jueves, septiembre 28, 2006

SABER ESCUCHAR

Nada hay dentro del ámbito de lo humano que me produzca más admiración y asombro que el casi milagro del lenguaje, y cualquier cosa que de él emane, tiene el poder de deslumbrarme. Pero dentro de él, son los modismos o los mismos refranes los que ejercen en mí una especial fascinación, porque me parecen pequeñas ventanas que nos conectan con nuestros antepasados. Y si es evidente que la enorme estructura del habla supone la gran herencia, esos pequeños giros que usamos para realzar algunas de nuestras ideas, actúan como reliquias entrañables que nos recuerdan acontecimientos concretos, de la misma manera que el collar o el rosario de la abuela nos trae el especial aroma de su paso por la tierra.
Pues todo este circunloquio viene al caso porque, estando yo con mi café, mi periódico mañanero y mis cabreos por lo que leo, oigo una exclamación que alguien profiere en voz alta: "¡se armó la de Dios es Cristo!" Reparo en la expresión, que retumba en mis oídos, pero que pronto queda sola, como flotando en el aire, ocasión que aprovecho para sacarla de este contexto y descotidianizarla. La de Dios es Cristo... De repente se llena de contenido y vuelve a ser nueva, recién estrenada. Y ahí está, trasladándose, acercándonos al misterio de la Trinidad en tiempos del Concilio de Nicea, momento en que se elabora la gran estructura religiosa y ante tamaña paradoja, debió de armarse un buen follón allá por el trescientos y pico: Dios era, también y al mismo tiempo, Cristo. Y por si fuera poco, entraría al quite el Espíritu Santo para acabarla de liar. Demasiado para el confundido pueblo que nos precedió, ¿no les parece?, y el pobre nos envía aquella compleja situación de la mejor manera que encuentra: la transmisión oral. De este modo, una mañana de otoño tomándo café, alguien pronuncia la frase ya vacía de contenido por el uso, pero que me traslada al origen de su nacimiento y revivo acontecimientos que perviven, qué duda cabe, gracias al milagro de la palabra.
Es muy emocionante el hecho de que sea posible la conexión con aquellas gentes que vivieron hace tantos siglos y cuyo bullicio parece que aún oigo. Entiendo, otra vez, que si uno sabe escuchar, así como si sabe mirar, nada muere - y mucho se descubre - diría yo
Y todo porque alguien exclamó en una cafetería llena de gente en una mañana de otoño algo tan usual hoy en día como: "¡se armó la de Dios es Cristo!" Si llega a decir "¡hágase la luz!", me veo navegando junto a los ammonites del eoceno.

lunes, septiembre 25, 2006

CINCO MIL MILLONES DE AÑOS

Me entero, por no sé qué revista, de los proyectos que tiene la NASA con respecto a esa alucinante conquista del espacio, y el científico que nos informa se frota las manos porque han logrado reducir de mil quinientos a cuatrocientos los años que tardará el hombre en llegar a una de esas estrellas cercanas. Me detengo ante el dato con pavor...¡cuán largo me lo fiáis! Pero averiguo más adelante que los científicos en cuertión están tratando de reducir ese tiempo por que no se nos vaya el santo al cielo y perdamos el oremus como sucedió en el caso de la Muralla China.
Ellos, los sabios, también barajan la hipótesis de que el sol se apagará dentro de cinco mil millones de años...
Reflexiono sobre todas estas cuestiones al caer la tarde. La soledad y el plácido silencio en que me encuentro, dan cancha a mi imaginación para que elucubre a sus anchas sobre la magnitud de cifras y proyectos; y estando bien metida en ello, ya me parecen menos graves mis plazos bancarios, el casi pornográfico recibo del teléfono, y la no menos nefasta cuenta de la luz si es que el sol va a acabar por apagarse. Porque en realidad lo peor fuera que sólo mis males no tuvieran remedio. La verdad es, vive Dios, que me ha hecho mucho bien el saber de la finitud de ese astro que no parecía tener problemas, ya ven. Y paso la tarde más relajada pensando que no hay mal que cien años dure, y asi mis cotidianas preocupaciones, junto con este persistente y jodido dolor de muelas, se van mezclando con la suave brisa del atardecer. El más absoluto de los presentes se solapa bajo la posible desaparición del sol, y sonrío con picardía pensando en su efímera duración... Mis preocupaciones han ido desapareciendo con la somnolencia y la promesa de un fin y confío, durante este tiempo en que anochece lentamente, en esa solución tan aliviadora. Así, sumergida en la penumbra, he minimizado este ajetreo del vivir...
Pero, ¡ay! el sol se ha puesto, la oscuridad es casi total en mi aposento y enciendo la luz. Entonces me doy cuenta, a mi pesar, de que los hombres de la NASA tardarán demasiado en llegar a su estrella, que mañana habré de pasar por las oficinas de la Hidroeléctrica, suena el teléfono cuyo maldito recibo habré de pagar también y me sigue doliento la jodida muela...
¡¡Ostras, cinco mil millones de años son muchos años!!

