martes, mayo 29, 2007

MIMOS





Ella se ha movido… ¡eh, eh! soy la niña… estoy aquí… ¿habéis salido de atrás?... se ha movido, la he visto… ¡te-he-vis-to!... sé que estás vi-va…

Una brisa cálida mueve las hojas de los árboles y las túnicas de los dos mimos. La voz de la niña suena apenas como un canturreo. O un susurro.




¿Quién os ha dado las ropas?… él-no-se-mu-e-ve…y tiene la cara negra… estará muerto, él-es-tá-mu-er-to… pero ella no… porque tiene las manos vivas… las ropas se las habrá prestado la luna porque son de ese color… ¿tenéis hambre?... no-con-tes-taaaan…
─ ¡ Cristinaaa!


Una bicicleta, dos mujeres con bolsas en la mano, la misma brisa cálida que mueve las hojas de los árboles…los mimos…nada más…

Me voy…luego os traigo dos galletas… ¡¡no-os-mar-ché-is!!... tampoco con la lu-na lle-na…

Cristina volvió después del colegio, al atardecer, con sus dos galletas, sí, pero los mimos ya no estaban allí. En su lugar, sólo una rosa blanca…

jueves, mayo 17, 2007

COMO QUIERA QUE OS LLAMÉIS…

DONDE QUIERA QUE VIVÁIS…














Quizás ella fuera, hace muchos años, una joven esbelta, de cabello castaño dorado, y unos hoyuelos en las mejillas, siempre en pie de guerra cuando la sonrisa apenas nacía como una leve insinuación…

Quizás él fuera un joven delgado, moderadamente alto, cuyo gesto cálido y seguro hacía de él esa imprescindible compañía tan serena…

Tal vez ninguno de los dos pueda entender hoy cómo los años transcurrieron con tanta celeridad, y cómo sus cuerpos tomaron la misma curvatura, seguramente de tanto caminar juntos.

¡Qué hermosa instantánea! Ese momento inerte nos estará diciendo eternamente que para seguir manteniendo el equilibrio, sólo hace falta el roce de una mano…