunció que estaba listo para jubilarse, me sentí desfallecer. Así que pensé: ya está, ahora voy a tener que divorciarme. Porque ya era bastante horrible tener que estar a su servicio después del trabajo, como para tener que aguantarlo durante todo el día. Era más de lo que yo podía soportar”
Tarakawa, que así se llamaba la atormentada esposa, entró a formar parte del extraordinario número de mujeres japonesas mayores, afectadas por una enfermedad depresiva que los expertos habían ya catalogado como “el síndrome del marido jubilado” (SMJ). Eran mujeres que, habiendo tenido un respiro durante el hueco del día, mientras el esposo trabajaba o salía con sus amigos, ahora se habían convertido en seres entregados en cuerpo y alma al bienestar de sus maridos. Porque la jubilación alejó al esposo de sus congéneres, que habían quedado lejanamente sumergidos en el “sancta sanctorum” del trabajo. Así, a Tarakawa le cabía ahora, también, la misión de rellenar ese hueco de ocio, teniendo que abandonar a sus amigas de toda la vida con las que solía pasear por el Parque de la Paz. Comenzaron las úlceras de estómago, hablaba con dificultad y unos grandes ronchones empezaron a salirle detrás de las orejas. Los doctores, no encontrando motivo alguno para aquellos males, la enviaron al psiquiatra quien, inmediatamente, le diagnosticó un SMJ más grande que una casa.
Les diré, para tranquilidad de ustedes que ahora me leen, lo que sucedió con Tarakawa y sus amigas del bolsito pasado de moda: tuvieron el coraje de enviar a sus maridos a un centro de “reciclaje” llamado “Hombres en la cocina” ─generosamente subvencionado por el gobierno nipón, dado lo alarmante de la enfermedad y el número de afectadas ─ y parece que un buen puñado de ellos consiguieron “rehabilitarse” para tranquilidad de las esposas, que vieron desaparecer los ronchones, las úlceras y otros síntomas del todo alarmantes. No sabemos si Tarakawa logró de su marido mejoría suficiente pero, en todo caso, le deseamos ya a posteriori, que haya tenido buena suerte.
Este artículo en el que me veo enzarzada, ha seguido caminos inusitados; mi intención andaba encaminada a pulsar, en un principio, opiniones sobre el amor (ya que San Valentín asoma su aureola por tiendas y centros comerciales), opiniones, digo, de excelsos poetas o sesudos filósofos como Schopenhauer quien, ya que estamos, vean ustedes lo que opina…: “El amor tiene por fundamento un instinto dirigido a la reproducción de la especie …todas las pasiones amorosas de la generación presente no son, para la humanidad entera, más que una meditación sobre la composición de la generación venidera, de la cual, a su vez, dependen innumerables generaciones… la voluntad natural se transforma en voluntad de la especie… en este gran interés se funda lo patético y sublime del amor, sus transportes, sus dolores infinitos que desde millares de siglos no se cansan los poetas de representar con ejemplos sin cuento.” ¡Qué descorazonador! ¿Verdad, juventud ilusionada? O sea que la Naturaleza nos tiende, con el instinto fabricado con feromonas y cosas parecidas, una ladina trampa para perpetuar la especie…y deja a los inflamados poetas con los bolsillos repletos de metáforas, imágenes y églogas a Elisa, a Laura, a Beatriz, Fiammetta, incluso ¿por qué no? a Ofelia, Margarita o la mismísima Tarakawa cuando los cerezos estaban en flor y ella era joven y hermosa pero, eso sí, en edad de procrear… Bueno, sólo son filósofos… A mí, de entre todo lo que ha dicho Platón, Rousseau, Kant y más y más, el que me ha enternecido de veras y siempre me hizo sonreír, ha sido Spinoza con aquella simpática definición: “El amor es un cosquilleo acompañado por la idea de una causa externa” Si la idea de la causa externa fuere algo así como Marilyn o Paul Newman, por conformar a ambos sexos, convengo en que Spinoza tenía un espléndido sentido del humor al tiempo que guardaba sus espaldas al no elaborar comentarios más comprometidos. Tampoco los novelistas dejaban de echar leña al fuego: “Observé a una pareja de seguramente recién amantes que estaba tomando posesión de una mesa cercana a la mía. Y comenzó la batalla de los instintos: imaginaba yo rayos invisibles transitando del uno al otro e intercomunicándose no se sabe qué elementos fisico-químicos insaciables. Ataduras invisibles que partían de la boca, los ojos, la piel… formando una red que los envolvía atrapándolos, atrapándolos…. Mecanismos primarios. Naturaleza sabia que estructura su esquema hábilmente con el laudable propósito de perpetuar la especie. ¡Pensamientos sin piel los míos! Pero ahí estaba la esplendorosa poesía y los sentimientos hermosos para redimirlos y cubrirlos. Yo, de momento, los tenía desnudos”.
Escritores, poetas, científicos…
No sé… no quería yo que mi artículo sobre San Valentín quedara tan desvaído, tan realista, tan falto de entusiasmo. Pero entre la señora Tarakawa y sus amigas, el señor Schopenhauer que se me ha cruzado en el camino, los escritores tal vez resentidos y ya viejos que han sufrido los avatares de la corrosiva convivencia y mi propia ineptitud, han hecho de esta conmemoración, aquí, un auténtico despropósito. Espero que los lectores, con sus comentarios, me ayuden a arreglar el desaguisado.
Y por si las cosas mejoraran, ¿por qué no ir acabando con una deliciosa rima de Bécquer?
Pasaba arrolladora en su hermosura
Y el paso le dejé;
Ni aun a mirarla me volví, y no obstante
Algo a mi oído murmuró: “ésa es”.
Lo ignoro; sólo sé
Que en una breve noche de verano
Se unieron los crepúsculos, y…”fue”.
Perdona a los científicos, querido Werther que estás en los Cielos…
Cuando mi estrecho abrazo presionó sus senos,
su piel se erizó,
y con la extraordinaria intensidad
de su apasionado sentimiento,
su vestimenta resbaló de sus caderas
mientras ella, con débil acento, me decía:
“No, no, ya basta”.
Y luego─
yo no sabré decir
si se quedó dormida, o si desfalleció,
si se refugió en mi corazón
o si se derritió entre mis brazos.
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Si la emoción que nos produce Amaru es debida a endorfinas, sales, bases o ácidos, a mí por lo menos, me da e x a c t a m e n t e i g u a l. El suspiro con que terminamos de leer el poema nos sale, creo yo, del corazón.

