EL ROMANCE DE LA BELLA DAMA
Siempre he abierto con emoción contenida esas cajas olvidadas en el fondo de un cajón de cómoda antañona, en donde alguien guardó algún trozo entrañable de su vida que, siendo insignificante para el resto de la humanidad, supuso la aceleración de los pulsos y la cabalgada loca del corazón para la persona que lo vivió.

Resplandecía el sol, o llovía, o soplaba el viento del norte… Dios sabe cual era el escenario que arropó el momento en que la Dama escribió, en el reverso de la pequeña foto troquelada en sus bordes con ondas desiguales, una dedicatoria que decía así: “Sólo cuando aquí deje de sonreírte, habrá cesado mi amor por ti. Tuya, Ivana” Era un día de julio de 1941…
En la cajita había más cosas, pero sólo me llevé la pequeña fotografía de la bella Dama del sombrero, entonces de plena moda. E indagué, y supe que el hombre a quien iba dirigida tal sonrisa era un joven aviador republicano que salió hacia el destierro en cuanto los insurrectos ganaron la guerra. Nada pude indagar más. Y pasó el tiempo, tanto como para hacer envejecer a aquel joven que, con toda seguridad, amó a Ivana.

Más tarde, mucho más tarde conocí al apuesto aviador, pero nunca le mencioné a la bella Dama de la sonrisa bajo el ala del sombrero de moda. Era ya un hombre mayor, muy alto, erguido como una palmera. Y sumamente afable.
Él no ha mucho que murió. De Ivana, jamás supimos nada más, nada que no dijese aquella pequeña foto con un fondo de vegetación agreste y una pequeña charca como ustedes pueden ver. Pero allí, solo su sonrisa se hacía muy visible, viva, a pesar del tiempo transcurrido; sonrisa que no desaparecerá mientras yo tenga ese trocito de cartón con su efigie ─¡tan poca cosa!-- Y para cuando el tiempo la haga volar de mis manos y vaya al polvo, su segura cuna final, estamos seguros don Francisco de Quevedo y yo de que será polvo, sí, mas polvo enamorado.
Resplandecía el sol, o llovía, o soplaba el viento del norte… Dios sabe cual era el escenario que arropó el momento en que la Dama escribió, en el reverso de la pequeña foto troquelada en sus bordes con ondas desiguales, una dedicatoria que decía así: “Sólo cuando aquí deje de sonreírte, habrá cesado mi amor por ti. Tuya, Ivana” Era un día de julio de 1941…
En la cajita había más cosas, pero sólo me llevé la pequeña fotografía de la bella Dama del sombrero, entonces de plena moda. E indagué, y supe que el hombre a quien iba dirigida tal sonrisa era un joven aviador republicano que salió hacia el destierro en cuanto los insurrectos ganaron la guerra. Nada pude indagar más. Y pasó el tiempo, tanto como para hacer envejecer a aquel joven que, con toda seguridad, amó a Ivana.
Más tarde, mucho más tarde conocí al apuesto aviador, pero nunca le mencioné a la bella Dama de la sonrisa bajo el ala del sombrero de moda. Era ya un hombre mayor, muy alto, erguido como una palmera. Y sumamente afable.
Él no ha mucho que murió. De Ivana, jamás supimos nada más, nada que no dijese aquella pequeña foto con un fondo de vegetación agreste y una pequeña charca como ustedes pueden ver. Pero allí, solo su sonrisa se hacía muy visible, viva, a pesar del tiempo transcurrido; sonrisa que no desaparecerá mientras yo tenga ese trocito de cartón con su efigie ─¡tan poca cosa!-- Y para cuando el tiempo la haga volar de mis manos y vaya al polvo, su segura cuna final, estamos seguros don Francisco de Quevedo y yo de que será polvo, sí, mas polvo enamorado.



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