Pues miren, en una tarde de éstas en que ya comienza la primavera, leyendo un libro sobre la Historia de Grecia me tropecé con este párrafo que a continuación transcribo. Vean:
“… te invito a reflexionar sobre un verbo existente en la lengua griega que, no teniendo equivalente en ninguna otra, es de hecho intraducible, a menos que se recurra a oraciones complejas. Este verbo es “agorazein”, y quiere decir “ir a la plaza para ver qué se dice” y por lo tanto, hablar, comprar, vender y verse con los amigos; pero también significa salir de casa sin una idea precisa, holgazanear al sol a la espera de que llegue la hora de la comida… rezagarse hasta formar parte integrante de un magma humano hecho de gestos, miradas y ruidos… La forma de caminar del “agorazein” es el de avanzar lento, con las manos detrás de la espalda y siguiendo un recorrido casi nunca rectilíneo. Quien le contemplara, habiendo venido de fuera, se quedaría asombrado al ver un grupo tan nutrido de ciudadanos caminando arriba y abajo por la calle, deteniéndose cada tres pasos, discutiendo en voz alta y volviendo a andar para volverse a parar de nuevo. Esto le llevaría a creer que había llegado en un día especial de fiesta cuando, en realidad, estaría asistiendo a una escena normal de agorazein”.
La escena me llenó de perplejidad, y no porque ignorase el modo de vivir de los antiguos griegos, sino porque de repente me di cuenta de que, al otro lado de mi ventana, un mundo distinto al de aquellas ágoras, caminaba ya a lomos del siglo XXI de nuestra era. ¡Y en su esencia eran tan diferentes…!
En la calle de hoy, multitud de viandantes iban y venían con prisa, generalmente solitarios y silenciosos, sin aspecto de tener tiempo para holgazanear reflexionando sobre los misterios que encierra la naturaleza, el cerebro humano o la vida después de la muerte. ¡Cosas tan lejanas…! Tampoco llevaban las manos tras la espalda, o en los bolsillos y, por supuesto, no se les veía intención alguna de querer silbar despreocupadamente en la tranquila plaza de un pueblo, ni siquiera de saber hacerlo, y menos con despreocupación. Gentes cargadas de paquetes, como quien pertenece a un hormiguero gregario al que se acude con el sólo ánimo de llenar la despensa en previsión de los fríos del invierno. Y ni una cigarra al alcance de la vista…
Los paisajes no diferían en gran manera; pero sí, ¡en su esencia eran tan diferentes!
Créanme, sentí dentro de mí un intenso escalofrío.
0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home