NAVIDAD...NAVIDAD...
NAVIDAD…NAVIDAD…
Próximos a la Navidad, con las calles llenas de luces que, por cierto, no consiguen emular a las estrellas, camino hacia la casa de mi hija en donde mi nieta -de cuatro años recién cumplidos- me espera ya en la cama. Sus padres se irán y nosotras nos quedaremos con un bullicio de cuentos que nunca se nos acaba. A veces, con ella, hasta difícil es comenzar. Porque…
-Érase una vez…
-¿Qué vez?
-En este caso, hace mucho tiempo. Siglos.
-¿Qué es siglos?
-Un siglo son cien años.
-¿Años de los meses? ¿De enero y febrero?
-Eso es, que son doce. Bueno, pues hace muchos siglos sucedió que en un portal de un pueblecito llamado Belén…
-¿Un portal de escalón?
-No. En realidad era un pesebre.
-¿Qué es un pesebre?
-Pues una especie de habitación en donde meten a los animales para que coman, duerman por la noche y no se mojen si llueve…
Hay un silencio. Parece que le oigo el ir y venir de un sinfín de preguntas en su cerebro, que van chocando sin acabar de componerse. Intento continuar, sólo lo intento.
-Pues en ese portal, o pesebre, que estaba en Belén…
-¿Tienen camas en el pesebre?
-¿Cómo van a tener camas en el pesebre? ¿Tú has visto que los animales se acuesten en camas? Los animales se acuestan en el suelo, y por eso se les pone paja. ¿Entiendes?
-Para que no se constipen.
-Eso, entre otras cosas. Pues allí se guarecieron la Virgen y San José…
-¿Qué es guarecieron?
-Que se metieron allí porque tenían frío. Y en ese lugar nació el Niño Jesús.
-¿Era una residencia de nacer?
-No. Entonces no había residencias de nacer.
-¿Nacían en pesebres? ¡Si no había camas..!
-Nació allí porque no tenía otro sitio mejor donde nacer. No había sitio en los hoteles.
-¿Por qué era Navidad?
Ya sé que los niños hacen preguntas, que hemos de tener la calma suficiente como para que no nos lleven a la exasperación, pero convengan conmigo en que resulta duro. Pienso que esta mezcla de épocas, culturas, situaciones… ha de ser un embrollo para mentes tan jóvenes e inexpertas. En estos casos sólo hay que esperar con vehemente fe a que los cielos se apiaden de una y le envíe a la “preguntante” un sueño sereno y reparador. Porque no quiero ni pensar, en esta ocasión con mi nieta de cuatro años recién cumplidos, como dice ella, en cuanto llegue el ángel anunciador (¿qué anuncia? ¿como en la tele?), los pastores con sus zambombas (¿qué son zambombas?) y los Reyes Magos, personajes éstos más conocidos y cercanos, menos mal, pero que aún así, alguna cosa tendrá que rascar.
Parece que los cielos me han escuchado y la niña presenta signos de cansancio. Vamos ya al epílogo: cántame la canción, abuela… ¿cuál?... los pucheritos…
Y yo, con voz muy queda para llevarla de la mano hacia el sueño tranquilo, canto aquello con regusto a Mozart: Todo lo chiquitito/ me hace a mi gracia/ hasta los pucheritos/ de media cuarta/ A la nana nanita/ nanita ea/ mi niña chiquitita/ dormida queda.
Y oigo su respiración profunda, y entreveo su gesto relajado, libre de interrogantes. ¿Cómo pueden los niños caer con tanta rapidez en un sueño tan profundo? ¿La ausencia de preocupaciones? La arropo y salgo, dejando a su alrededor un enjambre de cuentos cuyos protagonistas no son, hoy, ni hadas, ni gnomos, ni niñas pobres que encendían cerillas, ni señoritas Pepis de esas que atiborran la televisión. Seguramente será un niño que fue a nacer en un pesebre porque los hoteles ya no tenían plazas a causa del abarrotamiento de las fiestas de Navidad.
Me asomo a la ventana y veo que otro enjambre, esta vez de personas cargadas con paquetes enjaezados con lazos de colores, caminan con pasos rápidos hacía – según me da la impresión – un enorme hormiguero. Sociedad de consumo. Voy hacia la cama de mi nieta y le canto, de mente a mente, para no hacer ruido: todo lo chiquitito… me hace a mí gracia… las personas caminan deprisa agarradas a sus paquetes… la oferta es enorme… Me dejo caer en el sofá y cierro los ojos. Voy a ver si me adormezco, dejo mis fastidiosos interrogantes sobre una silla, y me encuentro con el sueño de mi nieta en algún lugar que no se parezca a un hormiguero. Tal vez me deje acabarle ese tradicional relato… tal vez.
