SABER ESCUCHAR
Nada hay dentro del ámbito de lo humano que me produzca más admiración y asombro que el casi milagro del lenguaje, y cualquier cosa que de él emane, tiene el poder de deslumbrarme. Pero dentro de él, son los modismos o los mismos refranes los que ejercen en mí una especial fascinación, porque me parecen pequeñas ventanas que nos conectan con nuestros antepasados. Y si es evidente que la enorme estructura del habla supone la gran herencia, esos pequeños giros que usamos para realzar algunas de nuestras ideas, actúan como reliquias entrañables que nos recuerdan acontecimientos concretos, de la misma manera que el collar o el rosario de la abuela nos trae el especial aroma de su paso por la tierra.
Pues todo este circunloquio viene al caso porque, estando yo con mi café, mi periódico mañanero y mis cabreos por lo que leo, oigo una exclamación que alguien profiere en voz alta: "¡se armó la de Dios es Cristo!" Reparo en la expresión, que retumba en mis oídos, pero que pronto queda sola, como flotando en el aire, ocasión que aprovecho para sacarla de este contexto y descotidianizarla. La de Dios es Cristo... De repente se llena de contenido y vuelve a ser nueva, recién estrenada. Y ahí está, trasladándose, acercándonos al misterio de la Trinidad en tiempos del Concilio de Nicea, momento en que se elabora la gran estructura religiosa y ante tamaña paradoja, debió de armarse un buen follón allá por el trescientos y pico: Dios era, también y al mismo tiempo, Cristo. Y por si fuera poco, entraría al quite el Espíritu Santo para acabarla de liar. Demasiado para el confundido pueblo que nos precedió, ¿no les parece?, y el pobre nos envía aquella compleja situación de la mejor manera que encuentra: la transmisión oral. De este modo, una mañana de otoño tomándo café, alguien pronuncia la frase ya vacía de contenido por el uso, pero que me traslada al origen de su nacimiento y revivo acontecimientos que perviven, qué duda cabe, gracias al milagro de la palabra.
Es muy emocionante el hecho de que sea posible la conexión con aquellas gentes que vivieron hace tantos siglos y cuyo bullicio parece que aún oigo. Entiendo, otra vez, que si uno sabe escuchar, así como si sabe mirar, nada muere - y mucho se descubre - diría yo
Y todo porque alguien exclamó en una cafetería llena de gente en una mañana de otoño algo tan usual hoy en día como: "¡se armó la de Dios es Cristo!" Si llega a decir "¡hágase la luz!", me veo navegando junto a los ammonites del eoceno.
Pues todo este circunloquio viene al caso porque, estando yo con mi café, mi periódico mañanero y mis cabreos por lo que leo, oigo una exclamación que alguien profiere en voz alta: "¡se armó la de Dios es Cristo!" Reparo en la expresión, que retumba en mis oídos, pero que pronto queda sola, como flotando en el aire, ocasión que aprovecho para sacarla de este contexto y descotidianizarla. La de Dios es Cristo... De repente se llena de contenido y vuelve a ser nueva, recién estrenada. Y ahí está, trasladándose, acercándonos al misterio de la Trinidad en tiempos del Concilio de Nicea, momento en que se elabora la gran estructura religiosa y ante tamaña paradoja, debió de armarse un buen follón allá por el trescientos y pico: Dios era, también y al mismo tiempo, Cristo. Y por si fuera poco, entraría al quite el Espíritu Santo para acabarla de liar. Demasiado para el confundido pueblo que nos precedió, ¿no les parece?, y el pobre nos envía aquella compleja situación de la mejor manera que encuentra: la transmisión oral. De este modo, una mañana de otoño tomándo café, alguien pronuncia la frase ya vacía de contenido por el uso, pero que me traslada al origen de su nacimiento y revivo acontecimientos que perviven, qué duda cabe, gracias al milagro de la palabra.
Es muy emocionante el hecho de que sea posible la conexión con aquellas gentes que vivieron hace tantos siglos y cuyo bullicio parece que aún oigo. Entiendo, otra vez, que si uno sabe escuchar, así como si sabe mirar, nada muere - y mucho se descubre - diría yo
Y todo porque alguien exclamó en una cafetería llena de gente en una mañana de otoño algo tan usual hoy en día como: "¡se armó la de Dios es Cristo!" Si llega a decir "¡hágase la luz!", me veo navegando junto a los ammonites del eoceno.

