LIBROS SIN LECTORES
LIBROS SIN LECTORES
Pido a la administradora de este blog que me preste su espacio, ya que lo infrautiliza, para reproducir un artículo de prensa, que sale concretamente en Información de Alicante (8-7- o7) Porque presupongo que el autor, un joven profesor de instituto llamado Juan Navarro de San Pío, no va a tener inconveniente en que así lo haga. Y lo tomo como punto de referencia porque el hecho al que se refiere ─ en las bibliotecas públicas, los libros que no son reclamados por ningún lector, son condenador al reciclaje─ me temo que sea desconocido por la mayoría de los incluso lectores empedernidos. Jesús Navarro lo explica de esta excelente manera:
“No sólo tiemblan los editores y los libreros. Ahora también los bibliotecarios sufren ante la idea de tener que desprenderse de algunos de sus libros. Mi bibliotecaria me lo explicó el otro día: no hay espacio suficiente para todas las publicaciones, luego habrá que purgar los libros y revistas que no hayan tenido lectores en todos estos años. Es decir, aquellos cuya ficha de lectores, en los que aparece la fecha en la que ha de ser devuelto el libro, esté vacía. Claro que yo supuse erróneamente que con purgar se refería mi bibliotecaria a trasladar esos libros a otras bibliotecas públicas. No, su destino es infinitamente más trágico y cruel: acabarán en el reciclaje.
Siempre me ha parecido algo heroico hojear en las estanterías de las bibliotecas aquellos libros que todavía no han encontrado lectores. Es una emoción comparable a la de descubrir un tesoro que ha pasado inadvertido al resto de los lectores que conviven en la misma isla o biblioteca. Una biblioteca es el espejo en el que vemos reflejado el paisaje lector de una ciudad, resultado de nuestras preferencias y deseos, pero tan importantes son los libros leídos como aquellos que nunca salieron de sus estanterías. Sería imposible trazar la historia de la lectura de una biblioteca sin contar con esos libros huérfanos. Y, además, supondría una triste lección educativa para futuros lectores y escritores: no hay libro sin lectores que merezca existir.
Me imagino las discusiones de las bibliotecarias para elaborar la lista negra de los libros proscritos por falta de lectores. ¿A quién salvar del reciclaje ¿Cuánto espacio dispones en tu casa para libros exiliados? Qué ironía tan trágica: amantes de la lectura convertidos a la fuerza en poco menos que funcionarios de aquella siniestra brigada contra el libro llamada «Fahrenheit 451». La resistencia que ejercían los últimos lectores de la inquietante sociedad totalitaria -novelada por Ray Bradbury y llevada al cine por François Truffaut- consistía en elegir un libro y aprendérselo de memoria para evitar que, en caso de ser detenidos, el libro fuera destruido. Eran los hombres-libro que vivían en un bosque y se dedicaban a recitar su libro amado mientras paseaban incansablemente bajo el sol o la nieve.
No es ésta, sin embargo, la única respuesta posible. Lo cuenta Alberto Manguel en «La biblioteca de noche», libro fascinante que, por cierto, pertenece a la misma biblioteca ahora amenazada. Sucedió en la nueva biblioteca de San Francisco, en la que el arquitecto no había previsto espacio suficiente para todos los volúmenes de la antigua. Así que llevaron al vertedero todos aquellos libros sin lectores. Aunque lo extraordinario de esta historia es que «para salvar la mayor cantidad de libros posibles unos cuantos bibliotecarios heroicos se introducían furtivamente entre las estanterías por la noche y estampaban en los volúmenes amenazados fechas de préstamos falsas».
En la Alemania de Hitler se quemaban libros, en la España de Franco la «cultura» se dedicaba a elaborar listas de libros prohibidos. Eran dictaduras en las que no existía libertad de opinión. Hoy en día las modernas sociedades democráticas generan paradojas burocráticas incomprensibles: la falta de espacio, que es también falta de presupuesto y ausencia de voluntad política, ha dado lugar a un nuevo género de libros: libros sin lectores, libros sin patria. En su novela «Auto de fe», Elias Canetti escribió: «La mejor definición de patria es: biblioteca». ¿Por qué no construir una biblioteca para salvar de la destrucción todos aquellos libros huérfanos de lectores? Sería la más melancólica de todas las bibliotecas habidas en el mundo: la biblioteca del exilio”.
¿Por qué no construir -digo yo, Ana Herrero- una biblioteca en donde el espacio sea lo de menos? ¿Cómo se tendría que poner el primer ladrillo? Un saludo.