sábado, septiembre 23, 2006

ESA ESTIRPE...

Tres fontaneros pasaron por mi casa sin dar con la avería. Parecía aquello cosa de gremlins, ya que de un caño por donde se suponía que no debería salir el agua,un chorro imparable se disparaba llevando a los técnicos a la exasperación
- Señora, eso es que hay un puente en alguna parte. Vamosa tener que levantar ladrillos.
El anuncio de la guerra del Golfo, que fué la que más nos conmocionó por ser la primera de la serie Bush, me fue menos traumatizante. Esos dos vocablos - levantar ladrillos - podían suponer la rotura de nuestro ordenado ecosistema familiar. Albañiles, fontaneros, averías agazapadas ladinamente bajo el cemento..., les confieso que sentí la tentación de visitar a una vidente. Pero aconsejada por una de esas amigas que aún creen en los milagros, decidí hacer una última tentativa, como quien va a la Clínica Mayo.
- Te mando a mi fontanero. Es un manitas y no cobra caro.
Poco confiaba yo en aquel cúmulo de cualidades, pero antes de meter el bisturí en mis paredes, quise hacer esa cuarta intentona a la vez que encendía una vela a Santa Rita, esperando que no me cogiera en el renuncio de mi frialdad religiosa. Así que recibí al nuevo fontanero con la misma emoción que si de Paul Newman se tratara.
Era un hombre pequeño, de una indefinida mediana edad, algo encorvado pero ligero de movimientos. Casi al instante, como un sabueso, comenzó a olisquear tuberías, grifos, empalmes... Apenas hablaba. Yo iba pegada a él desgranando jaculatorias y prometiendo novenas. Se paraba enmedio de la cocina como resolviendo una ecuación mental, y de vez en cuando decía ¡cojones!
- Es el grifo - dijo al fin.
El corazón me dio un vuelco; era como si me hubiese dicho "usted no tiene cancer"
- ¿No ve? Sale por ahí, y eso quiere decir que dentro está roto y trasvasa el agua hacia otra tubería. Habrá que cambiarlo.
- ¿Sólo el grifo? - pregunté aún anhelante.
- Eso bastará. ¿Qué, lo cambiamos o no?
Y lo cambió con un par. Y el agua dejó de manar por donde no debía, salvando así ladrillos y la histeria colectiva que se me venía encima
Fue extremadamente barato, o al menos así me lo pareció, dispuesta como estaba a vender mi primogenitura por aquel singular plato de lentejas.
Pero antes de que mi hombre se marchara, y mientras recogía sus herramientas, no resistí el preguntarle cómo diablos había dado con la avería tan sagazmente camuflada.
- No es dificil - dijo - si se van atando los cabos. Uno se mete dentro de la tubería y va haciendo el recorrido. Si se tienen los ojos de la imaginación abiertos, se la encuentra.
Se fue, encorvado y silencioso como había venido. Pero a mí me dejó perpleja. Me retumbaban en la cabeza dos conceptos que él tenía por rutinarios: "se mete uno dentro de la tubería" y "si se tienen los ojos de la imaginación abiertos". Mi fontanro sabía cómo mirar.
Ya sola, me quedé un rato observando mi reluciente grifo con arrobo. Y recordé a los grandes hombres que habían sabido contemplar el universo y encontrar las claves capaces de descodificar ese lenguaje que explica tantas cosas. Frente a mi reluciente grifo pensé en Copérnico: ¡qué gran momento aquel en que fue capaz de descubrir, por primera vez, el baile de los planetas alrededor del sol! Una representación única para un gran observador. Y en Newton, atraido irresistiblemente por una gran fuerza universal metido todo él dentro de una enorme tubería por donde circulan las galaxias.
Claro..., son de una estirpe diferente estos seres que no están programados, que son capaces de rastrear las huellas de un vientoy entender el zumbido del mar.
Son los hijos de la Luna