Próximos a la Navidad, con las calles llenas de luces que, por cierto, no consiguen emular a las estrellas, camino hacia la casa de mi hija en donde mi nieta -de cuatro años recién cumplidos- me espera ya en la cama. Sus padres se irán y nosotras nos quedaremos con un bullicio de cuentos que nunca se nos acaba. A veces, con ella, hasta difícil es comenzar. Porque…
-Érase una vez…
-¿Qué vez?
-En este caso, hace mucho tiempo. Siglos.
-¿Qué es siglos?
-Un siglo son cien años.
-¿Años de los meses? ¿De enero y febrero?
-Eso es, que son doce. Bueno, pues hace muchos siglos sucedió que en un portal de un pueblecito llamado Belén…
-¿Un portal de escalón?
-No. En realidad era un pesebre.
-¿Qué es un pesebre?
-Pues una especie de habitación en donde meten a los animales para que coman, duerman por la noche y no se mojen si llueve…
Hay un silencio. Parece que le oigo el ir y venir de un sinfín de preguntas en su cerebro, que van chocando sin acabar de componerse. Intento continuar, sólo lo intento.
-Pues en ese portal, o pesebre, que estaba en Belén…
-¿Tienen camas en el pesebre?
-¿Cómo van a tener camas en el pesebre? ¿Tú has visto que los animales se acuesten en camas? Los animales se acuestan en el suelo, y por eso se les pone paja. ¿Entiendes?
-Para que no se constipen.
-Eso, entre otras cosas. Pues allí se guarecieron la Virgen y San José…
-¿Qué es guarecieron?
-Que se metieron allí porque tenían frío. Y en ese lugar nació el Niño Jesús.
-¿Era una residencia de nacer?
-No. Entonces no había residencias de nacer.
-¿Nacían en pesebres? ¡Si no había camas..!
-Nació allí porque no tenía otro sitio mejor donde nacer. No había sitio en los hoteles.
-¿Por qué era Navidad?
Ya sé que los niños hacen preguntas, que hemos de tener la calma suficiente como para que no nos lleven a la exasperación, pero convengan conmigo en que resulta duro. Pienso que esta mezcla de épocas, culturas, situaciones… ha de ser un embrollo para mentes tan jóvenes e inexpertas. En estos casos sólo hay que esperar con vehemente fe a que los cielos se apiaden de una y le envíe a la “preguntante” un sueño sereno y reparador. Porque no quiero ni pensar, en esta ocasión con mi nieta de cuatro años recién cumplidos, como dice ella, en cuanto llegue el ángel anunciador (¿qué anuncia? ¿como en la tele?), los pastores con sus zambombas (¿qué son zambombas?) y los Reyes Magos, personajes éstos más conocidos y cercanos, menos mal, pero que aún así, alguna cosa tendrá que rascar.
Parece que los cielos me han escuchado y la niña presenta signos de cansancio. Vamos ya al epílogo: cántame la canción, abuela… ¿cuál?... los pucheritos…
Y yo, con voz muy queda para llevarla de la mano hacia el sueño tranquilo, canto aquello con regusto a Mozart: Todo lo chiquitito/ me hace a mi gracia/ hasta los pucheritos/ de media cuarta/ A la nana nanita/ nanita ea/ mi niña chiquitita/ dormida queda.
Y oigo su respiración profunda, y entreveo su gesto relajado, libre de interrogantes. ¿Cómo pueden los niños caer con tanta rapidez en un sueño tan profundo? ¿La ausencia de preocupaciones? La arropo y salgo, dejando a su alrededor un enjambre de cuentos cuyos protagonistas no son, hoy, ni hadas, ni gnomos, ni niñas pobres que encendían cerillas, ni señoritas Pepis de esas que atiborran la televisión. Seguramente será un niño que fue a nacer en un pesebre porque los hoteles ya no tenían plazas a causa del abarrotamiento de las fiestas de Navidad.
Me asomo a la ventana y veo que otro enjambre, esta vez de personas cargadas con paquetes enjaezados con lazos de colores, caminan con pasos rápidos hacía – según me da la impresión – un enorme hormiguero. Sociedad de consumo. Voy hacia la cama de mi nieta y le canto, de mente a mente, para no hacer ruido: todo lo chiquitito… me hace a mí gracia… las personas caminan deprisa agarradas a sus paquetes… la oferta es enorme… Me dejo caer en el sofá y cierro los ojos. Voy a ver si me adormezco, dejo mis fastidiosos interrogantes sobre una silla, y me encuentro con el sueño de mi nieta en algún lugar que no se parezca a un hormiguero. Tal vez me deje acabarle ese tradicional relato… tal vez.