Pido a la administradora de este blog que me preste su espacio, ya que lo infrautiliza, para reproducir un artículo de prensa, que sale concretamente en Información de Alicante (8-7- o7) Porque presupongo que el autor, un joven profesor de instituto llamado Juan Navarro de San Pío, no va a tener inconveniente en que así lo haga. Y lo tomo como punto de referencia porque el hecho al que se refiere ─ en las bibliotecas públicas, los libros que no son reclamados por ningún lector, son condenador al reciclaje─ me temo que sea desconocido por la mayoría de los incluso lectores empedernidos. Jesús Navarro lo explica de esta excelente manera:
“No sólo tiemblan los editores y los libreros. Ahora también los bibliotecarios sufren ante la idea de tener que desprenderse de algunos de sus libros. Mi bibliotecaria me lo explicó el otro día: no hay espacio suficiente para todas las publicaciones, luego habrá que purgar los libros y revistas que no hayan tenido lectores en todos estos años. Es decir, aquellos cuya ficha de lectores, en los que aparece la fecha en la que ha de ser devuelto el libro, esté vacía. Claro que yo supuse erróneamente que con purgar se refería mi bibliotecaria a trasladar esos libros a otras bibliotecas públicas. No, su destino es infinitamente más trágico y cruel: acabarán en el reciclaje.
Siempre me ha parecido algo heroico hojear en las estanterías de las bibliotecas aquellos libros que todavía no han encontrado lectores. Es una emoción comparable a la de descubrir un tesoro que ha pasado inadvertido al resto de los lectores que conviven en la misma isla o biblioteca. Una biblioteca es el espejo en el que vemos reflejado el paisaje lector de una ciudad, resultado de nuestras preferencias y deseos, pero tan importantes son los libros leídos como aquellos que nunca salieron de sus estanterías. Sería imposible trazar la historia de la lectura de una biblioteca sin contar con esos libros huérfanos. Y, además, supondría una triste lección educativa para futuros lectores y escritores: no hay libro sin lectores que merezca existir.
Me imagino las discusiones de las bibliotecarias para elaborar la lista negra de los libros proscritos por falta de lectores. ¿A quién salvar del reciclaje ¿Cuánto espacio dispones en tu casa para libros exiliados? Qué ironía tan trágica: amantes de la lectura convertidos a la fuerza en poco menos que funcionarios de aquella siniestra brigada contra el libro llamada «Fahrenheit 451». La resistencia que ejercían los últimos lectores de la inquietante sociedad totalitaria -novelada por Ray Bradbury y llevada al cine por François Truffaut- consistía en elegir un libro y aprendérselo de memoria para evitar que, en caso de ser detenidos, el libro fuera destruido. Eran los hombres-libro que vivían en un bosque y se dedicaban a recitar su libro amado mientras paseaban incansablemente bajo el sol o la nieve.
No es ésta, sin embargo, la única respuesta posible. Lo cuenta Alberto Manguel en «La biblioteca de noche», libro fascinante que, por cierto, pertenece a la misma biblioteca ahora amenazada. Sucedió en la nueva biblioteca de San Francisco, en la que el arquitecto no había previsto espacio suficiente para todos los volúmenes de la antigua. Así que llevaron al vertedero todos aquellos libros sin lectores. Aunque lo extraordinario de esta historia es que «para salvar la mayor cantidad de libros posibles unos cuantos bibliotecarios heroicos se introducían furtivamente entre las estanterías por la noche y estampaban en los volúmenes amenazados fechas de préstamos falsas».
En la Alemania de Hitler se quemaban libros, en la España de Franco la «cultura» se dedicaba a elaborar listas de libros prohibidos. Eran dictaduras en las que no existía libertad de opinión. Hoy en día las modernas sociedades democráticas generan paradojas burocráticas incomprensibles: la falta de espacio, que es también falta de presupuesto y ausencia de voluntad política, ha dado lugar a un nuevo género de libros: libros sin lectores, libros sin patria. En su novela «Auto de fe», Elias Canetti escribió: «La mejor definición de patria es: biblioteca». ¿Por qué no construir una biblioteca para salvar de la destrucción todos aquellos libros huérfanos de lectores? Sería la más melancólica de todas las bibliotecas habidas en el mundo: la biblioteca del exilio”.
¿Por qué no construir -digo yo, Ana Herrero- una biblioteca en donde el espacio sea lo de menos? ¿Cómo se tendría que poner el primer ladrillo? Un saludo.


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