jueves, septiembre 21, 2006

LA MALDITA SUERTE

Tengo entendido que la Universidad de Oxford suele dedicar una sustanciosa partida de su presupuesto a la investigación y con ese dinero, beca a grupos de jóvenes para que lleven a cabo proyectos extraños, imaginativos e incluso estrafalarios porque suponen dos cosas: por una parte, que es así como se aprende a investigar, y por otra, que tras la casualidad bien pudiera encontrarse agazapado un descubrimiento importante y, además, rentable, matiz a tenerse en cuenta, qué caray. El propio Stephen Hawking perteneció en su juventud a uno de esos grupos pioneros, rastreadores de los misterios que encierra la naturaleza.
Pues bien, algo tras lo que van los oxfordianos últimamente es la constatación de si la suerte posee unas leyes por las que se rija - como lo hacen los astros en el cielo y los hombres en la tierra - o tal vez sencillamente actúa como Dios le dio a entender; y los muchachos de Oxford andan locos porque cuando parece que van por buen camino, se les cuartea la ecuación y la maldita suerte se les escapa por la fisura. De modo que libre anda, merodeando por los centros de augures, echadoresde cartas, adivinos, nigromantes y demás apóstatas de la ciencia sin dejarse someter. Suele llevar por compañera a la ley de las probabilidades, tan fiable la pobre como un pronóstico del tiempo al que miramos de reojo con la mano puesta en el mango del paraguas. En resumen, que por ahí va ella cebándose en según quién - que eso nunca se sabe - haciendo cortes de manga a tirios y troyanos.
Puestas así las cosas, yo no digo que ese descabalado prorrateo de la suerte sea precisamente justo, pero en el fondo... no crean que me disgusta. Porque algo, digo yo, ha de quedar en este puñetero mundo que actúe a modo de tubo de escape por donde se liberen los poetas, los grandes innovadores, aquellos que estén razonablemente locos... ¡en fin!, todos los que se comportan contra todo pronóstico, Dios les bendiga. Seguro que la suerte se ha unido a esa tropa de incontrolables haciendo caso omiso de las recomendaciones del padre Newton, el gran recopilador de leyes.
Lo cierto es que la suerte rara vez es para los que la buscan, eso dicen, sino para quienes la encuentran, y su rostro debe ser como las estrellas reflejadas en el mar: bella, huidiza... una apátrida imposible de someter a una ley, ni siquiera a un censo.
Atractiva la puñetera ¿eh?

miércoles, septiembre 20, 2006

SE NOS ACABA EL PLANETA

Uno no se da cuenta de hasta qué punto nuestro planeta se muere si no tiene la desgracia de tropezar con el paisaje fantasmal que dejó yermo uno de esos incendios que últimamente nos azotan como una plaga. Incomprensible si, además, resultan ser provocados. Los pinos desnudos y ennegrecidos parecen un tétrico batallón de soldados muertos que aún mantienen enhiestas sus mortales espingardas. Un ejército medieval dando escolta a una terrible Santa Compaña...
Amigos, si no andamos prestos se nos acaba el amarillo de los otoños y el espléndido colorido de las primaveras. Se nos acaba el sabor fresco de una manzana y el vuelo bajo de las golondrinas al atardecer presagiando lluvia. Se nos acaba el Planeta...
¿Ese es el futuro que deseamos legar? Pues que los dioses, compasivos como se supone que son, no me den la triste oportunidad de contemplarlo.

DORMIR AL BEBÉ

Hasta en eso de criar a los hijos se imponen modas, y a fe que fueron ricas en ellas las generaciones a las que pertenecimos las que hoy ya somos abuelas, y sobre todo desde que Freud difundiera sus teorías sobre el intrincado proceso de la infancia, verdadero nido de neurosis posteriores, según nos contó... A este respecto recuerdo - como así espero que lo hagan todas aquellas que fueron madres allá por los años sesenta - las teorías del americano Dr. Spock, quien dirigió a todo un tropel de madres inexpertas aconsejándoles métodos bastante espartanos, y durante una larga década, los bebés lloraron desconsoladamente en sus cunas para que sus futuras "personalidades" no sufrieran "malformaciones" indeseadas.
Mientras tanto, la abuela Mercedes movía la cabeza como reconviniendo.
Despuén se les suprimió el chupete en aras de una dentadura pareja, luego cayó la reconfortante "mantita", el oso, la muñeca..., parecía que estábamos educando a los súbditos del Gran Can en cuyo destino no cupiera la derrota. Y las madres creímos en él, menos la pertinaz abuela Mercedes. Años más tarde me enteré de que el Dr. Spock se había desdicho públicamente de todas sus férreas teorías y confieso, Dios le confunda, que me llevé un chasco espantoso. ¿A que iba a tener razón la abuela Mercedes?
- Por algo se inventaron las nanas- decía -y por algo son tan dulces y bellas. El niño, arrullado por una canción y un regazo, se siente tranquilo y se duerme, ¿qué otra cosa se espera de él? ¡Tanta innovación! En el bebé no hay más que hambre y madre.
En el fondo siempre sospeché que tenía razón y ahora me doy cuenta de que la vieja teoría de las abuelas es no sólo razonable sino sabia, como la misma naturaleza. No puede haber nada tan reconfortante para el bebé como la voz cálida de su madre hablándole de lunas, estrellas y hermosos sueños que vienen blandamente al compás de un vaivén que marca un tiempo sin agresiones.
Que las teorías se queden en los libros y las nanas en el aire derramándose sobre las cunas y creando paz. La cuestión es evitar las lágrimas innecesarias, ¿no les parece? Y mejor si es a golpe de canción.

martes, septiembre 19, 2006

DEMASIADO CORTO...

Se nos ha esfumado ese único mes legal de vacaciones - en el que habíamos puesto todas nuestras espectativas vitales - y apenas hemos tenido tiempo de terminar el libro que habíamos reservado para leer en libertad, sin horarios rstrictivos ni prisas.
Demasiado corto...
Hemos sido libres durante un brevísimo ciclo lunar y ahora, "puesto ya el pie en el estribo", se nos ocurre pensar con nostalgia en la suerte del vagabundo vocacional, o en el extraño amigo que se fue a Oriente para volver no se sabe cuándo, o en ese otro que se enroló en un barco que cumple una misión en la Antártida..., en esos pocos pienso.
Demasiado corto...
Nosotros regresaremos con la misma luna llena que nos depositó sobre un paisaje diferente; ella misma nos devolverá a los oscuros días iguales. Y ni siquiera hemos tenido tiempo de terminar el libro que dejamos para leer en un mes de libertad, qué puñetas.
Libertad..., libertad provisional.
Oriente, la Antártida, los trotamundos, las aventuras...
¡Demasiado corto!